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Predicas Cristianas

Jesús, el pecado y los pecadores

Jesucristo vino a salvar a los pecadores. Esa fue la misión encomendada por el Padre desde el momento de la Encarnación. El eje central de su vida fue la lucha contra el mal radical, el pecado, que es lo único que nos aleja de Dios y nos impide la comunión con Él. Nadie mejor que Jesús ha comprendido la maldad del pecado en cuanto ofensa a la grandeza y al amor de Dios.

Jesús y los pecadores.

¿Cuál es la postura de Jesús ante el mal moral, ante el pecado y ante los pecadores?

Jesús-pecado: he aquí dos palabras opuestas, contradictorias. Más opuestas que lo blanco y lo negro, que la paz y la violencia, que la vida y la muerte. El pecado es el reverso de la idea de Dios. Dios es la fuerza; el pecado es, no otra fuerza, sino la debilidad. Dios es la unidad, el pecado es la dispersión. Dios es la alianza, el pecado es la ruptura. Dios es la profundidad, el pecado la frivolidad. Dios lo eterno, el pecado la venta a lo provisional y fugitivo.

Jesús no tuvo pecado alguno. Y, sin embargo, nadie como él entendió la gravedad del pecado, porque al ser Hijo del Padre podía medir lo que es una ofensa a su amor.

Por eso, conozcamos cuál fue la postura de Jesús ante el pecado y los pecadores, saber qué entendió por pecado, cuáles valoraba como más graves y peligrosos, cómo trataba de hacer salir de él a cuantos pecadores encontraba en su camino.

Comencemos por decir que en el mundo bíblico el pecado no fue nunca la violación de un tabú, como era típico de las tribus primitivas. La predicación de los profetas conducirá a los judíos hacia una visión del pecado como algo que vicia radicalmente la personalidad humana, ya que implica una desobediencia, una insubordinación en la que intervienen inteligencia y voluntad del hombre, contra el mismo Dios personal y no contra un simple fatum abstracto.

Las mismas palabras hebreas y griegas con las que la Biblica designa el pecado acentúan este carácter voluntario y personal. En hebreo es la palabra hatá que significa "no alcanzar una meta, no conseguir lo que se busca, no llegar a cierta medida, pisar en falso", y, en sentido moral, "ofender, faltar a una norma ética, infringir determinados derechos, desviarse del camino recto". La versión de los setenta suele traducir ese hatá hebreo por amartía, amartano que también significan "fallar el blanco o ser privado de algo".

Esta idea de ruptura es acentuada por los profetas que ven siempre el pecado como la negativa a obedecer una orden o seguir una llamada. En Amós es la ingratitud; en Isaías, el orgullo; en Jeremías, la falsedad oculta en el corazón; en Ezequiel, la rebelión declarada. En todos los casos la ruptura de un vínculo, la violación de una alianza, la traición de una amistad. Cada vez que uno peca repite la experiencia de Adán, ocultándose de Dios.

Por todo esto se explica que Dios tome tan dramáticamente el pecado, no como una simple ley violada, sino como una amistad traicionada, un amor falseado. Por eso en la redacción del decálogo se pone en boca de Yavé esta terrible denominación de los transgresores: aquellos que me odian, mientras que llama a los que cumplen los mandamientos los que me aman (cf Ex 20, 5-6).

¿Qué significaba el pecado en tiempos de Jesús?

Jesús ha venido para salvar al hombre del pecado. Pero invita a la conversión: sin ella no se podrá entrar en el reino de Dios (cf Mt 3, 2; Mc 1, 15). Este es un Reino que sólo puede construirse después de haber destruido los edificios del mal y de haber retirado sus escombros. Casi se diría que Jesús exagera su interés por los pecadores, cuando afirma con que ha venido a llamar, no a los justos, sino a los pecadores (Mt 9, 12), cuando se presenta como médico que sólo se preocupa por las almas enfermas (cf Mc 2, 17). Su interés será tal que será acusado de andar con publicanos y pecadores (cf Mt 9, 12) y de mezclarse con mujeres que han llevado vida escandalosa (cf Lc 7, 36-42). Él mismo resumirá el sentido de su vida en la Última Cena declarando que su sangre será derramada en remisión de los pecados (cf Mt 26, 27) y, tras su muerte, pedirá a sus apóstoles que continúen su obra predicando la penitencia para la remisión de los pecados a todas las gentes (cf Lc 24, 44-48).

Para Jesús, ¿qué significaba, pues, el pecado?

No era sólo la trasgresión literal de una ley, como era para los escribas y fariseos, que se quedaban en lo secundario y olvidaban lo principal (cf Mt 23, 23-24). Para Jesús el pecado nace del interior del hombre (cf Mt 15, 10-20); por eso, es necesaria la circuncisión del corazón de la que habló Jeremías (4, 4). Para Jesús el pecado es una esclavitud con la que el hombre cae en poder de Satán (cf Lc 22, 3); sabe que el mismo Satanás busca a sus elegidos para cribarlos como el trigo (cf Lc 22, 31). Para Jesús, bajo el pecado hay siempre una falsa valoración de las cosas, pues el corazón humano se deja arrastrar de lo inmediato y de las satisfacciones sensibles. (72) Así, pues, el pecado para Jesús es un desamor a Dios, un desprecio a los demás; es decir, es una ofensa a Dios y al prójimo.

¿Cuáles son los graves pecados para Jesús?

El primero de éstos es la hipocresía religiosa, especialmente cuando formas o apariencias religiosas se usan para cubrir otros tipo de intereses humanos (cf Mt 23), pero pisotean la justicia, la misericordia y la lealtad.

Otro pecado muy grave es el desprecio a su mensaje o a su invitación (cf. Lc 14, 15-24). Quienes oyeron su mensaje y no lo cumplen serán juzgados más severamente (cf Mt 10, 15; 21, 31).

El escándalo a los pequeños es de especial importancia (cf Mt 18, 6-7; Lc 17, 1-3).

El pecado de soberbia (cf. Lc 18, 9-14).

El pecado de ingratitud (cf. Lc 17, 11-19).

El pecado de apego a las cosas materiales (cf. Mt 19, 16-26).

Todos los pecados que se oponen al amor al prójimo son graves para Jesús: "Id, malditos, al fuego eterno, porque tuve hambre y no me disteis de comer..." (Mt 25, 41-46).

No sólo los pecados de acción son graves; también los de omisión. Bastará recordar la parábola de los talentos en la que uno de los siervos es condenado a las tinieblas exteriores sólo por no haber hecho fructificar su denario (cf Mt 25, 30).

No es que Jesús no condenara los pecados de idolatría, blasfemia o adulterio; pero como los doctores de la ley lo repetían a todas horas, Jesús quiso poner énfasis en otros pecados que no se tomaban en serio. Incluso pedía la pureza del corazón, de pensamiento y de deseo (cf. Mt 5, 27-29).

¿Y el pecado imperdonable? Se trata de la blasfemia contra el Espíritu Santo (cf Mt 12, 30-32). "No es un pecado concreto, como trasgresión de un precepto divino determinado, sino una actitud permanente de desafío a la gracia divina" (M. G. C.); ese cerrarse a Dios, ese rechazo de su obra y su mensaje hace imposible el arrepentimiento y, con ello, el perdón de Dios.

Nosotros ante el pecado y los pecadores

Sería bueno que repasemos un poco lo que es el pecado y cuáles son los pecados, para que cada día lo desterremos de nuestra vida, pues el pecado ha sido, es y será la mayor desgracia que nos puede acontecer en la vida.

El pecado existe. Es una realidad que brota del corazón del hombre, por instigación de Satanás que se sirve de sus engaños y de nuestras pasiones desordenadas. No es un error humano, una distracción o una fragilidad. Es, más bien, la negación de toda dependencia, la obstinación en quedarme en mí mismo, decidir por mí mismo. Es la decisión de procurarme por mí mismo la propia felicidad, de realizarme sin interferencias, y consecuentemente el rechazo de instaurar con Dios y con los demás una relación de amor. El pecado es egoísmo exagerado. Es preferirse a sí mismo, anteponerse a sí mismo a Dios y a los demás. Es trastocar el orden puesto por Dios y poner otros ídolos, otros intereses, a uno mismo en el puesto de Dios.

Todos hemos pecado, menos Jesús y su Madre Santísima.

¿Cuáles son los pecados?

Está el pecado original que cometieron nuestros primeros padres, Adán y Eva. Adán, como jefe de toda la humanidad, transmite a cada uno de los hombres este pecado, en cuanto padre de la humanidad, y como tal, lo contraemos todos sus descendientes.

Está el pecado actual o personal: es aquel cometido voluntariamente por quien ha llegado al uso de razón. Tal pecado se puede cometer de cuatro maneras: con el pensamiento, con las palabras, con las obras, con las omisiones. Y todo esto puede ser contra Dios, contra el prójimo o contra nosotros mismos. Este pecado personal puede ser, a su vez: mortal o venial.

El pecado mortal es una desobediencia a la ley de Dios en materia grave, cometida con plena advertencia de la mente y deliberado consentimiento de la voluntad. ¿Qué materia sería grave? Negar o dudar de la existencia de Dios; negar una verdad de fe definida por la Iglesia; blasfemar de Dios, la Virgen, los Santos; tratar en modo gravemente ofensivo a los propios padres o superiores; matar a una persona o herirla gravemente; procurar directamente el aborto; cometer actos impuros consciente y deliberadamente; impedir la concepción con métodos artificiales; robar objetos de mucho valor; calumniar; cultivar y consentir pensamientos y deseos impuros; cumplir graves omisiones en el cumplimiento del propio deber; recibir un sacramento en pecado mortal; emborracharse o drogarse; callar en confesión, por vergüenza, un pecado grave; causar escándalo al prójimo con acciones o actitudes graves .

¿Cuáles son los efectos que produce en el alma el pecado mortal? Mata la vida de gracia en el alma, es decir, rompe la relación vital con Dios; separa a Dios del alma; nos hace perder todos los méritos de cosas buenas que estemos haciendo; hace al alma digna del infierno; se nos cierran las puertas del cielo.

¿Cómo se perdona este pecado mortal? Con una buena confesión; o con un acto de contrición perfecta, unido al propósito de una confesión.

El pecado venial es una desobediencia a la ley divina en materia leve; o también en materia grave, pero sin pleno conocimiento y consentimiento. ¿Qué efectos produce el pecado venial? Entibia el amor de Dios, me enfría la relación con Él; priva al alma de muchas gracias que hubiera recibido de Dios si no hubiese pecado; nos dispone al pecado grave; hace al alma digna de penas temporales que hay que expiar o en esta vida o en el purgatorio. El pecado venial se borra con el arrepentimiento, con buenas obras (oraciones, misas, comunión, limosnas, obras de misericordia).

Los pecados capitales son siete, y se llaman capitales porque son cabecillas de otros pecados. Son éstos: Soberbia: es una exagerada estima de sí mismo y de las propias cosas y cualidades, acompañada de desprecio hacia los otros. Avaricia: es un deseo desmesurado de dinero y de haberes. Lujuria: es un desordenado apetito y uso del placer sexual. Ira: es un impulso desordenado a reaccionar contra alguno o contra algo que fue ocasión de sufrimiento o contrariedad. Pereza: Es una falta de voluntad en el cumplimiento del propio deber y un desordenado uso del descanso. Envidia: es un sentimiento de tristeza o dolor del bien del prójimo, considerado como mal propio. Gula: es la búsqueda excesiva del placer que se encuentra en el uso de los alimentos y bebidas.

