Conciencia: ¿Qué es Conciencia? Examen, Moral, Objecion, Definición, Tipos, Concepto

Concepto y Definición de Conciencia

Palabra que proviene del latín conscientia y que refiere a la capacidad del espíritu del hombre de poder reconocerse en sus atributos y en todos aquellos cambios que en sí mismo experimenta. Es el saber interno de lo que está bien y debe hacerse, y de aquello que está mal y debe evitarse.

La conciencia designa, además del saber de los estados del propio yo, el conocimiento del mundo exterior. Aunque algunos autores los identifiquen, conciencia y pensamiento no son exactamente sinónimos. Para Descartes la conciencia y el pensamiento son conceptos asimilables.

Del latín "conscientia", término que remite etimológicamente al "saber algo dándose uno cuenta de que sabe".

Llamamos conciencia a un proceso activo (no una "cosa" o un "lugar" en la mente o en el cerebro) que se puede asimilar a la experiencia subjetiva del conocimiento de sí mismo y de la realidad. Tal experiencia incluye las sensaciones, percepciones, recuerdos y pensamientos, por lo que dicho proceso supone la atención, la memoria y el pensamiento.

Se suelen distinguir varios grados o niveles de conciencia, que van desde el estado de vigilia (cuando estamos despiertos) al de la conciencia onírica (cuando dormimos). Podemos definir, además, algunos de estos estados, como alteraciones de la conciencia (como ocurre cuando soñamos), o como estados alterados de conciencia (como los producidos por la embriaguez o por el consumo de determinadas sustancias).

En filosofía la conciencia fue asimilada, bien al conocimiento de sí mismo (conciencia reflexiva), bien al conocimiento de la realidad exterior, del mundo de los objetos (conciencia representativa). En Descartes la conciencia se identificará con el yo, con la realidad sustancial del individuo, iniciando una corriente interpretativa que llega hasta la actualidad; dentro de ella.

¿Qué es Conciencia?

La conciencia es el juicio del intelecto que decide, según los principios de la fe y la razón, si una acción es buena o mala. La conciencia es un acto del intelecto y no de los sentimientos. Una acción es buena o mala según se conforme a principios objetivos divinos (y de conformidad con la Ley Natural) a los que la mente debe someterse.

La conciencia es un acto específico de la mente, aplicando su conocimiento a una situación moral concreta. La mente depende de los principios que conoce para decidir. Estos principios se conocen o por la luz de la razón natural o por la fe divina. La conciencia no produce estos principios; los acepta. La conciencia ni determina los principios ni los juzga; Dios los ha inscrito en su corazón para que los utilice como premisa para saber si algo debe hacerse (o debería haberse hecho) porque es bueno, o debería omitirse porque es malo. También los no creyentes han recibido de Dios una conciencia por la razón natural y son responsables de actuar según sus luces.

Las conclusiones de la conciencia también aplican a situaciones en que la mente decide que algo es permisible o preferible pero no obligatorio.

Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo está iluminado; pero si tu ojo está enfermo, también tu cuerpo queda en tinieblas. Mira, pues, no sea que la luz que hay en ti sea tinieblas -Lc 11, 34-35.

Cuando el ojo está sano se ven las cosas tal como son, sin deformaciones. Un ojo enfermo no ve o deforma la realidad, engaña al propio sujeto, y la persona puede llegar a pensar que los sucesos y las personas son como ella los ve con sus ojos enfermos.

Cuando alguien sufre un error en los asuntos de la vida diaria, por haber hecho una falsa estimación de los datos, ocasiona perjuicio y molestias, que a veces pueden ser de escasa importancia. Cuando en el error se ve comprometida la vida eterna, la trascendencia no tiene límites.

La conciencia se puede deformar por no haber puesto los medios para alcanzar la ciencia debida acerca de la fe, o bien por una mala voluntad dominada por la soberbia, la sensualidad, la pereza... Cuando el Señor se queja de que los judíos no reciben su mensaje, afirma la voluntariedad de su decisión -no quieren creer Cf. Lc 13, 34; Jn 10, 38. y no pone la causa en una dificultad involuntaria: ésta es más bien consecuencia de su libre negativa: ¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis sufrir mi doctrina -Jn 8, 43.

Examen de conciencia

¿Cómo debemos hacer el examen de conciencia?

1) Pedimos al Espíritu Santo que nos ilumine y nos recuerde cuáles son los pecados nuestros que más le están disgustando a Dios.

