Virgen y Virginidad: ¿Qué es la Virginidad? Definición, Concepto

La palabra virgen en su etimología remite al latín “virgo”. San Isidoro relaciona la palabra virgen, en su origen, con la ausencia de pasión femenina y con la más tierna juventud.

Podemos hablar de una persona virgen, aludiendo a qué jamás mantuvo relaciones sexuales, requisito entre los sacerdotes católicos, que deben mantenerse célibes.

En nuestra cultura, por influencia de la religión, se consideró hasta no hace mucho tiempo a la virginidad como sinónimo de mujer virtuosa, debiéndose llegar virgen al matrimonio, estado de pureza reflejado en el blanco vestido de la novia.

La virgen María, madre de Jesús, es quien concibió a su hijo Jesús, por obra del Espíritu Santo, y sin haber tenido relaciones carnales con ningún hombre. Se aplica además a aquellas mujeres que la Iglesia ha distinguido por su pureza y espíritu íntegro.

¿Qué es la Virginidad?

Moralmente, la virginidad significa la referencia por la integridad corporal, la cual es inspirada por un motivo virtuoso. Así entendida, es común a ambos sexos. Físicamente, implica una integridad física, evidencia visible de la cual solo existe en las mujeres. La Fe Católica nos enseña que Dios milagrosamente conservó esta integridad física en la Santísima Virgen María, incluso durante y después de haber dado a luz (ver Pablo IV, “Cum quorundam,” 7 de agosto de 1555).

La resolución de virginidad es generalmente ofrecida a Dios en la forma de un voto. El consejo de castidad se da expresamente en el Nuevo Testamento, primero en Mt. 19, 11s, donde Cristo, luego de recordarles a Sus discípulos que además de aquéllos que son inadecuados para el matrimonio por naturaleza o debido a una mutilación inflingida por otros, hay otros que hacen el mismo sacrificio por el reino de los cielos, les recomienda imitar a éstos últimos. “El que sea capaz de recibir esto, que lo reciba.” La tradición siempre ha entendido este texto en el sentido de una profesión de perpetua continencia. Sn. Pablo de nuevo, hablando (1 Cor. 7, 25-40) como un fiel predicador de la doctrina del Señor, formalmente declara que el matrimonio es permisible, pero que sería mejor seguir su consejo y permanecer soltero; y da sus rezones, además de las consideraciones correspondientes a la época, da como razón general que el hombre casado “tiene cuidado de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer;” mientras que el que permanece sin esposa, dirige todo su cuidado a su propia santificación corporal y espiritual y está en libertad de dedicarse a la oración.

La Iglesia, siguiendo esta enseñanza de San Pablo, siempre ha considerado el estado de virginidad o celibato preferible en sí mismo al estado de matrimonio y el Concilio de Trento (Ses. XXIV, Can. 10) pronunció un anatema contra la doctrina opuesta. Algunos herejes del siglo XVI entendieron las palabras de Cristo, “para el reino de los cielos,” en el texto antes citado de Sn. Mateo, como aplicables a la enseñanza del Evangelio; pero el contexto, especialmente el versículo 14, en el cual “el reino de los cielos” claramente significa claramente la vida eterna y el pasaje citado de Sn. Pablo refuta suficientemente esa interpretación. La razón confirma la enseñanza de la Sagrada Escritura. El estado de virginidad significa una victoria señalada sobre los apetitos bajos y una emancipación de los problemas terrenales, lo cual deja al hombre en libertad de dedicarse al servicio de Dios. Aunque una persona virgen puede fallar en corresponder a las sublimes gracias de su estado y pueda ser inferior en mérito que una persona casada, la experiencia otorga testimonio de los maravillosos frutos espirituales producidos por el ejemplo de aquellos hombres y mujeres que emulan la pureza de los ángeles.

Esta perfecta integridad del cuerpo, sublimada por un propósito de castidad perpetua, produce un parecido especial a Cristo y crea un título a una de las tres “aureolæ,” que mencionan los teólogos. De acuerdo con la enseñanza de Sto. Tomás (Suplemento, 96) estas “aureolæ” son recompensas particulares añadidas a la felicidad esencial de la eternidad y son como muchas ramas de laurel, coronando tres victories conspicuas y tres puntos especiales que recuerdan a Cristo: la victoria sobre la carne en la virginidad, la victoria sobre el mundo en el martirio y la victoria sobre el diablo en la predicación de la verdad. El texto de Sn. Juan (Ap. 14, 1-5) es a menudo entendido de los vírgenes y el cántico que solo ellos pueden entonar ante el trono denota la “aureola” que les es dada solo a ellos. Es muy probable que las palabras en el versículo cuarto “Estos son los que no se contaminaron con mujeres, pues son vírgenes,” hable realmente de vírgenes, a pesar de que hay otras interpretaciones; tal vez, aquéllos quienes “fueron redimidos de entre los hombres como primicias para Dios y para el Cordero; y en su boca no fue hallada mentira” (loc. cit. 4, 5) son los mártires; son declarados sin mancha, como en un capítulo anterior (7, 14); se dice que “han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero.”