Están, también, los pecados que claman al cielo: homicidio voluntario, pecado impuro contra naturaleza (homosexualidad), opresión de los pobres, no dar la paga justa a los obreros.

Finalmente, está el pecado contra el E.S.: desesperar de la salvación, presumir de salvarse sin mérito, luchar contra la verdad conocida, envidia de la gracia ajena, obstinación en los pecados, impenitencia final a la hora de la muerte.

Estad alegres; el Señor está cerca

Comencemos, en nuestra reflexión, por la frase con la que Jesús, en el Evangelio, tranquiliza a los discípulos de Juan el Bautista acerca del propio mesianismo: «Se anuncia a los pobres la Buena Nueva». El Evangelio es un mensaje de gozo. «Que el desierto y el sequedal se alegren... Se alegrarán con gozo y alegría... en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán».

Todos quieren ser felices. Si pudiéramos representar visiblemente a toda la humanidad, en su movimiento más profundo, veríamos una inmensa multitud erguirse en torno a un árbol frutal sobre la punta de los pies y tender desesperadamente las manos, en el esfuerzo de tomar un fruto que en cambio se escapa. La felicidad, dijo Dante, es ese dulce fruto que el hombre busca entre las ramas de la vida.

Pero si todos buscamos la felicidad, ¿por qué tan pocos son verdaderamente felices y hasta los que lo son permanecen así por tiempo tan escaso? Creo que la razón principal es que, en la escalada a la cumbre de la felicidad, erramos de vertiente; elegimos la que no lleva a la cima. La revelación dice: «Dios es amor»; el hombre ha creído que puede dar la vuelta a la frase y decir: «¡El amor es Dios!» (la afirmación es de Feuerbach). La revelación dice: «Dios es felicidad»; el hombre invierte de nuevo el orden y dice: «¡La felicidad es Dios!». ¿Y qué sucede así? No conocemos en la tierra la felicidad en estado puro, como no conocemos el amor absoluto; conocemos sólo fragmentos de felicidad que se reducen con frecuencia a ebriedades pasajeras de los sentidos. Cuando por eso decimos: «¡La felicidad es Dios!», divinizamos nuestras pequeñas experiencias; llamamos «Dios» a la obra de nuestras manos o de nuestra mente. Hacemos, de la felicidad, un ídolo. Esto explica por qué quien busca a Dios encuentra siempre la alegría, mientras que quien busca la alegría no siempre encuentra a Dios. El hombre se reduce a buscar la felicidad en razón de cantidad: siguiendo placeres y emociones cada vez más intensos, o añadiendo placer a placer. Como el drogadicto que necesita dosis cada vez mayores para lograr el mismo grado de placer.

Sólo Dios es feliz y hace felices. Por eso un salmo exhorta: «Ten tu alegría en el Señor, y escuchará lo que pida tu corazón» (Sal 37,4). Con Él también los gozos de la vida presente conservan su dulce sabor y no se transforman en angustias. No sólo los gozos espirituales, sino toda alegría humana honesta: la alegría de ver crecer a los propios hijos, del trabajo felizmente llevado a término, de la amistad, de la salud recuperada, de la creatividad, del arte, del esparcimiento en contacto con la naturaleza. Sólo Dios ha podido arrancar de los labios de un santo el grito: «Basta, Señor, de alegría; ¡mi corazón ya no puede contener más!». En Dios se encuentra todo lo que el hombre acostumbra a asociar a la palabra felicidad e infinitamente más, pues «ni ojo vio, ni oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (1 Co 2,9).

Es hora de empezar a proclamar con más valor la «Buena Nueva» de que Dios es felicidad, que la felicidad -no el sufrimiento, la privación, la cruz-- tendrá la última palabra. Que el sufrimiento sirve sólo para quitar el obstáculo a la alegría, para dilatar el alma, para que un día pueda acoger la mayor medida posible.

¿Cómo es el Infierno?

Si del Cielo se habla poco, del Infierno se habla aún menos. Y al respecto hay errores muy difundidos: unos creen que el Infierno no existe. Otros creen que sí existe, pero que allí no va nadie, aduciendo que Dios es infinitamente bueno, pero olvidándose de que también es infinitamente justo y de que el mismo Jesucristo nos habló en varias ocasiones sobre la posibilidad que tenemos de condenarnos.

De hecho, el Infierno es de creencia obligatoria para los Católicos, y es de los dogmas de nuestra fe que presenta mayor número de textos de la Sagrada Escritura que lo sustentan, en los cuales por cierto aparece con diferentes nombres (abismo, horno de fuego, fuego eterno, lugar de tormentos, lugar de tinieblas, gehena, muerte segunda, fuego inextinguible etc.). En resumidas cuentas, el Infierno forma parte, junto con el Purgatorio, de las opciones que nos esperan para la otra vida.

Entre los secretos que reveló la Santísima Virgen María a los pastorcitos de Fátima, está una visión del Infierno, que les dio en una de sus apariciones. Algunas personas, no quieren hablar a los niños pequeños sobre el Infierno, para no asustarlos. Sin embargo, Dios no dudó en mostrar el Infierno a tres menores y una de ellas contando apenas seis años.

Por más que Lucía describe lo que ella y los otros dos videntes vieron, no es posible imaginar cómo es el Infierno. El Infierno es un lugar de dolor y horror -más de lo que podemos pensar y suponer- al que son arrojadas las almas que en la tierra desperdician las gracias de salvación que Dios en Su infinita Bondad, nos otorga a todos.

Hay Santos que han tenido visiones y/o vivencias del Infierno: Sta. Teresa de Jesús, San Juan Bosco y Faustina Kowalska.

Lo siguiente sobre el Infierno es tomado del Diario de Faustina (Octubre 1936 - Diario #741), lo cual escribe durante su Retiro anual, en Cracovia, el 20 de octubre de 1936:

“Hoy, un Angel me llevó a los precipicios del Infierno. Es un lugar de grandes torturas. ¡Es impresionante el tamaño y la extensión del sitio!

“He aquí los tipos de torturas que vi: La primera tortura en que consiste el Infierno es la pérdida de Dios. La segunda es el remordimiento de conciencia perpetuo. La tercera es saber que esa condición nunca va a cambiar. La cuarta es el fuego que penetrará el alma sin destruirla -un sufrimiento terrible, ya que es un fuego puramente espiritual, encendido por la ira de Dios. La quinta tortura es la permanente oscuridad y un terrible hedor que sofoca, y que, a pesar de la oscuridad, los demonios y las almas de los condenados se ven y ven toda la malignidad, tanto propia como de los demás. La sexta tortura es la compañía constante de Satanás. La séptima tortura es la horrible desesperación, el odio a Dios, las palabras horrendas, las maldiciones y las blasfemias.

“Estas son las torturas que sufren en general todos los condenados, pero éste no es el fin del sufrimiento. Hay torturas especiales destinadas a las almas en particular. Son los tormentos de sus sentidos. Cada alma pasa por sufrimientos terribles e indescriptibles, relacionados con la manera en que han pecado.

“Hay cavernas y fosos de tortura en la que cada tipo de agonía es diferente. Yo hubiera muerto con la simple visión de esas torturas, si no hubiera sido porque la omnipotencia de Dios me sostenía.

“Que sepa el pecador que será torturado por toda la eternidad en aquellos sentidos que utilizó para pecar.

“Estoy escribiendo esto por mandato de Dios, para que ninguna alma pueda excusarse diciendo que no existe el Infierno, o que nadie ha estado allí, y que por tanto no puede saberse cómo es.

“Yo, la Hermana Faustina, por orden de Dios, he visitado los abismos del Infierno, para poder hablar a las almas sobre esto y para poder dar testimonio de su existencia. He recibido el mandato de Dios de dejarlo por escrito.

“Los demonios estan llenos de odio hacia mí (por esto). Lo que he escrito es sólo una sombra pálida de las cosas que vi allí. Pero sí noté una cosa: que la mayoría de las almas que están allí son las que se han negado a creer en el Infierno.”

Coinciden los Teólogos en que la más horrenda de las penas del Infierno es la pérdida definitiva y para siempre del fin para el cual hemos sido creados los seres humanos: la posesión y el gozo de Dios, viéndolo "cara a cara". Ya que sólo Dios puede satisfacer el ilimitado deseo de felicidad que El mismo ha puesto en nuestra alma para ser satisfecho sólo por El, puede comprenderse cuán grande puede ser la pena de no poder disfrutar de lo que se denomina la Visión Beatífica. Para resumir esta pena en palabras de San Agustín, "es tan grande como grande es Dios".

Jesucristo también nos da algunas descripciones del Infierno, en el que otro de los tormentos es el sentido de eternidad. Es un sitio de fuego, pero es un fuego que no se extingue, sino que es eterno, sin descanso, sin tregua, sin fin ... para siempre ...

"Los malvados ... los arrojará en el horno ardiente. Allí será el llanto y el rechinar de dientes" (Mt. 13, 42). "Y a ese servidor inútil échenlo en la oscuridad de allá afuera: allí habrá llanto y desesperación" (Mt.25,30). "Malditos: aléjense de Mí, al fuego eterno" (Mt. 25, 41).

Una exhortación para los tiempos que vienen

Un deseo eficaz, una voluntad firme, la esperanza ardiente de ver a Nuestro Señor reinar, no solamente en nuestras almas, en nuestras familias, sino también en nuestras Patrias, guiará sus pasos, llenará sus corazones, inspirará sus cantos, oraciones y sacrificios.

Como miembros y fieles de la Santa Iglesia católica, vamos unidos con nuestra Cabeza, con nuestro Capitán, Nuestro Señor Jesucristo. Lo prometió: “Estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos”. Y está más presente aún en esta peregrinación cuyo tema es, precisamente, la venida de su Reino; está más aún presente a la hora de la batalla por su Nombre. Estamos en una tremenda batalla en este mundo de hoy, un mundo enloquecido que desafía a su Dios y Señor. Ciertamente esta lucha es dura y, humanamente, la victoria parece tan difícil, si no imposible. Pero Cristo Rey no nos dice: ¡“Marchad”! No es capitán que se queda tranquilo en la trinchera mirando a sus soldados que marchan a la lucha; no dice: “marchad”, sino “VENID”, ¡“seguidme”! Luchó y venció el primero; y no sólo nos precede con el ejemplo, sino que nos ayuda con su gracia, nos infundirá aliento y valor en cada paso, ¡está con nosotros!

En realidad, desde que el Salvador recorrió los caminos de Judea y de Galilea, haciendo bien a todas las almas de buena voluntad, se juntaron con Él las innumerables filas de los hijos e hijas de la Iglesia militante; y esta inmensa marcha sólo terminará delante de las puertas del Cielo. Con esta multisecular e invencible peregrinación nos reunimos hoy. Nada y nadie logró y logrará pararla. ¡Sería más fácil ponerse frente a un tren bala lanzado a trescientos km por hora para frenarlo que detener a la Iglesia militante! Incluso las persecuciones, las herejías, los ataques de toda especie no sirven sino para fortalecerla más aún. Por eso, cualquier inquietud, duda, desánimo, murmuración, tristeza, mezquindad no tendrán cabida entre nosotros. No estamos aquí para cumplir una proeza física, o para reunirnos con unos simpáticos y seleccionados amigos, o para buscar un novio o una novia, o para mejorar la salud corporal; estamos aquí para marchar con los cruzados de Jerusalén, con los ejércitos de Santa Juana de Arco, con los conquistadores del nuevo mundo, sea del siglo XII, sea del siglo XXI, suplicando a la Santísima Virgen para que venga entre nosotros el dulce Reino de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.