2) Vamos repasando los diez mandamientos para saber qué faltas hemos cometido contra ellos. Por ejemplo:

1er Mandamiento

¿Me acuesto o me levanto sin rezar? ¿Me avergüenzo de aparecer creyente ante los demás? ¿He creído en supersticiones, por ejemplo; amuletos, sales, brujas, lectura de naipes o de humo de cigarrillo, o espiritistas?

Ver: La Conspiración Oculta/New Age (Ocultismo)

2ndo Mandamiento

¿He dicho el Nombre de Dios sin respeto y por cualquier tontería?

3er Mandamiento

¿He faltado a misa los domingos? ¿Cuántas veces? ¿Cuántos domingos voy a misa cada mes? Si bien es una ley de la Iglesia asistir a Misa los domingos y fiestas de guardar, no obstante, sólo es obligatorio si usted tiene la posibilidad de asistir a una Misa Católica tradicional (no herética) en un lugar de distancia razonable a la suya. En la historia de la Iglesia ha habido muchos casos de católicos que se encontraban en una situación donde no había ningún lugar razonablemente cercano a donde pudieran ir a Misa y, por causa de eso, no tenían la obligación de ir. Ningún católico debe asistir a la Nueva Misa, porque es un servicio no católico e inválido, como se demuestra en nuestro escrito: La Nueva Misa Inválida.

Ver: La Revolución Litúrgica: Una Nueva Misa (La Nueva Misa vs Misa Tradicional)

Ver: La Verdad de lo que Realmente Ocurrió a la Iglesia Católica Después del Vaticano II

4rto Mandamiento

¿He desobedecido a mis padres? ¿No les he querido ayudar? ¿Los he tratado mal? ¿He perdido el tiempo en vez de estudiar o trabajar?

5to Mandamiento

¿He deseado que a otros les vaya mal? ¿He peleado? ¿He dicho groserías? ¿Tengo resentimientos contra alguna persona y no le quiero perdonar? ¿No rezo por los que me han tratado mal? ¿Me he burlado de alguien? ¿He puesto sobrenombres? ¿He tratado con dureza? ¿He dicho palabras ofensivas? ¿He hablado mal de otras personas? ¿He contado lo malo que han hecho o lo que dicen de ellos? ¿He escandalizado? (o sea, ¿he enseñado lo malo a los que no lo saben?) ¿Cuántas veces? ¿Me he aprovechado de los más débiles para golpearlos o humillarlos?

6to Mandamiento

¿He detenido en mi cerebro por varios minutos pensamientos o deseos impuros? ¿He mirado películas impuras, o revistas pornográficas o escenas impuras por televisión? ¿He dicho o celebrado chistes malos? ¿He hecho acciones impuras conmigo mismo o con algunas personas? ¿Tengo alguna amistad que me hace pecar?

Ver: Sobre Malos Pensamientos y Fantasía

7mo Mandamiento

¿He robado? ¿Cuánto vale lo que he robado? ¿Pienso devolverlo o dar eso a los pobres? ¿He devuelto lo prestado? ¿He tenido pereza en cumplir los deberes?

8vo Mandamiento

¿He dicho mentiras? ¿He inventado de otros lo que no han hecho o dicho? ¿He hecho trampas en negocios o estudios? ¿He creído que Dios no me va a ayudar?

9no Mandamiento

¿He codiciado la mujer o el esposo de mi prójimo? ¿He mirado a un hombre a una mujer de manera impura?

Ver: Cómo controlar sus ojos

10mo Mandamiento

¿He deseado los bienes ajenos? ¿He sido evidioso? ¿He sido avaro? ¿He camido más de lo que necesito? ¿He sido orgulloso?

¿Qué otras preguntas me debo hacer al examinar la conciencia?

¿Cuáles son las faltas que más cometo y repito? ¿Cuáles serán las causas por las cuales cometo esos pecados? Por ejemplo: Soy de mal genio: ¿por que será? ¿será que no descanso? ¿Será que me disgusto por pequeñeces que no disgustan a Dios? (Lo que no disgusta a Dios no me debe disgustar a mí) ¿Será que me preocupo demasiado como si Dios no cuidara de mí y no me fuera a ayudar? ¿Será que no me conformo con lo que Dios permite que me suceda? ("Todo lo permite Dios para el bien de los que lo aman", dice la Sagrada Biblia)

Otro ejemplo: Hablo mal de los demás. ¿Por qué será? ¿Será que vivo juzgando a los otros olvidando lo que dijo Jesús: "no juzguéis y no seréis juzgados, condenéis y no seréis condenados" (Mt 7,1), o será que trato con personas murmuradoras que me prenden su murmuradera?