En el artículo MONJAS se muestra como las vírgenes cristianas han sido una de las glorias de la Iglesia desde los primeros tiempos y cuán antigua es la profesión de la virginidad. Bajo VIDA RELIGIOSA se trata la dificultad de probar la estricta obligación de perseverancia antes del siglo V, cuando descubrimos la carta de Inocencio Y (404) a Vitricio (Caps. 13 y 14). Incluso en un periodo aún más antiguo, el Obispo presidía la ceremonia de vestido y la consagración de las monjas se convirtió en un rito sacramental, en el cual las oraciones y bendiciones de la Iglesia se añadían a las oraciones y méritos de aquéllos que se presentaban a sí mismas con el fin de obtener la gracia de la fidelidad en su sublime profesión. En el siglo IV no había una edad fija para la consagración; las vírgenes se ofrecían relativamente jóvenes a los diez o doce años. Así como había infantes ofrecidos por sus padres para la vida monástica, había niños consagrados a la castidad desde antes de su nacimiento o muy poco después de éste. Subsecuentemente se determinaría que no podría realizarse la consagración antes de los veinticinco años.

La pérdida de la virginidad es irreparable. “Te lo digo sin duda,” escribe Sn. Jerónimo a Sn. Eustoquio, n. 5 (P.L., XXII, 397) “que a pesar de que Dios es todopoderoso, no puede restaurar una virginidad que ha sido perdida.” El arrepentimiento sincero, sin embargo, restaura la virtud y el derecho a la aureola. Antiguamente la virginidad era requisito necesario para la entrada a algunos monasterios.

El concepto y definición de la virginidad

Virginidad

Es un concepto que tiene originalmente una acepción biológica, y que indica la integridad física de una mujer.

La virginidad tiene también una acepción religiosa, y significa en tal caso la renuncia voluntaria al matrimonio por amor al Reino de los cielos. Estamos aquí ante un hecho enraizado en una motivación religiosa. En esta segunda acepción se aplica más frecuentemente a mujeres, aunque no falta en la misma Sagrada Escritura algún caso en que el término se aplica a varones que, por motivos religiosos, renunciaron al matrimonio (ver Ap 14, 4).

Los Padres de la Iglesia escribieron tratados sobre la virginidad y elogios sobre las santas vírgenes. La liturgia católica contiene, tanto en el Misal, como en la Liturgia de las Horas, formularios para la celebración de las memorias o fiestas de las santas Vírgenes.

El Concilio de Trento declaró que la virginidad consagrada constituye en sí un estado de vida superior al matrimonio, (Sesión 24, 11 nov. 1563, canon 10), lo que no significa que por el hecho de la consagración en virginidad quien la ha realizado sea ya santo o santa. San Ignacio de Loyola señala como signo de "sentir con la Iglesia" la actitud de quienes alaban y aprecian la virginidad, aún cuando no hayan sido llamados por Dios a servirlo en ese estado (ver Ejercicios Espirituales, 4ª regla para sentir con la Iglesia).

Artículo 5: ¿Es la virginidad la virtud más excelente?

Objeciones por las que parece que la virginidad es la virtud más excelente.

1. Dice San Cipriano, en su libro De Virginit.: Ahora hablo a las vírgenes, cuyo cuidado ha de ser mayor cuanto mayor es su gloría. Son la flor del jardín de la Iglesia, honra y ornato de la gracia espiritual, la porción más ilustre del rebaño de Cristo.

2. Aún más: cuanto más excelente es una virtud, mayor premio se le debe. Ahora bien: a la virginidad se debe el premio máximo, es decir, el ciento por uno, como dice la Glosa sobre Mt 13,23. Luego es la más excelente de las virtudes.