Cantaremos a pleno pulmón “ Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat ”, pero ¿serán sólo palabras y cantos? “Oportet Illum regnare”, nos dice San Pablo, Nuestro Señor debe reinar, y su reino no caerá así de repente del Cielo. Él no reinará sin nuestros esfuerzos, pacientes, determinados y audaces, sin nuestra fe, sin nuestras luchas, sin nuestra labor incesante, sin esta peregrinación. “Los soldados lucharán y Dios dará la victoria”, decía Santa Juana de Arco. Y Nuestro Señor lucha con nosotros, en nosotros: “ Ánimo, pequeño rebaño, Yo he vencido al mundo ”. Y su discípulo San Juan se hace el eco de su divino Maestro: “nuestra victoria sobre este mundo es nuestra fe”. ¡Oh!, el demonio puede ganar, quizás, unas batallas, pero ha perdido la guerra; ya sabemos que él y sus secuaces serán vencidos.

… Piensan los tibios: ¿entonces, para qué luchar, para qué esta peregrinación, si ya sabemos que Nuestro Señor vencerá necesariamente y sus fieles discípulos con Él? Porque, precisamente, Nuestro Señor quiere que el testimonio público de nuestra fe, quiere que esta peregrinación contribuya a su victoria. Dijo: “ ÁNIMO , he vencido al mundo”; no dijo: “descansen, esperando que yo venza al mundo”. Formamos parte de la Iglesia militante, no de la Iglesia soñante. Es luchando con Él y por Él que venceremos con Él. Lo dice San Pablo: “ si compartimos sus sufrimientos, entonces compartiremos su gloria”.

Hagan una santa confesión a Dios durante la peregrinación (nuestra vida en este mundo); tomen resoluciones firmes, cinceladas por las Ave Marías de su Rosario. Energía, determinación, humildad, confianza, caridad, unión fraterna, espíritu de fe: son las disposiciones interiores del peregrino. No fortalezcamos al enemigo, sea ateo, liberal o marxista, por vanos gemidos, por críticas estériles, por la tibieza, el orgullo, el egoísmo, el espíritu de independencia, de división y una mentalidad mundana. Cristo Rey o el Príncipe del mundo, la humildad o el orgullo, la caridad o el egoísmo, el coraje o la cobardía, la victoria o la derrota, no existe una tercera vía.

EL ROSARIO

Desde los primeros tiempos del cristianismo, los fieles rezaban la primera parte del avemaría; son palabras divinas, inspiradas y evangélicas, que llenaban su corazón de alegría al alabar a María con palabras que el mismo Dios nos enseñó. Porque el ángel Gabriel le dijo a María de parte de Dios: Alégrate (Dios te salve) llena de gracia, el Señor está contigo. Y el Espíritu Santo por boca de su prima Isabel le dijo: Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre.

Esta primera parte del avemaría, sin el nombre de Jesús, ya era común rezarla en el siglo VI. Algunos dicen que el Papa san Gregorio Magno (540-604) fue quien la difundió, pues en su tiempo aparece una antífona del ofertorio de la misa del domingo IV de Adviento, con esas mismas palabras del avemaría. En el siglo VII, se encuentra en una oración en Luxor, alto Egipto; pero es hacia el año 1000, cuando es totalmente popular y todo el mundo la recita de memoria, especialmente en los conventos. En el sínodo de París de 1198 se ordena a los sacerdotes que reciten con el pueblo las oraciones del padrenuestro, credo y avemaría. En el siglo XIV es cuando aparece ya en muchos lugares la primera parte con el nombre Jesús (Bendito es el fruto de tu vientre Jesús) y también la segunda parte: Santa María madre de Dios ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén. En el siglo XV las cofradías marianas difunden el avemaría completo por doquier.

Por otra parte, desde los primeros siglos, los monjes que sabían leer, recitaban en comunidad los 150 salmos de la Biblia. Los que no sabían leer, rezaban en su lugar 150 padrenuestros. En el siglo XII, en vez de los 150 padrenuestros, comenzaron a rezar 150 avemarías. A esto se llamaba el salterio de María o salterio mariano, aunque el avemaría se rezaba solamente en su primera parte. Gracias a la predicación de santo Domingo de Guzmán (1170-1221) y sus hermanos dominicos, el rezo del salterio mariano se propagó por todas partes. Por eso, algunos consideran a santo Domingo como el fundador del rosario.

Pero fue Alano de Roche (+1475), quien organizó el rosario en misterios de diez avemarías precedidas de un padrenuestro, siguiendo en esto al cartujo Enrique de Kalcar (+1408), que había propuesto rezar 150 avemarías divididas en 15 decenas, precedidas de un padrenuestro. También Alano de Roche propuso meditar en cada decena algún misterio de la vida de Jesús o de María. Y así se fue difundiendo el rezo del rosario, como así se llamó ya desde el siglo XVI, en vez de salterio mariano como antes se llamaba.

Por fin, en 1569, el Papa Pío V en su bula Consueverunt Romani Pontífices estableció la forma de misterios gozosos, dolorosos y gloriosos como definitiva para toda la Iglesia. El mismo Papa en 1572, a raíz de la victoria de Lepanto contra los musulmanes, ocurrida el 7 de octubre de 1571, estableció la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias, que el Papa Gregorio XIII la cambió por el nombre de fiesta de Nuestra Señora del Rosario, y comenzó a celebrarse el 7 de octubre, que actualmente es el día del rosario.

Cuando María se aparece en Lourdes (1858) y en Fátima (1917), reza el rosario con los videntes y exhorta a rezarlo todos los días. Y los Papas, especialmente desde el siglo XIX, lo han recomendado encarecidamente.

El rosario es una oración que se presta particularmente para reunir a la familia… Rezar el rosario por los hijos y, mejor aún, con los hijos, educándolos desde su tierna edad para este momento cotidiano de intervalo de oración de la familia, es una ayuda espiritual que no se debe minusvalorar… Tomad con confianza entre las manos el rosario, descubriéndolo de nuevo a la luz de la Escritura… ¡Oh rosario bendito, dulce cadena que nos une con Dios, vínculo de amor que nos une a los ángeles, torre de salvación contra los asaltos del infierno, puerto seguro en el común naufragio, no te dejaremos jamás! Tú serás nuestro consuelo en la hora de la agonía. Para ti el último beso de la vida, que se apaga; y el último susurro de nuestros labios será tu suave nombre: oh Reina del Rosario, oh Madre nuestra querida, oh Refugio de los pecadores, oh Soberana consoladora de los tristes. Que seas bendita por doquier hoy, y siempre, en la tierra y en el cielo.

No se avergüencen de rezar el rosario a solas, mientras van al colegio, a la universidad o al trabajo, por la calle y en los medios de transporte público; habitúense a rezarlo entre ustedes, en sus grupos, movimientos y asociaciones. No duden en proponer el rezo en casa, a sus padres y a sus hermanos, porque el rosario renueva y consolida los lazos entre los miembros de la familia. Esta oración los ayudará a ser fuertes en la fe, constantes en la caridad, alegres y perseverantes en la esperanza.

San Louis De Montfort (+1710): “Bendito Alan de Roche, que era tan profundamente devoto de la Santísima Virgen, tuvo muchas revelaciones por parte de ella y sabemos que él confirmó la veracidad de estas revelaciones por medio de solemne juramento. Sobresalen tres de ellas con especial énfasis: la primera, que si las personas fracasan en recitar el ‘Ave María’ (la salutación angélica que ha salvado al mundo – Lucas 1:28) por descuido o porque son tibios, o porque la odian, ésta es una señal que probablemente y ciertamente en un corto tiempo serán condenados al castigo eterno.”

Altamente recomendamos que se recen diariamente las 15 décadas del Rosario. En sus mensajes en Fátima, Nuestra Señora hizo énfasis repetidamente en la importancia de rezar el Rosario todos los días. Hasta dijo que Francisco tendría que rezar ‘muchos Rosarios’ antes de poder ir al Cielo. Deberían darle prioridad a la lectura de la palabra de Dios y a rezar antes de cualquier otra actividad, para poder crecer en el espíritu. Rezar las 15 décadas del Rosario todos los días puede realizarse de varias maneras. Sin embargo, para muchos se realiza mejor al rezar una parte del Rosario en diversos momentos del día, por ejemplo, los misterios gozosos por la mañana, los misterios dolorosas a medio día y los misterios gloriosos por las noches. El ‘Salve Regina’ sólo tiene que rezarse al final del Rosario completo todos los días. Una parte esencial del Rosario es la meditación sobre los misterios, episodios en la vida de Nuestro Señor y Nuestra Señora. Esto significa pensar al respecto, visualizarlos, tomando en cuenta las gracias y los méritos que se exhiben en ellos y usarlos como inspiración para conocer mejor a Dios y amarlo. También es común enfocarse en una virtud específica con cada uno de los misterios (ver: Cómo Rezar el Rosario).

Nuestra Señora a Santo Domingo (1214): “Domingo, ¿sabes qué arma desea la Santísima Trinidad que se use para reformar el mundo? ‘Oh, mi Señora,’ respondió Santo Domingo, ‘vosotros lo sabéis mejor que yo...’ Entonces respondió Nuestra Señora: ‘Quiero que sepas que, en esta clase de contienda armada, el ariete siempre ha sido el Salterio Angélico (el Rosario), el cual es la piedra angular del Nuevo Testamento. Por lo tanto, si deseas llegar a estas almas endurecidas y ganárselas a Dios, predica mi Salterio (el Rosario).” (El Secreto del Rosario, p. 18.)

“Desde que el Bendito Alan de la Roche volvió a establecer esta devoción, la voz del pueblo, la cual es la voz de Dios, lo llamó “El Rosario”. La palabra Rosario significa “Corona de Rosas”, es decir que cada vez que las personas recitan el Rosario con devoción, colocan una corona de ciento cincuenta y tres rosas rojas y dieciséis rosas blancas sobre las cabezas de Jesús y María. Siendo flores celestiales, estas rosas nunca se destiñen ni pierden su exquisita belleza. En verdad, ¡ellas quedarán delante de ustedes por toda la eternidad y les traerán felicidad y deleite! Nuestra Señora ha mostrado su total aprobación con el nombre de Rosario; ella le reveló a varias personas que cada vez que rezan un Ave María le están dando una bella rosa y que cada Rosario completo le hace una corona de rosas.
El conocido jesuita, hermano Alfonso Rodríguez, rezaba su Rosario con tal fervor que a menudo veía que de su boca salía una rosa roja con cada Padre Nuestro y una rosa blanca con cada Ave María. Las rosas rojas y blancas eran igual en belleza y fragancia, siendo su color la única diferencia.
Las crónicas de San Francisco cuentan de un fraile joven que tenía una costumbre digna de alabanza de rezar la corona de Nuestra Señora (el Rosario) todos los días antes de la cena. Un día, por alguna razón u otra, no pudo rezarlo. La campana del refectorio ya había sonado cuando le pidió al Superior que le permitiese rezarlo antes de llegar a la mesa y, habiendo obtenido el permiso se retiró a su celda a rezar.
Después de haberse ido un largo rato, el Superior envió a otro fraile a llamarlo y lo encontró en su habitación bañado en una luz celestial viendo a Nuestra Señora, quien tenía dos ángeles con ella. Bellas rosas seguían saliendo de su boca con cada Ave María; los ángeles las tomaban una por una y las colocaban sobre la cabeza de Nuestra Señora y ella las aceptaba con una sonrisa.
Finalmente, otros dos frailes que habían sido enviados para averiguar qué les pasaba a los primeros dos, vieron la misma bella escena y Nuestra Señora no se fue hasta que se había rezado todo el Rosario.”
(El Secreto del Rosario por San Louis De Montfort)

“Mostradme un camino nuevo hacia nuestro Señor, pavimentadlo con todos los méritos de los santos, adornadlo con sus virtudes heroicas, iluminadlo y realzadlo con el esplendor y belleza de los ángeles, poned a todos los ángeles y santos allí para guiar y proteger a aquellos que desean seguirlo. Dadme dicho camino y ciertamente, ciertamente, lo digo audazmente – y digo la verdad – que en vez de este camino, a pesar de lo perfecto que pueda ser, aún así escogería la manera inmaculada de María. Es una manera, un camino sin mancha ni mancilla, sin pecado original ni pecado real, sin sombra ni oscuridad”.
(La verdadera devoción a María por San Louis De Montfort)

Predicaciones Escritas

Jesús predica la conversión

La conversión es un cambio profundo de la mente y del corazón. El que se convierte se da cuenta de que algo debe cambiar en su vida.