Me vienen pensamientos o deseos impuros: ¿por qué será? ¿será que veo películas impuras o malas en TV o leo revistas pornográficas o no hago bastante ejercicio físico?

Ver: ¡Medios de comunicación mortalmente pecaminosos!

Ver: Sobre Libros Malos

Otra pregunta: ¿Cuál será el pecado mío que más le está disgustando a Dios? Si Cristo se me apareciera a ofrecerme quitarme un pecado, ¿Cuál le pediría que me quitara? ¿Qué voy a hacer para tratar de no cometer ese pecado?

Ver: Información Espiritual que Deben Saber Para Ser Salvados

¿Qué es arrepentirse de los pecados?

Arrepentirse de los pecados es sentir tristeza o pesar de haber ofendido a Dios que es tan bueno y por haber hecho, pensado o dicho lo que nos hace daño a nosotros mismos o a los demás.

Nuestro encuentro con Jesús

En el momento de nuestro encuentro con Jesús pasarán rápidamente ante nuestros ojos la páginas del libro de nuestra vida, en el cual estará escrito todo lo que hicimos durante nuestros días terrenales.

Y así, para no tener sorpresas en el último momento, a mí me gusta mucho, amigo mio, coger con mis propias manos ese libro que, mientras vivo, voy, quiera o no, escribiendo. Me gusta cogerlo, abrirlo y ponerlo ante los ojos de mi alma. ¡Qué fácil y qué útil es esto en el momento de la oración, en el momento de examinar la propia conciencia!

No sabemos

Acostumbro entonces a pensar que cada dia de mi vida es una página de este libro; y cuando empiezo a vivir una jornada me hallo ante una hoja de papel en blanco. Y a veces recorro velozmente todas las hojas escritas y dejo volar también las páginas blancas, esas sobre las cuales nada he escrito aún, porque todavía no ha llegado el momento. Y siempre, misteriosamente, se me quedan algunas entre los dedos de las manos, esas mismas que no sé si llegaré a escribir, porque no sé cuándo me pondrá el Señor por última vez ese libro ante los ojos.

Deseo, esperanza y fe

Y estas páginas blancas que empezamos a garabatear cada día, a mí me gusta encabezar las con una sola palabra: Serviam!, ¡serviré!, que es un deseo y una esperanza.

Deseo, porque sinceramente quiero que toda la página tenga ese sentido. Quiero, efectivamente, servir a Dios escribiendo derecho y escribiendo lo que El quiere. Esperanza, porque con la gracia de Dios, confío en hacer todo lo que Él desea.

La fe implica una actitud de amor, confianza y profunda admiración hacia Dios. Significa tener suficiente confianza en él, basados en las más que suficientes pruebas reveladas. Para estar dispuestos a creer en cualquier cosa que él diga, para aceptar lo que sea que él ofrezca y para hacer todo lo que él desea, sin reservas, por el resto de la eternidad.

Toda mi actividad vivida entre presencia de Dios

Después de este comienzo –deseo y esperanza–, quiero trazar palabras y frases, componer párrafos y llenar la hoja con una escritura clara y nítida. Lo cual no es más que el trabajo, la oración, el apostolado; es decir, toda la actividad de mi jornada.

Procuro atender mucho a la puntuación, que es el ejercicio de la presencia de Dios. Esas pausas, que son como comas, o como puntos y comas, o como dos puntos, cuando son más largas, representan el silencio del alma y las jaculatorias con las cuales me esfuerzo en dar significado y sentido sobrenatural a todo lo que escribo.

Me agradan mucho los puntos y más todavía los puntos y aparte, con los cuales me parece que cada vez vuelvo a empezar a escribir: son como esbozos de gestos mediante los cuales rectifico mi intención y digo al Señor que vuelvo a empezar –nunc coepi!–, que vuelvo a empezar con la voluntad recta de servirlo y de dedicarle mi vida, momento por momento, minuto por minuto.

Que no falte

Pongo también mucha atención en los acentos, que son las pequeñas mortificaciones por medio de las cuales mi vida y mi trabajo adquieren un significado verdaderamente cristiano.

Una palabra no acentuada es una ocasión en la que no supe vivir cristianamente la mortificación que el Señor me enviaba, la que El me había preparado con amor, la que El deseaba que yo encontrara y que abrazase a gusto.