3. Tanto más excelente es una virtud cuanto más hace asemejarse a Cristo. Pero la mayor conformidad con Cristo se realiza mediante la virginidad, ya que en Ap 14,3-4 se dice, de las vírgenes, que siguen al Cordero a todas partes, y que cantan un cántico nuevo que ningún otro puede cantar. Luego la virginidad es la virtud más excelente.

Contra esto: está lo que dice San Agustín en su obra De Virginit.: Nadie, que yo sepa, se ha atrevido a poner la virginidad por encima de la vida religiosa. Y en la misma obra dice: Existe un valiosísimo testimonio dado por la autorídad de la Iglesia, porque todos los fieles saben en qué lugar del sacrificio de la misa se recitan los nombres de los mártires y de las religiosas difuntas. Todo ello da a entender que el martirio y la vida monástica son superiores a la virginidad.

Respondo: Podemos considerar una cosa como la más excelente bajo un doble aspecto. Primero, en un género determinado. Bajo este aspecto, la virginidad es muy excelente en el género de la castidad, puesto que está por encima de la castidad de los viudos y de los casados. Y dado que a la castidad se atribuye por antonomasia la belleza, a la virginidad hay que atribuirle una hermosura elevadísima. Por eso dice San Ambrosio en el libro De Virginit.: ¿Quién puede imaginar una belleza mayor que el brillo de una virgen que es amada por el Rey, es probada por el Juez, se dedica al Señor y está consagrada a Dios?

Bajo un segundo aspecto, puede decirse que una cosa es la más excelente por sí misma. Tomada así, la virginidad no es la más excelente de las virtudes. En efecto, el fin siempre está por encima de los medios, y tanto mejor es una cosa cuanto más eficazmente se ordena al fin. Ahora bien: el fin que hace loable la virginidad es el dedicarse a las cosas divinas, como ya dijimos (a.2.3). Por ello, las mismas virtudes teológicas y la virtud de la religión, cuyo acto consiste en ocuparse de las cosas divinas, son más excelentes que la virginidad. De un modo semejante, los mártires, que sacrifican su propia vida para unirse más a Dios, y los que viven en monasterios, que sacrifican su propia voluntad y todo cuanto pueden poseer para unirse más fielmente a Dios, son más meritorios que las vírgenes, que sacrifican por las cosas divinas los placeres venéreos. Así, pues, la virginidad no es la mejor de las virtudes absolutamente hablando.

A las objeciones:

1. Las vírgenes son la porción más importante del rebaño de Cristo, y su gloria es sublime en comparación con las viudas y las casadas.

2. San Jerónimo concede el ciento por uno a la virginidad porque es más importante que la viudez, a la que da el sesenta por uno, y que el matrimonio, al que otorga el treinta por uno. Pero, como dice San Agustín en su libro De Quaest. Evang., el ciento por uno es para los mártires, el sesenta por uno para las vírgenes y el treinta por uno para los casados. No se sigue, por tanto, que la virginidad sea absolutamente la más excelente de las virtudes, sino más excelente que los otros grados de castidad.

3. Las vírgenes acompañan al Cordero dondequiera que vaya porque imitan a Cristo no sólo en la integridad de su mente, sino también de su carne, como dice San Agustín en el libro De Virginit.. Por eso siguen casi siempre al Cordero. Pero no necesariamente desde más cerca, porque otras virtudes acercan a Dios mediante la imitación por parte de la mente. En cuanto al cántico nuevo que entonan sólo las vírgenes, es el gozo que tienen por haber conservado intacta su carne.

Razones para cuidar tu virginidad

Te presento algunos razones, por las cuales debes, como joven y/o señorita, cuidar tu virginidad:

  1. La virginidad honra a Dios.

  2. El valor de la virginidad es el símbolo de una lealtad a tu cuerpo y a Dios.

  3. El valor de la virginidad da importancia a la pureza como un tesoro, que debe ser protegido y conservado.

  4. El valor de la virginidad te da inocencia, pero no ignorancia.

  5. El valor de la virginidad retiene para la única persona de su vida.

  6. El valor de la virginidad es te permite seguir el orden divino y gozar luego de las bendiciones de Dios para el matrimonio.

  7. El valor de la virginidad rechaza la idea que el amor requiere una relación sexual para ser realizado.

  8. El valor de la virginidad rechaza la invasión del alma, y la pérdida de la pureza.

  9. El valor de la virginidad toma un camino, que no permite que tu vida haya lugar para el mal y los vicios.

  10. El valor de la virginidad ejerce dominio de si mismo, que le dará un sentido amplio de auto-valor.

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