La predicación pública de Nuestro Señor Jesucristo empezó con una llamada a la conversión: «se han cumplido los tiempos y se acerca el Reino de Dios; convertios y creed en la Buena Nueva« (Mc. 1, 15) Más adelante irá explicando las características del Reino, pero desde un principio se advierte que hace falta una postura nueva de la mente para poder entender el mensaje de salvación.

Pone a los niños como ejemplo de la meta a que hay que llegar. Hay que «hacerse como niños» o «nacer de nuevo», como dirá a Nicodemo (cfr. Jn. 3, 4) La conversación con la mujer samaritana es un ejemplo práctico de cómo se llama a una persona a la conversión. A Zaqueo también lo llama a cambiar de vida, a convertirse. Lo mismo hará con otros muchos.

Sus parábolas sobre la misericordia divina son llamadas a la conversión contando con que nuestro Padre Dios está esperando la vuelta del pecador. Hasta en los últimos momentos de su vida, cuando le van a prender en el huerto, llama a Judas -amigo, ofreciéndole la oportunidad de la conversión.

SAN JUAN BAUTISTA PREPARÓ LA VENIDA DEL MESIAS

Cuando los sacerdotes de Jerusalén enviaron a preguntar a Juan Bautista quién era, contestó: Yo soy la voz que clama en el desierto: enderezad el camino del Señor, como dijo Isaías. (Jn. 1, 23) Con estas palabras indica que preparaba el camino del Mesías, que había de venir, predicando la conversión y la penitencia. Sus palabras eran claras y fuertes. San Lucas narra esta predicación y cómo animaba a compartir con los demás lo que se posee, a no exigir más de lo que marca la justicia en los negocios, a no ser violentos, ni denunciar falsamente a nadie (cfr. Lc. 3, 1-18) Para conseguir vivir sin pecado proponía el bautismo de agua y la penitencia. Sin embargo, siempre insistió en que estos medios eran insuficientes, pues él era sólo el precursor: «Yo os bautizo con agua para la penitencia; pero el que viene detrás de mí es más poderoso que yo. No soy digno de llevarle las sandalias; él os bautizará en el Espíritu Santo y fuego; en su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era; reunirá su trigo en el granero, y la paja la quemará en un fuego inextinguible» (Mt. 3. 11-12)

Cuando Jesús fue a bautizarse al Jordán, le dijo: «Yo necesito ser bautizado por ti, y ¿tú vienes a mí?» (Mt. 3, 14) Más adelante dirá de Jesús: «He aquí el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo» (Jn. 1, 29) San Juan Bautista no tenía el poder de perdonar los pecados, sino solamente predicaba la conversión y la penitencia preparando el camino del Señor. Como fruto de su labor serán muchos los que escucharán la doctrina de Cristo. Los dos primeros discípulos de Jesucristo serán dos discípulos de San Juan Bautista: Juan y Andrés. Además de estos discípulos primeros, muchos otros discípulos de Juan fueron tras Jesús. Juan se llenó de alegría, añadiendo: «Conviene que Él crezca y yo disminuya» (Jn. 3, 30)

¿QUE ES LA CONVERSION?

La conversión es un cambio profundo de la mente y del corazón. El que se convierte se da cuenta de que algo debe cambiar en su vida, y se decide a cambiar. La conversión a Dios incluye apartar todo lo que aleje de Dios.

La conversión exige que se dé primero un arrepentimiento del pecado:

El pecado mortal hunde sus raíces en la mala disposición del amor y del corazón del hombre, se sitúa en una actitud de egoísmo y cerrazón, se proyecta en una vida construida al margen de los mandamientos de Dios. El pecado mortal supone un fallo en lo fundamental de la existencia cristiana y excluye del Reino de Dios. Este fallo puede expresarse en situaciones, en actitudes o en actos concretos.

Se puede decir, resumiendo, que: Pecado es todo acto, dicho o deseo contra la ley de Dios.

El siguiente paso será abrir el corazón a la luz nueva: «Dios es luz y no hay en Él tiniebla alguna» (1 Jn. 1, 5) San Juan explica las posibles actitudes ante la conversión, diciendo: «Todo el que obra el mal, aborrece la luz, y no viene a la luz, porque sus obras no sean reprendidas. Pero el que obra la verdad viene a la luz para que sus obras sean manifiestas, pues están hechas en Dios» (Jn. 3, 20-21)

Todos los hombres llevan en su interior la posibilidad de una oposición a Dios. Por el pecado original la naturaleza humana ha quedado debilitada y herida en sus fuerzas naturales. La inteligencia se mueve entre oscuridades y cae fácilmente en engaños. La voluntad se inclina maliciosamente hacia conductas pecaminosas. Las pasiones y los sentidos experimentan un desorden que les lleva a rebelarse al impulso de la razón.

Esta inclinación al mal que todo hombre posee, se acentúa con los pecados personales y con la influencia de ambientes corrompidos.

Convertirse es, en definitiva, cambiar de actitud, desandar el camino andado. Es una vuelta a Dios, del que el hombre se aparta por la mala conducta, por las malas obras, es decir, por el pecado.

Esa vuelta a Dios, que es fruto del amor, incluirá también una nueva actitud hacia el prójimo, que también ha de ser amado.

EL REINO DE DIOS EMPIEZA CON LA CONVERSION PERSONAL

Para entrar en el Reino de los Cielos es preciso renacer del agua y del Espíritu; de esta manera anunció Jesús a Nicodemo el comienzo del Reino de Dios en el alma de cada hombre. Para esta nueva vida Dios envía su gracia.

La conversión unas veces será de un modo fulgurante y rápido, casi repentina; otras, de una manera suave y gradual; incluso, en ocasiones, sólo llega en el último momento de la vida.

En las parábolas del Reino de los Cielos es muy frecuente que el Señor lo compare a una pequeña semilla, que crece y da fruto o se malogra. Con estos ejemplos indica que el Reino de Dios debe empezar por la conversión personal. Cuando un hombre se convierte, y es fiel, va creciendo en esa nueva vida; después va influyendo en los que le rodean. Así se desarrolla el Reino de Dios en el mundo. El camino que eligió Jesucristo fue predicar a todos la conversión, denunciar todas las situaciones de pecado e ir formando a los que se iban convirtiendo a su palabra.

El sufrimiento en la vida del Cristiano

«Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos»

En nuestras vidas todos, absolutamente todos hemos padecido por algo, puede ser desde un amor no correspondido, problemas en el trabajo, problemas familiares, una pérdida de trabajo, problemas financieros, hasta una ruina completa, una enfermedad fatal, un accidente, etc. Eso es parte de nuestra vida terrenal. Me imagino que ante retos fuertes, nuestra fe en Dios puede debilitarse, o acabarse por completo, y en algunos casos tener resentimiento contra Dios por no entender.

¿Por qué pasan las cosas? ¡No es justo! ¿Por qué a mí que he sido tan bueno?

En nuestra vida diaria vemos la tendencia normal a evitar el sufrimiento a toda costa, tenemos remedios instantáneos para dolor de cabeza, maquinas que prometen eliminar los kilos de más, pastillas para adelgazar, remedios para corregir defectos físicos, y ahora vemos como se propaga el llamado.

“Evangelio de la Prosperidad”

Donde el tenor es decirnos que Cristo ya padeció y murió por nosotros, y no necesitamos sufrir más. De una de estas “iglesias” que predican el Evangelio de la Prosperidad dicen:

“Revertir, cambiar el cuadro de sufrimiento en el que las personas viven, pues, quién es de Dios, jamás se somete a ningún tipo de fracaso en su vida. No acepta derrotas de orden espiritual, profesional, sentimental, familiar o físico”

Les dirán

“A lo mejor no estás diezmando como se debe, o no estás orando con fe, Ven y compra estas bendiciones que llevaremos a Israel y las meteremos en el muro de los lamentos para terminar con las penas”

¿A quién le gusta sufrir? Con esas promesas y sabiéndose es de Dios, pues lo que el mundo nos diría es: ¡CLARO! ¡Hace sentido!!¡Dios es Amor! Dios es un Padre Amoroso lo más lógico es que no nos deje sufrir...

Pero, ¿Qué creen?

Dios nunca nos prometió evitar sufrir, de hecho fue todo lo contrario.

Lucas 14,27. El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío.

Hoy por hoy sabemos que muchas personas no entienden ni aman la Cruz, nos dicen que tenemos a un Cristo muerto, y sangrante, que El resucito y que no debemos de tenerlo crucificado.

La verdad es que nadie se escapa del dolor, entonces si la realidad es que en más de una ocasión sufriremos, entonces para que no sea esteril ¿Qué hacemos con el dolor?

Veamos lo que Pablo nos dice:

Col 1,24. Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia,

“Me alegro” dice Pablo, ¿se alegra por haber sufrido? ¿Cómo entender ese versículo los que no quieren la cruz? Este párrafo les cuesta mucho explicarlo a aquellos que predican el “evangelio de la prosperidad”. Pablo nos dice que hay una finalidad útil en el dolor, sigamos con la exegesis de este versículo.

“Soporte por vosotros”. Ahí tenemos la finalidad, Pablo estaba alegre de haber padecido y soportado esos sufrimientos POR ELLOS, ofreció sus padecimientos por ELLOS. De ahí que cuando nosotros padecemos por algo, bien podemos ofrecerlo también por otros.

“y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo” ¿Acaso Pablo insinúa que la Pasión de Cristo no fue suficiente? No, de ninguna manera, una sola gota de su sangre hubiera bastado para salvar el mundo. A lo que Pablo se refiere es a una PARTICIPACION en los sufrimientos de Cristo, una participación en la divinidad de Cristo. Pablo se unió a los padecimientos de Cristo. Ya que solo Cristo salva, y el hombre no puede por si mismo tener participación divina, es entonces que nosotros solo podemos lograr ofrecer esos sufrimientos en Cristo.

Si leemos Lucas 14,27, Jesús nos insta a tomar nuestra cruz y seguirle, ¿A dónde la tomo El? A la muerte, a una pasión dolorosa.