No importa demasiado

Me esfuerzo porque no haya tachaduras, equivocaciones o manchas de tinta, ni espacios en blanco, pero...¡cuántos hay! Son las infidelidades, las imperfecciones, los pecados... y las omisiones. Me duele mucho ver que no hay casi ninguna página en donde no haya dejado huella mi torpeza y mi falta de habilidad.

Pero me consuelo y me tranquilizo pronto, pensando que soy un niño pequeño que todava no sabe escribir y que tiene necesidad de una falsilla para no torcerse y de un maestro que le lleve la mano para que no escriba tonterías –¡qué buen Maestro es Dios nuestro Señor!, ¡qué inmensa paciencia tiene conmigo!

La íntima ilusión

Quisiera, Señor, aprender a escribir este libro; aprender a dejarme guiar la mano por tu mano divina, para cumplir de este modo en todo momento tu voluntad.

Y quisiera llenar cada una de esta páginas con expresiones henchidas de afecto y de amor sincero, o, por lo menos, cuando no haya sabido escribir lo que debía, con manifestaciones de contrición serenas y sinceras.

Examen diario

Me duele, o me consuela, este juego del libro. ¿Quieres, amigo mío, que aprendamos a entretenernos cada día, sinceramente, con profundidad y perseverancia, en este juego que es tan grato a nuestro Señor? Es el ejercicio del examen de conciencia.

Te dará un gran conocimiento de ti mismo, y de tu carácter y de tu vida. Te enseñará a amar a Dios y a concretar en propósitos claros y eficaces el deseo de aprovechar bien tus días.

Una diaria novedad

Y sentirás, amigo mío, como lo siento yo ahora, el anhelo de escribir un cántico de amor a Dios –cantate Dominum canticum novum–, cantad al Señor un nuevo cántico, un cántico que será verdaderamente nuevo cada día, porque lo escribirás con el sentimiento vivo de tu vocación, de tu vida de hijo de Dios, que se renovará cada día: Ecce nova facio omnia, he aquí que hago nuevas todas las cosas.

Con decisión

Amigo, coge en tus manos el libro de tu vida y vuelve cada día sus páginas, para que no te sorprenda su lectura el día del juicio particular y no hayas de avergonzarte de su publicación el día del juicio universal.

Conciencia moral

La relación que hay entre libertad del hombre y Ley de Dios tiene su base en el "corazón" de la persona, o sea, en su conciencia moral: En lo mas profundo de su conciencia-, descubre el hombre una Ley que el no se dicta a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándole siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal...

En el lenguaje bíblico, la palabra corazón designa lo profundo del ser humano, fuente y origen de los más intensos sentimientos de la vida afectiva y, en especial del amor. El corazón del hombre es la fuente misma de su personalidad consciente, inteligente y libre, el lugar de sus elecciones decisivas, el de la Ley no escrita y de la acción misteriosa de Dios.

En su corazón, en cuya obediencia está la dignidad humana y según la cual será juzgado (Cfr. Rm 2, 74-16).

La dignidad de la persona humana implica y exige la rectitud de la conciencia moral. En todo lo que dice y hace, el hombre está obligado a seguir fielmente lo que sabe que es justo y recto.

Según las palabras de San Pablo, la conciencia, en cierto modo, pone al hombre ante la Ley, siendo ella misma testigo para el hombre: testigo de su fidelidad o infidelidad a la Ley, o sea, de su esencial rectitud o maldad moral. La conciencia es el único testigo. Lo que sucede en la intimidad de la persona está oculto a los demás desde fuera. La conciencia dirige su testimonio solamente hacia la persona misma. Y, a su vez, sólo la persona conoce la propia respuesta a la voz de la conciencia.

Nunca se valorará adecuadamente la importancia de este íntimo dialogo del hombre consigo mismo. Pero, en realidad, éste es el diálogo del hombre con Dios, se puede decir, que la conciencia da testimonio de la rectitud o maldad del hombre al hombre mismo, pero a su vez y antes aún, es testimonio de Dios mismo, cuya voz y cuyo juicio penetran la intimidad del hombre hasta las raíces de su alma, invitándole a la obediencia: La conciencia moral no encierra al hombre en una soledad infranqueable e impenetrable, sino que la abre a la llamada, a la voz de Dios. En esto y no en otra cosa reside todo el misterio y dignidad de la conciencia moral: en ser el "Sagrario íntimo" en donde Dios habla al hombre.