Por ejemplo, al leer las bienaventuranzas vemos que entre ellas dice BIENAVENTURADOS SERÉIS CUANDO POR CAUSA MIA, OS INSULTEN Y DIGAN TODA CLASE DE CALUMNIAS CONTRA USTEDES, ALÉGRENSE Y REGOCÍJENSE, PORQUE SU RECOMPENSA SERÁ GRANDE EN LOS CIELOS.

A los que participamos en Apologética padecemos esos insultos e injurias por su causa. ¿Qué podemos hacer? Enojarnos y ofender también? No de ninguna manera, veamos que recomendaba Pablo.

I Cor 4,10. Nosotros, necios por seguir a Cristo; vosotros, sabios en Cristo. Débiles nosotros; mas vosotros, fuertes. Vosotros llenos de gloria; mas nosotros, despreciados. 11. Hasta el presente, pasamos hambre, sed, desnudez. Somos abofeteados, y andamos errantes. 12. Nos fatigamos trabajando con nuestras manos. Si nos insultan, bendecimos. Si nos persiguen, lo soportamos. 13. Si nos difaman, respondemos con bondad. Hemos venido a ser, hasta ahora, como la basura del mundo y el desecho de todos.

Si nos insultan bendecimos.

Ofrezcamos esas humillaciones en participación de los padecimientos de Cristo.

¿Cómo podemos entonces “alegrarnos” de sufrir? ¿Debemos de ser masoquistas?

El Masoquismo es una desviación en la que las personas buscan placer en el dolor, no es nuestro caso, ya que no es el placer lo que buscamos sino cambiar la pregunta ¿Por qué? a ¿Para qué? Si nosotros sufrimos podemos en Cristo obtener fuerzas para que nuestra carga sea más ligera y encontrar una finalidad trascendental de nuestro padecimiento, esto es unidos en Cristo podemos lograr la santificación en esa tribulación.

Jesús es el "penitente" perfecto, por tanto hagamos caso para estar alegres sabiendo esa tribulación nos está santificando, al unirlo a Jesús.

Veamos otro ejemplo de Pablo: Gal 4,13. Pero bien sabéis que una enfermedad me dio ocasión para evangelizaros por primera vez. Pablo nos dice que encontró un camino para participar de la Salvación a otros. Su enfermedad dio vida!

- Hay pasos en eso de llevar el dolor:

a) Primero súfrelo con paciencia.

b) Luego trata de llevarlo ¨con gusto¨.

c) Ofrécelo en unión a la Pasión de Cristo, ofrécelo a Dios por amor por alguna causa.

Métete en las llagas de Cristo Crucificado. —Allí aprenderás a guardar tus sentidos, tendrás vida interior, y ofrecerás al Padre de continuo los dolores del Señor y los de María, para pagar por tus deudas y por todas las deudas de los hombres.

"Diles que les amo"

Recuerda el gran Amor que Dios nos tiene, pero también lo poco que correspondemos los hombres a ese Infinito Amor porque si le amáramos de verdad, no necesitaríamos que nadie nos lo recordara y si ardiéramos de amor de Dios, ya se notaría en todo lo que hacemos.

S. Bernardo de Claraval (1090-1153) estaba tan enamorado de Dios que no sólo insistió en seguir su vocación a un monasterio a pesar de la oposición de su familia, sino que se llevó consigo a más de treinta hombres, entre ellos algunos parientes, y en su vida atrajo a cientos más a la vida cisterciense. ¿Cómo les comunicó con tanto éxito que Dios les ama?

Quizás oyeron de este Doctor Melífluo (“boca de miel”) de la Iglesia: “Debemos amar a Dios porque Él es Dios, y la medida de nuestro amor debe ser amarlo sin medida.” Predicó sin parar por obediencia a los obispos y el Papa, que le mandaban por toda Europa. Su éxito se debía a que practicaba el consejo que dió a un monje de su monasterio cuando llegó a ser el Papa Honorio III: “Malditas serán dichas ocupaciones, si no dejan dedicar el debido tiempo a la oración y a la meditación.” Fue capaz de distilar de sus largas horas de oración nocturnas palabras que encendían el fervor de los que le oían.

“El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo por amar. […] el amor es lo único con que la criatura puede corresponder a su Creador, aunque en un grado muy inferior, lo único con que puede restituirle algo semejante a lo que él le da. En efecto, cuando Dios ama, lo único que quiere es ser amado: si él ama, es para que nosotros lo amemos a él, sabiendo que el amor mismo hace felices a los que se aman entre sí.” (Sermón 83, 4-6)

Añade también que “el Verbo es el primero en amar al alma, y que la ama con mayor intensidad.” (Sermón 83, 4-6) Por eso quiso el Señor hacerse verdaderamente presente en la Eucaristía. En el Evangelio nos dice que el que come ese Pan: “habita en mí y yo en él” (Jn. 6, 56).

En nadie encontró el Señor mejor templo en el cual habitar que en la Ssma. Virgen María, cuyo amor de Dios es insuperable en toda la Creación y de quien dice S. Bernardo al meditar la Anunciación a María:

“Fue, pues, la bienaventurada Virgen María fuerte en el propósito [de vivir sólo para Dios virginalmente], templada en el silencio, prudente en la interrogación [al ángel], justa en la confesión [de ser esclava del Señor].

“Por tanto, con estas cuatro columnas [de las virtudes cardinales] y las tres predichas de la fe [las Tres Personas de la Ssma. Trinidad] construyó en ella la Sabiduría celestial una casa para sí. La cual Sabiduría de tal modo llenó la mente, que de su Plenitud se fecundó la carne, y con ella cubrió la Virgen, mediante una gracia singular, a la misma sabiduría, que antes había concebido en la mente pura.

“También nosotros, si queremos ser hechos casa de esta sabiduría, debemos tallar en nosotros las mismas siete columnas, esto es, nos debemos preparar para ella con la fe y las costumbres.”

El amor no es sólo un sentimiento, sino algo que se debe demostrar por obras. Del que tenemos las preciosas palabras del Salve: “¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María!” también tenemos esta bella oración para pedir la ayuda de la Ssma. Virgen María cuando nuestras obras no reflejan el amor de Dios que quisiéramos:

Memorare de S. Bernardo

“Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, haya sido desamparado. Animado por esta confianza, a Vos acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vos. Oh Madre de Dios, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benígnamente. Amén.”

Si le preguntáramos a S. Bernardo: “¿Qué es lo que más nos impide dar a conocer a otros el Amor de Dios?”, quizás ésta sería su respuesta: “No eres más santo porque no eres más devoto de María.”(S. Bernardo)

PREDICAS PARA JOVENES

JESÚS Y LOS JÓVENES

Oye joven: ¡Jesús te ama! Y este mensaje tiene como único propósito hablarte precisamente del gran amor que Dios tiene hacia ti (1 Juan 4:10). Estamos viviendo en los postreros tiempos, en los cuales ser joven y darle tu vida a Cristo desde tu juventud (Eclesiastés 12:1) son cosas que cada vez se tornan más difíciles, pero sabemos que todo lo podemos si permanecemos en Cristo Jesús (Filipenses 4:13), y por medio de la Santa Biblia veremos que es posible entregarle a Cristo esos días tan hermosos en la vida del ser humano: La juventud. ¡Bendito sea el Nombre de Jesucristo!

Satanás y sus demonios, el mundo, y nuestra propia carne seducen a los cristianos a dejar la santidad y pecar deliberadamente contra Dios, teniendo en poco el sacrificio que Cristo Jesús ofreció en la cruz del Calvario (Hebreos 10:26-29), pero los jóvenes en particular, son quienes reciben un intenso bombardeo de “ofertas” e “invitaciones”, cuyo único objetivo es desviar y alejar al joven de Cristo Jesús, el único Camino que lleva a Dios (S. Juan 14:6). Vivimos en tiempos extremadamente peligrosos; los jóvenes de hoy en día tienen acceso mucho más fácil y rápido al pecado, en comparación a los jóvenes de hace 50 ó 60 años atrás. Nos ha tocado vivir en tiempos en los que la mal llamada ciencia y la tecnología aumentan a un ritmo nunca antes visto (Daniel 12:4). En cuestión de segundos el joven hoy puede tener acceso a la violencia, pornografía, música mundana, decadencia social y todo tipo de información corrompida que se les ofrece a los jóvenes por medio de la televisión, internet, telefonía celular, etc. Todo esto, al entrar por los ojos del joven, cautiva su interés, su amor, su corazón, llenando de esta forma todo su ser de tinieblas (S. Mateo 6:22-23). Todo “lo nuevo” (aunque Eclesiastés 1:8-11 declara que no hay nada nuevo debajo del sol), “las nuevas tendencias”, “las nuevas modas”, y “los nuevos estilos de vida” que aparecen en el mundo es a los jóvenes principalmente a quienes tratan de influenciar para que deshonren a Dios. El mundo le está diciendo al joven: “Quiero ser tu amigo”. Sin embargo, la Santa Biblia nos enseña:

¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios. (Santiago 4:4)

La virtud de la castidad

Cuanto más comprendan los fieles la excelencia de la castidad y su función necesaria en la vida de los hombres y de las mujeres, tanto mejor sabrán también aceptar y cumplir.

Como se ha dicho más arriba, la presente Declaración se propone llamar la atención de los fieles, en las circunstancias actuales, sobre ciertos errores y desórdenes morales de los que deben guardarse. Pero la virtud de la castidad no se limita a evitar las faltas indicadas. Tiene también otras exigencias positivas y más elevadas. Es una virtud que marca toda la personalidad en su comportamiento, tanto interior como exterior.

Ella debe calificar a las personas según los diferentes estados de vida a unas, en la virginidad o en el celibato consagrado, manera eminente de dedicarse más fácilmente a Dios sólo con corazón indiviso; a otras, de la manera que determina para ellas la ley moral, según sean casadas o celibatarias. Pero en ningún estado de vida se puede reducir la castidad a una actitud exterior. Ella debe hacer puro el corazón del hombre, según la palabra de Cristo: "Habéis oído que fue dicho: no adulterarás. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón".

La castidad está incluida en aquella "continencia" que san Pablo menciona entre los dones del Espíritu Santo, mientras condena la lujuria como un vicio especialmente indigno del cristiano, que excluye del reino de los cielos. "La voluntad de Dios es vuestra santificación: que os abstengáis de la fornicación; que cada uno sepa tener a su mujer en santidad y honor, no con afecto libidinoso, como los gentiles que no conocen a Dios; que nadie se atreva a ofender a su hermano... Que no nos llamó Dios a la impureza, sino a la santidad. Por tanto, quien estos preceptos desprecia, no desprecia al hombre sino a Dios, que os dio su Espíritu Santo". "Cuanto a la fornicación y cualquier género de impureza o avaricia, que ni siquiera pueda decirse que lo hay entre vosotros, como conviene a santos... Porque habéis de saber que ningún fornicario, o impuro, o avaro, que es adorador de ídolos, tendrá parte en la heredad del reino de Cristo y de Dios. Que nadie os engañe con palabras de mentira, pues por éstos viene la cólera de Dios sobre los hijos de la rebeldía. No tengáis parte con ellos. Fuisteis algún tiempo tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor; andad, pues, como hijos de la luz".

El Apóstol precisa, además, la razón propiamente cristiana de la castidad, cuando condena el pecado de fornicación no solamente en la medida en que perjudica al prójimo o al orden social, sino porque el fornicario ofende a quien lo ha rescatado con su sangre, a Cristo, del cual es miembro, y al Espíritu Santo, de quien es templo: "¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?... Cualquier pecado que cometa un hombre, fuera de su cuerpo queda; pero el que fornica, peca contra su propio cuerpo. O ¿no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que, por tanto, no os pertenecéis? Habéis sido comprados a precio. Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo".

Cuanto más comprendan los fieles la excelencia de la castidad y su función necesaria en la vida de los hombres y de las mujeres, tanto mejor percibirán, por una especie de instinto espiritual, lo que ella exige y aconseja; y mejor sabrán también aceptar y cumplir, dóciles a la doctrina de la Iglesia, lo que la recta conciencia les dicte en los casos concretos.

Las exigencias de la vida cristiana

El Apóstol San Pablo describe en términos patéticos el doloroso conflicto que existe en el interior del hombre esclavo del pecado entre la ley de su mente y la ley de la carne en sus miembros, que le tiene cautivo. Pero el hombre puede lograr la liberación de su "cuerpo de muerte" por la gracia de Jesucristo. De esta gracia gozan los hombres que ella misma ha justificado, aquellos que la ley del espíritu de vida en Cristo libró de la ley del pecado y de la muerte. Por ello les conjura el Apóstol: "Que ya no reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, sometido a sus concupiscencias".

Esta liberación, aunque da aptitud para servir a una vida nueva, no suprime la concupiscencia que proviene del pecado original ni las incitaciones al mal de un mundo "en que todo está bajo el maligno". Por ello anima el Apóstol a los fieles a superar las tentaciones mediante la fuerza de Dios, y a "resistir a las insidias del diablo" por la fe, la oración vigilante y una austeridad de vida que someta el cuerpo al servicio del Espíritu.

El vivir la vida cristiana siguiendo las huellas de Cristo exige que cada cual "se niegue a sí mismo, y tome cada día su cruz" sostenido por la esperanza de la recompensa: "Que si padecemos con Él, también con Él viviremos; si sufrimos con Él, con Él reinaremos".

En la línea de estas invitaciones apremiantes hoy también, y más que nunca, deben emplear los fieles los medios que la Iglesia ha recomendado siempre para mantener una vida casta: disciplina de los sentidos y de la mente, prudencia atenta a evitar las ocasiones de caídas, guarda del pudor, moderación en las diversiones, ocupación sana y recurso frecuente a la oración. Los jóvenes, sobre todo, deben empeñarse en fomentar su devoción a la Inmaculada Madre de Dios y proponerse como modelo la vida de los santos y de aquellos otros fieles cristianos, particularmente jóvenes, que se señalaron en la práctica de la castidad.

En particular es importante que todos tengan un elevado concepto de la virtud de la castidad, de su belleza y de su fuerza de irradiación. Es una virtud que hace honor al ser humano y que le capacita para un amor verdadero, desinteresado, generoso y respetuoso de los demás.

Mortificación

Citas de la Sagrada Escritura

En verdad, en verdad os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere, llevará mucho fruto. Jn 12, 24.

Os digo, pues: Andad en espíritu y no deis satisfacción a la concupiscencia de la carne. Cal 5, 16.

Si padecemos con El, también con El viviremos. Si sufrimos con El, con El reinaremos. 2 Tim 2, 11.

Mejor que el valiente es el que aguanta, y el que sabe dominarse vale más que el que conquista una ciudad. Prov 16, 32.

Cuanto a mí, jamás me gloriaré a no ser en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo. Gal 6, 14.

El que ama su vida, la pierde; pero el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna. Jn 12, 25.

Los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias. Cal 5, 24.

Si alguno quiere venir en pos de mi, niéguese a si mismo, tome cada día su cruz y sígame. Lc 9, 23.

Llevando siempre en el cuerpo la Cruz de Cristo, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. 2 Cor 4, 10.

Si viviereis según la carne, moriréis; mas si con el espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis. Rom 8, 13.

Castigo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que habiendo predicado a los otros venga yo a ser reprobado. I Cor 9, 27.

Mortificad, pues, vuestros miembros de hombre terreno. Col 3, 5.

Necesidad de mortificar la carne y todas las concupiscencias para tener la vida del espíritu: Rom 6, 12; 8, 12-13.

La verdadera caridad impone privaciones para socorrer al projimo: 2 Cor 8, 2-5.

Mortificación de la lengua: Sant 1, 26; 3, 3-12.

La mortificación es principio de paz: Sant 4, 1-10.

SELECCIÓN DE TEXTOS

Necesidad de la mortificación

(La penitencia) purifica el alma, eleva el pensamiento, somete la carne propia al espíritu, hace al corazón contrito y humillado, disipa las nebulosidades de la concupiscencia, apaga el fuego de las pasiones y enciende la verdadera luz de la castidad (SAN AGUSTIN, `Sermón 73).

Tomar la cruz—el cumplimiento costoso del deber o la mortificación cristiana asumida voluntariamente—es [...] componente indispensable del seguimiento de Jesucristo. Si alguno quiere venir en pos de mí—dice el Señor—niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígueme (Lc 9, 23). Estas palabras de Jesús conservan hoy su vigencia de siempre porque son palabras dichas a todos los hombres de todos los tiempos, y expresan una condición inexcusable del seguimiento de Cristo: y el que no toma su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo (Lc 14, 27).

Al ser, pues, nocivo para el cuerpo el demasiado cuidado y un obstáculo para su alma, es una locura manifiesta servirle y mostrarse sumiso con él (SAN BASILIO, Discurso a los jóvenes).

Este gusto por la virtud no se adquiere sino a trueque de una profunda contrición del corazón y una perfecta mortificación de los sentidos (CASIANO, Colaciones, 5).

La pureza del alma está en razón directa de la mortificación del cuerpo. Ambas van a la par. No podemos, pues, gozar de la perpetua castidad si no nos resolvemos a guardar una norma constante en la temperancia (CASIANO, Instituciones, 5).

El resultado de la mortificación debe ser el abandono de las malas acciones y de las voluntades injustas. Y esto no excusa de practicarla a quienes están enfermos, pues en un cuerpo débil puede encontrarse un alma sana (SAN LEÓN, en Catena Aurea, vol. 1, pp. 281-282).

¡ Desde el momento en que un cristiano abandona las lágrimas, el dolor de sus pecados y la mortificación, podemos decir que de él ha desaparecido la religión! Para conservar en nosotros la fe, es preciso que estemos siempre ocupados en combatir nuestras inclinaciones y en llorar nuestras miserias (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre la penitencia).

Donde no hay mortificación no hay virtud.

Al decir porque son pocos los que la encuentran (la senda estrecha), manifiesta la desidia de muchos; y por eso advirtió a los que le escuchaban que no atendiesen al bienestar de muchos, sino a los trabajos de los pocos (SAN JUAN CRISÓSTOMO, en Catena Aurea, vol. I, pp. 438-439).

El sacrificio del cuerpo y su aflicción es acepto a Dios, si no va separado de la penitencia; ciertamente es un verdadero culto a Dios (CLEMENTE DE ALEJANDRIA, Stromata, 5).

La Iglesia exige la mortificación externa corporal para declarar las virtudes de un siervo de Dios (BENEDICTO XIV, cfr. De boatificocione Sanctorum, III).

Quien a Dios busca queriendo continuar con sus gustos, lo busca de noche y, de noche, no lo encontrará (SAN JUAN DE LA CRUZ, Cántico espiritual, 3, 3).

Si queremos guardar la más bella de todas las virtudes, que es la castidad, hemos de saber que ella es una rosa que solamente florece entre espinas; y, por consiguiente, sólo la hallaremos, como todas las demás virtudes, en una persona mortificada (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre la penitencia).

El que no es perfectamente mortificado en sí, pronto es tentado y vencido en cosas bajas y viles (Imitación de Cristo, I,ó, 1).

La oración acompañada de mortificación

Creer que admite a Su amistad a gente regalada y sin trabajos es disparate (SANTA TERESA, Camino de perfección, 18, 2).

Si no eres mortificado, nunca serás alma de oración.

«Mortificaciones pequeñas». Algunos ejemplos y detalles

Es necesario [...] ser muy generosas [...] y tener gran valor para despreciar nuestras malas inclinaciones, nuestro mal humor, nuestras rarezas y sensiblerías, mortificando continuamente todo esto en todas las ocasiones (SAN FRANCISCO DE SALES, Plática XIV, Del juicio propio, 1. c.).

En la comida no debes sentir disgusto cuando los alimen- tos no sean de tu agrado; haz, más bien, como los pobrecitos de Jesucristo, que comen de buen grado lo que les dan, y dan las gracias a la Providencia (J. PECCI—León Xlll— Práctica de la humildad, 24).

Difícilmente se refrenarán las pasiones ocultas y más violentas de la carne, si [...] se es incapaz de mortificar siquiera un poco las delicias del paladar (CASIANO, Colaciones, 5).

Un buen cristiano no come nunca sin mortificarse en algo (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre la penitencia).

Debe ponerse en guardia contra estas tres especies de gula mediante una triple observancia. Ante todo, deberá esperar, para comer, la hora fijada; luego, se contentará con una cantidad prudente, no permitiéndose llegar hasta el exceso; por último, comerá de cualesquiera manjares y especialmente de los que puedan obtenerse a un precio módico (CASIANO, Instituciones, 5).

Los cotidianos, aunque ligeros, actos de caridad: el dolor de cabeza o de muelas; las extravagancias del marido o de la mujer; el quebrarse un brazo; aquel desprecio o gesto; el perderse los guantes, la sortija o el pañuelo; aquella tal cual incomodidad de recogerse temprano y madrugar para la oración o para ir a comulgar; aquella vergüenza que causa hacer en público ciertos actos de devoción; en suma, todas estas pequeñas molestias, sufridas y abrazadas con amor, son agradabilísimas a la divina Bondad, que por solo un vaso de agua ha prometido a sus fieles el mar inagotable de una bienaventuranza cumplida. Y como estas ocasiones se encuentran a cada instante, si se aprovechan son excelente medio de atesorar muchas riquezas espirituales (SAN FRANCISCO DE SALES, Introd. a la vida devota, lll. 35).

También es muy cierto que aquel que ama los placeres, que busca sus comodidades, que huye de las ocasiones de sufrir, que se inquieta, que murmura, que reprende y se impacienta porque la cosa más insignificante no marcha según su voluntad y deseo, el tal, de cristiano sólo tiene el nombre; solamente sirve para deshonrar su religión, pues Jesucristo ha dicho: Aquel que quiera venir en pos de mi, renúnciese a si mismo, lleve su cruz todos los días de su vida, y sigueme (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre la penitencia).

Prepárate [...] a sufrir por nuestro Señor muchas y grandes aflicciones, y aun también el martirio; resuélvete a sacrificarle lo que más estimas si quieres recibirle, sea el padre, la madre, el hermano, el marido, la mujer, los hijos, tus mismos ojos y tu propia vida, porque a todo ello ha de estar preparado tu corazón; pero en tanto que la divina Providencia no te envía tan sensibles y grandes aflicciones, en tanto que no exige de ti el sacrificio de tus ojos, sacrifícale a lo menos tus cabellos, quiero decir que sufras con paciencia aquellas ligeras injurias, leves incomodidades y pérdidas de poca consideración que ocurren cada día, pues aprovechando con amor y dilección estas ocasioncillas, conquistarás enteramente su corazón y le harás del todo tuyo (SAN FRANCISCO DESALES, Introd. a la vida devota, 3, 35).