El Juicio de la Conciencia

La Ley Natural ilumina sobre todo las exigencias objetivas y universales del bien moral, la conciencia es la aplicación de la Ley a cada caso particular, la cual se convierte así para el hombre en un dictamen interior, una llamada a realizar el bien en una situación concreta.

El juicio recto - Es un juicio que ordena lo que el hombre debe hacer o no hacer, o bien, valorar un acto ya realizado por él. Es un juicio que aplica a una situación concreta la convicción racional de que se debe amar, hacer el bien y evitar el mal. Se sabe que la conciencia no solo manda o prohíbe, sino que juzga a la luz de las ordenes y de las prohibiciones interiores. Es también fuente de remordimiento: el hombre sufre interiormente por el mal cometido.

Objeción de conciencia

Comencemos por definir en qué consiste “la objeción de conciencia”, porque es la mejor manera de no meterse en líos en un tema como éste. Elizari la describe así: “La negativa de una persona a realizar ciertos actos o a tomar parte en determinadas actividades jurídicamente exigibles para el sujeto, a fin de evitar una lesión grave de la propia conciencia”. Otra definición es la que da el Grupo Interdisciplinar de Bioética del Instituto Borja de Barcelona: “La oposición, claramente manifestada, de una persona a un imperativo legal o a una autoridad, basada en los propios principios morales”.

La objeción de conciencia es algo muy antiguo. Ya en un plano histórico, los mártires de la Iglesia primitiva son todo un ejemplo de fidelidad a la conciencia, a pesar de poner en riesgo su vida, al negarse a dar culto al emperador. Santo Tomás Moro es otro caso clásico al negarse a obedecer al rey Enrique VIII de Inglaterra al no reconocerlo como la cabeza de la nueva "iglesia" anglicana.

Históricamente las sociedades organizadas, civiles o religiosas, han combatido a los objetores de conciencia porque ponían en peligro el sistema imperante o –como decía Emmanuel Mounier– el “desorden establecido”.

La objeción de conciencia, pues, no es un reducto irracional, sino que es un ejercicio del derecho a la legítima defensa. Un ejercicio racional, dialógico y responsable. No es un soliloquio, ni un mero monólogo interior.

Tipos de conciencia

LA CONCIENCIA SICOLÓGICA: es un darse cuenta de la presencia de si mismo; de las cosas y los hechos que se encuentran fuera del yo, y de la reflexión resultante de los propios actos y, de las realidades existentes en el mundo que le rodea. Ejemplo: una puesta del sol, una serie de sensaciones, de percepciones, de imágenes, de recuerdos que nos invaden, todo esto constituye en ese momento nuestra conciencia sicológica.

LA CONCIENCIA MORAL: decimos que los principios morales rigen el comportamiento de las personas. Estos demuestran si sus acciones o caracteres tienen un comportamiento humano, respetuoso, bondadoso, enemigo de la maldad. Estas actitudes nacen en el espíritu del hombre, no en lo material o en lo jurídico. Es así como la moral es un conjunto de valores espirituales, únicos y capaces de hacernos saber si las normas de conducta humana son buenas y aceptables y si no lo son.

Ciertamente, ser hombre con conciencia de deberes morales, es un signo de ser cristiano que nos distingue frente a los hombres sin fe, ya que el hombre creyente, al tener conciencia de los deberes para con Dios, para con nosotros mismos y para con el prójimo, está aplicando el sentido de la “moral del cristiano”, ya que estos deberes están preceptuados por el mismo Dios y nos exigen ante El.

Sin embargo, la ley natural está escrita en el corazón de todos los hombres, de manera que todos los hombres saben que ciertas cosas están en contra de la ley de Dios y que ciertas cosas están de acuerdo a la ley natural de la caridad, etc.

Tal como lo explican correctamente la Biblia y el Comentario de Haydock sobre los romanos 2:14-16,

estos hombres son una ley en sí mismos, y la han escrito en sus corazones, en cuanto a la existencia de Dios, y su razón les dice que muchos pecados son ilegales...”

EL ORIGEN DE LA CONCIENCIA MORAL

ORIGEN DIVINO: la existencia de la conciencia moral se atribuye a la Divinidad (Dios). En el ámbito cristiano medieval por ejemplo, se consideraba que Dios ha dado la conciencia moral al ser humano para que pueda reconocer la ley natural, que es el desarrollo de la ley de Dios en este mundo.

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