Donde más fácilmente encontraremos la mortificación es en las cosas ordinarias y corrientes: en el trabajo intenso, constante y ordenado; sabiendo que el mejor espíritu de sacrificio es la perseverancia por acabar con perfección la labor comenzada; en la puntualidad, llenando de minutos heroicos el día; en el cuidado de las cosas, que tenemos y usamos; en el afán de servicio, que nos hace cumplir con exactitud los deberes más pequeños; y en los detalles de caridad, para hacer amable a todos el camino de santidad en el mundo: una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra de nuestro espíritu de penitencia... Tiene espíritu de penitencia el que sabe vencerse todos los días, ofreciendo al Señor, sin espectáculo, mil cosas pequeñas.

La mortificación interior

Mas, me diréis vosotros, ¿cuántas clases de mortificaciones hay? Hay dos: una es interior, otra es exterior, pero las dos van siempre juntas (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre la penitencia).

Si la salud poco firme u otras causas no permiten a alguno mayores austeridades corporales, no por ello le dispensan jamás de la vigilancia y de la mortificación interior (Pio Xll, Enc. Sacra virginitas, 25-3-1954).

Así, aunque viva en la soledad o retirado en una celda, la vanidad le hace deambular con la mente por casas y monasterios, y le muestra en su fantasía una multitud de almas que se convierten al imperio y eficacia de su palabra. El desgraciado, juguete de tales quimeras, parece sumergido en un profundo sueño. De ordinario vive seducido por la dulzura de estos pensamientos. Absorto en tales imágenes, ni advierte lo que hace ni se da cuenta de lo que sucede en torno. Ni siquiera repara en la presencia de sus hermanos. El infeliz va meciéndose, cual si fueran verdad, en las fantasías que soñó despierto (CASIANO, Instituciones, 11).

Si haces alguna mortificación extraordinaria, procura preservarte del veneno de la vanagloria, que destruye a menudo todo su mérito (J. PECCI—León XIII—, Práctica de la humildad, 34)

Es ciertamente imposible que la mente no se vea envuelta en múltiples pensamientos; pero aceptarlos o rechazarlos sí que es posible al que se lo propone. Aunque su nacimiento no depende enteramente de nosotros, está desde luego en nuestra mano el darles acogida o soslayarlos (con la ayuda de la gracia) (CASIANO, Colaciones, 1).

Alegría en la mortificación

Mortificación no es pesimismo, ni espíritu agrio.

(Cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu cara.. .). Aquí se habla de la costumbre que existía en Palestina de ungirse la cabeza los días de fiesta, y mandó el Señor que cuando ayunemos nos manifestemos contentos y alegres (SAN JERÓNIMO, en Catena Aurea, vol. I, p. 380).

Predicas para Mujeres

Las virtudes de María en la familia de Nazareth

Hoy quiero recordarles algunas virtudes de María, algunas virtudes vividas en el hogar de Nazareth. Nuestro propósito será ponerlas en práctica en nuestros propios hogares. María se caracterizó ante todo por su humildad porque se confió en las manos de Dios, en ella no había orgullo ni prepotencia, sólo confianza en Dios.

Una de las virtudes de María es la humildad, ella es modelo de humildad y por eso en nuestros hogares debe vivirse esa virtud si realmente queremos agradar al Señor. De tal manera que debemos cambiar la soberbia, el rencor, el orgullo, el individualismo y la injusticia, y transformarlos en humildad y entrega a Dios para poder asemejarnos al hogar de Nazareth.

Tanto María como José eran personas que alababan, bendecían y agradecían a Dios en todo momento y circunstancia de su vida. Las virtudes de María y José son un referente de vida familiar. Además, la Virgen siendo modelo de oración se convierte en nuestra intercesora ante su Hijo, Ella ruega a Dios por nosotros y nos acompaña en nuestro caminar.

Las virtudes de María – oración diaria

Preguntémenos hermanos queridos, si en nuestros hogares practicamos las virtudes de María, preguntémonos si oramos diariamente, si ponemos en manos de Dios todos nuestros problemas, alegrías y tristezas, si Dios es el centro de nuestras vidas. No olvidemos que la virtud de la oración debe caracterizar a nuestros hogares, ya que ella hace que nos mantengamos unidos a Dios y entre nosotros.

También María se volvió esposa de José. María no fue sólo la Madre de Jesús, sino la mujer de un obrero. Fiel cumplidora de su misión de esposa, las virtudes de María se reflejan en saber vivir en el dolor y la alegría. Ella Sabe acompañar a su Hijo en la huida a Egipto, y también al final de su vida permanece junto a la cruz, inmersa en el dolor.

Fue una mujer que supo vivir plenamente su compromiso con Dios sin reservarse nada para sí. Por eso, mis queridos hermanos, María es modelo de madre y hoy sigue llamando a todas las mujeres para que, como ella, le respondan con fidelidad al Señor en el mundo actual.

Una mujer sabia edifica su hogar

Recuerde siempre que una mujer sabia,

edifica su casa con ayuda de Dios...

TITULO: Una mujer sabia edifica su hogar

BASE ESCRITURAL: Proverbios 14:1

Introducción:

Dios le ofrece a la mujer un papel importante en la edificación de un hogar sólido. En su rol de esposa y madre, contribuye decididamente a sentar las bases del amor, la comprensión, la tolerancia, entre todos los componentes. Por favor observe que no digo que toda la responsabilidad es suya, sino que es la mujer quien aporta para que ese proceso pueda darse. Con ayuda de Dios, una mujer puede edificar su familia, con principios y valores.

I. A LA MUJER LE CORRESPONDE UNA LABOR FUNDAMENTAL: CONSTRUIR (v. 1 a).

1. Para edificar un hogar con sabiduría debe:

a. Pedir orientación a Dios

“El principio de la sabiduría es el temor de Dios...”

b. Tener visión... No perder sus sueños

c. Emprender la tarea. Dar ejemplo.

2. Edificar en la relación matrimonial:

a. Comprensiva

b. Amorosa (No deja descuida al esposo, a pesar de los hijos)

c. Tolerante

d. Femenina

3. Edificar en la relación con los hijos:

a. Ayuda a velar por su bienestar

b. Teniendo equilibrio en el amor

c. Dar una justa medida de amor y disciplina

II. EN MANOS DE LA MUJER ESTA EL PODER DE DESTRUIR (v. 1 b)

¿De qué manera?

1. Tomando decisiones insensatas:

a. En el plano matrimonial:

...Rechazo al esposo.... hablar de divorcio... no dejar hablar...

b. En la relación con los hijos

...Crear rivalidad

2. Actuando con egoísmo...

a. Pensar en su bienestar personal únicamente

b. Pensar en su bienestar físico (dejar de lactar un hijo, por ejemplo)

3. Desconociendo a Dios en el hogar

III. NOS CORRESPONDE EXAMINAR QUE FUNCION EJERCEMOS

1. ¿Construimos con nuestras acciones?

2. ¿Destruimos con nuestras acciones?

3. La decisión hay que tomarla hoy

Conclusión:

El rol específico de la esposa es ayudar a edificar la casa. No a imponer su criterio o constituirse en quien dice la última palabra, sino en esa articuladora con todos los componentes de su familia. Oración, prudencia, comprensión y amor, son cuatro ingredientes que deben prevalecer en la mujer, esposa y madre. Es una labor que pueden desarrollar con ayuda de Dios.

LAS RELIGIOSAS CATÓLICAS COMO MADRES VÍRGENES

En la Iglesia católica a las hermanas religiosas consagradas se les considera como «otras Marías». Las Hermanas perpetúan, a través de la historia, el papel de María como Virgen y Madre. La virginidad, o castidad perpetua, es el principal adorno espiritual de la Hermana y también de María. Para ella, especialmente, fue parte de su preparación única para ser Madre del Mesías. No solo fue María la Madre de Dios, sino que, al pie de la Cruz, también fue hecha Madre de todas las almas. De modo parecido, toda Hermana participa con Cristo como madre espiritual para con las almas que Él salvó.

Uno de los más bellos aspectos de la vida de la Hermana es su castidad. Para el mundo, la castidad parece muy negativa, incluso una imposibilidad, pero Nuestro Señor no nos manda imposibles. Él invitó a los que deseaban ser perfectos a seguirle en la pobreza, la castidad y la obediencia. San Agustín admitió que no podía comprender esta virtud hasta que él mismo experimentó su gozo:

«Vi la castidad. Estaba radiante, pero con una alegría pura y serena. Me invitó a venir, y, lista para abrazarme, me tendió sus manos llenas de buenos ejemplos: niños, mucha juventud, gentes de toda edad, viudas respetables y mujeres que habían encanecido guardando su virginidad. Todas estas almas eran castas, y en esta continencia no había esterilidad, sino que era fecunda de gozosa prole, como muchos frutos que debió a tu amor, Señor, que eres su Esposo»

(Confesiones de san Agustín).

Así, la castidad contiene un maravilloso cumplimiento para aquellos que la escogen por amor a Dios.

La castidad es una virtud tanto excelente como heroica. Una Hermana se convierte en miembro de aquella clase privilegiada de vírgenes que «siguen al cordero do quiera que vaya» (Ap. 14: 4). Así como se consagran la iglesia, el altar y el cáliz para el culto divino, así también la religiosa se consagra para un fin sobrenatural, el servicio de Dios. La virginidad no debe ser un fin en sí mismo, en desdén del estado matrimonial. La virginidad fue establecida como medio para llegar a la intimidad con Dios sin las muchas distracciones de una familia. Es un verdadero sacrificio de parte de una mujer renunciar a la expresión natural de su amor dentro de los límites de una familia, mas este sacrificio no quedará sin recompensa. Con este Amante Divino, a quien no se le puede superar en generosidad porque su amor es infinito, se casa la Hermana y se convierte en su misma esposa. Su vida en la tierra es un anticipo de la suprema paz y alegría celestial.

Los escritores de espiritualidad comparan la castidad con el incienso que llevaron los reyes magos. El incienso no despide su fragancia hasta que se quema. De igual manera, la vida de la pureza virginal no es algo frío; es la pasión llameante de un corazón profundamente enamorado de Cristo. El amor eleva el sacrificio, y la fragancia de su incienso se eleva en la Iglesia.

Dios creó a la mujer para ser madre. Aunque una Hermana renuncia a los gozos de la maternidad física, aún así debe realizarse como madre dentro de su vocación. Si niega su amor, permanece estéril y es incapaz de ejercer su influencia sobre las almas. Una vida tal no puede tener satisfacción o sentido duradero. Una Hermana cumple su llamado armonizando su vida de castidad religiosa con las gracias maternales del amor, la bondad y el consejo. María, que fue siempre virgen, es la personificación de la maternidad. Como su maternidad dependía de la virginidad, la maternidad espiritual de una Hermana fluye de su vida virginal. Las Hermanas consagradas se proponen buscar un amor más profundo en Cristo, trascendiendo el amor humano. Cuando esta unión íntima y espiritual motiva las obras y las oraciones de una Hermana, su ejemplo en la Iglesia irradia la belleza de la verdadera condición de la mujer.

Una Hermana es una virgen madre con Cristo en sus obras ocultas y en su apostolado activo. Su vida de oración tiene gran poder intercesorio para con las almas. Con su meditación diaria en la salvación y en la maldad del pecado, una Hermana consagrada pesa la vida en la balanza eterna. Ofrece peticiones por los pecadores empedernidos, por los jóvenes, por la propagación de la fe, por la liberación de almas detenidas en el purgatorio, por la perseverancia de los fieles. Comparte los intereses de su Amado. Al igual que santa Teresita de Lisieux, sin haber abandonado el claustro, la Hermana no necesita saber dónde se aplican los méritos de sus rezos.

En el apostolado de la enseñanza, una Hermana se asocia íntimamente con Nuestro Señor en su sed por almas y ejercita la vigilancia de una madre por sus hijos. De su unión íntima con Cristo, la Hermana maestra advierte de los peligros espirituales, enseña los dotes salvíficos, corrige los malos hábitos, inculca un horror por el pecado e inspira un mandato de amar y servir a Dios de todo corazón. Aconseja pacientemente, instruye al ignorante, amonesta al que yerra y escucha con simpatía a los adversarios de otros como solo una madre puede hacerlo. La obra monumental de enseñar que desempeñan las Hermanas católicas ha influido profundamente a incontables mentes y corazones jóvenes. Puede notarse mejor el tremendo impacto que las Hermanas ejercieron como maestras en aquellos lugares donde cumplieron muchos papeles de madre.

Como madre de almas, la Hermana religiosa encuentra la inestimable perla de su vocación, una vida repleta de profundo significado. Se une en corazón y mente con su Novio, Jesucristo, en la salvación de almas. Su amor virginal florece en la Iglesia, y la fragancia de su labor perdura por generaciones. «¡Oh, cuán bella es la generación casta con esclarecida virtud! Inmortal es su memoria, y en honor delante de Dios y de los hombres» (Sb. 4:1). Específicamente, se debe a su íntima unión con Nuestro Señor que una Hermana pueda afectar profundamente las vidas de otros.

En el orden natural, Dios ha santificado el amor matrimonial para multiplicar la humanidad. El matrimonio fue elevado a sacramento por Cristo para simbolizar el amor de Cristo por la Iglesia. Místicamente, la Hermana es casada directamente con Cristo y eleva el poder del amor humano en su búsqueda por un amor más perfecto. Es en la renuncia del amor humano legítimo que una Hermana descubre un amor más rico en la vida, uno que puede satisfacer y santificar en todo momento. Por los cielos se escapa ella de las asechanzas del mundo para abrazar el corazón de Cristo en el Calvario. Por encima de la tierra, en la esfera del amor espiritual, da luz a las almas en Cristo. Ella es la virgen apóstol que participa con la Iglesia virgen en el renacimiento espiritual de las almas. Con Cristo en la cruz, su amor comprende las necesidades de todos.

Que todos los católicos estimen la vida religiosa de las Hermanas, cuyas plegarias y obras son vitales para la misión de la Iglesia. Que los padres conserven y transmitan a sus hijos la belleza de esta vida y el privilegio de haber sido llamado por Dios a su servicio. Que muchas jovencitas generosas respondan a la invitación de Cristo de ser sus esposas, madres vírgenes para la Iglesia.

Predicas Cristianas Evangélicas

MÉTODO PARA MEMORIZAR TEXTOS BÍBLICOS

Estimado colega:

Todos me preguntan que cómo hago para saber tantos textos bíblicos de memoria, que cómo me vienen a la mente en el momento indicado, con fluidez y con tanta seguridad. Hasta ahora había sido mi secreto (siempre es divertido impresionar, tú sabes, aún no soy santo). Pero llegó el momento de compartirlo con mis colegas católicos… y tú, estás entre ellos.

Quiero compartir contigo este secreto. Se trata de un método que utilizo para aprender textos bíblicos y decirlos de memoria. Es un truco que practico y que me resulta. Son 5 puntos o etapas. Perdóname, pero sólo te proveo el bosquejo, a ti te toca elaborarlo, como me tocó a mí. Tienes que esmerarte, poner empeño, pero no te preocupes, no te va a doler.

Me animo a compartir El Truco, porque ya he visto su efectividad en otras personas. Lo hemos enseñado y podemos testificar cómo personas comunes (no teólogos, no intelectuales) logran dominar y aprender textos de la Biblia. Luego, esas mismas personas, por el entusiasmo generado, se convierten en estudiantes aventajados de la Biblia y de la Doctrina católica.

¿Estamos listos? Aquí lo tienes:

  1. Interésate

Esto es lo más importante. 

Si logras interesarte

 nadie te detendrá ni te desanimará.

¡Dije “nadie”!

    1. Desarrolla tu interés metiéndote en la cabeza que tu salud espiritual y tu sabiduría doctrinal, moral y humana se incrementarán mientras aprendes acerca del mensaje de Jesucristo y la Iglesia que aparecen en la Biblia. 

Y para que te convenzas, lee estas 3 declaraciones:

                    i.  La Iglesia recomienda insistentemente a todos los fieles… la lectura asidua de la Escritura para que adquieran la ciencia de Jesucristo (Flp 3, 8), ‘pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo’ (S. Jerónimo). 

                   ii.  Por esta razón, la Iglesia ha venerado siempre las divinas Escrituras como venera también el Cuerpo del Señor. No cesa de presentar a los fieles el Pan de vida que se distribuye en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo.

                   iii.  En la Sagrada Escritura, la Iglesia encuentra sin cesar su aliento y su fuerza, porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios (cf 1 Ts 2, 13). ‘En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos’.

Te recomiendo también que leas y medites en:

                  iv.  Éxodo 24, 4; Deuteronomio 17, 18; Salmos 119, 49-50. 89. 103. 105. 116. 130. 133. 139-140. 154. 158. 160-162. 169-170. 172; Josué 1, 8; 1 Macabeos 12, 9; Lucas 1, 1-4; Juan 5, 39; 2 Timoteo 3, 15-16; Apocalipsis 1, 10.

    1. Comienza con textos que por alguna razón te interesen de forma especial; los que signifiquen mucho para ti o que tratan sobre un tema que te interese mucho.

                    i.  Comienza con 1, 2, no más de 3 versículos sobre un mismo tema o cuestión.

                   ii.  Que esos 3 textos estén relacionados con temas y situaciones que te interesen mucho. No, mejor que te interesen muchísimo. Piensa: ¿Qué te interesa? ¿Por qué te interesa? ¿Para qué te interesa?

1.  Algún dogma o dogmas de la fe. (¿Por qué me interesa? ¿Para qué me interesa?)

2.  Apologética: defender tal o cual aspecto de tu fe que alguien pone en duda o con el cual te retan. (¿Por qué me interesa? ¿Para qué me interesa?)

3.  Situación personal o familiar: trabajo, carácter, etc. (¿Por qué me interesa? ¿Para qué me interesa?).

4.  Edificación espiritual: espiritualidad y vida interior, guerra espiritual, oración, etc. (¿Por qué me interesa? ¿Para qué me interesa?)

En mi caso personal, me interesan mucho aquellos textos bíblicos que validan la institución divina, el propósito y la necesidad de la Iglesia Católica. Aquí me hago la primera pregunta: ¿Qué me interesa? Respuesta: la Apologética. Acabo de sintonizar con mi área de interés. 

Luego identifico los textos (3, para comenzar): Mateo 16, 18-19; Juan 14, 16-26; 1, Timoteo 3, 15). 

Segunda pregunta: ¿Por qué me interesan esos textos? Respuesta: Para fundamentar mi decisión de hacerme católico. Seré más feliz si mi decisión está fundamentada por la Biblia, y así podré consolarme mejor por la pérdida de aquellos hermanos. 

Tercera pregunta: ¿Para qué me interesan esos textos? Respuesta: Para cerrarle la boca a los que me cuestionan con sus prejuicios y sin fundamentos.

  1. Concéntrate

    1. Ten muy presente:

                    i.  Una buena concentración es cuando estás totalmente metido con el (los) texto (s): ojos, voluntad, imaginación, memoria, intelecto… con todo tu ser.

                   ii.  Esto requiere trabajo.

                   iii.  Mientras más te esfuerces en concentrarte más fácil se te hará luego.

    1. Concéntrate en el primer texto bíblico que quieres aprender. Sigue con el segundo y luego el tercero.

    1. Enfócate­. Aquello en lo que te enfocas, se expande. Enfoque es lo contrario de distracción. 

Clave:

Enfócate en los textos. Evita distracciones.

    1. Observa tus textos en la Biblia y subráyalos.

    1. Escríbelos en papel y relaciónalos como te enseñaré en la 3ra etapa de este truco, perdón quise decir “método”.

                    i.  Escribir es importante en el proceso de aprendizaje porque lo refuerza.

1.  Escribir pone en función otros mecanismos psicomotores que refuerzan la concentración y obligan al enfoque.

2.  Todos los textos que escuchas que digo de memoria, los he re-escritos una y otra vez, muchas veces.

Cuando quiero asegurar en mi mente los textos que ya sé,

los recito, los verifico en la Biblia, los escribo, y luego los vuelvo a escribir.

    1. Evita distracciones cuando estés en esto.

1.  Busca el mejor lugar y momento, con iluminación adecuada. No olvides los espejuelos, te quiero en esto con todas las herramientas.

2.  Apaga el celular. Desconecta el teléfono. Da instrucciones de que no te molesten en “30 minutos”, por ejemplo. Lance hacia fuera el radio y el televisor.

                   ii.  Mientras no estés específicamente en este ejercicio de aprendizaje de textos bíblicos, usa cosas que te recuerden tu objetivo y te mantengan detrás de tu meta, o sea, enfocado (a).

1.  Pon tus Biblias (o las de los demás) donde las puedas ver con facilidad.

2.  Escribe tarjetas con textos bíblicos que te motiven a aprender la Palabra de Dios. Prepáralas que se vean lindas. Pon una en tu mesa de noche, otra en el espejo del baño, en la cocina, en la mesa donde comes, y en el panel de instrumentos del automóvil. Frente a mí en este momento, en mi escritorio, tengo una con mi texto motivador preferido para estudiar la Biblia: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino (Salmo 119, 105).” Más arriba te señalé algunos textos que te pueden asistir en esto. 

Y te puede servir también lo que puse más arriba sobre las declaraciones del Magisterio. En la tarjeta de mi mesa de noche escribí la famosa frase de San Jerónimo: “desconocer la Escritura es desconocer a Cristo”.

3.  Usa tu imaginación. Conozco a una hombre que tiene ilustraciones pequeñas y estampas de la Biblia, como el Sermón de la Montaña, la Ultima Cena, la multiplicación de panes y peces, las tablas de la Ley, y del rey David tocando el arpa. Las tiene en sitios estratégicos, como tiene que ser, ya que si no te refieres a estas cosas constantemente se pierde el efecto.

4.  Repite dichos y frases que te motiven y te concentren en este asunto. Tienes que hacer de esto parte de tu vida. Repítete a ti mismo (a), una y otra vez, frases que te ayuden en tu propósito. 

Yo hago algo que aprendí de mi amigo: hago las señales de la cruz que se hacen cuando rezamos “Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos…”, pero diciendo: “Que esté la Palabra de Dios siempre en mi mente (primera señal), en mi boca (segunda señal), y en mi corazón (tercera señal)”; y concluyo persignándose en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo…

Y también repito mucho aquella frase de San Jerónimo, y los versículos 105 y 133 del Salmo 119.

Lo importante es que así te estarás entrenando en esa incómoda estrategia de concentrarte. 

No te impresiones cuando me escuches recitando 10 textos bíblicos seguidos, impresiónate más bien de mi concentración y enfoque.

La Virtud de la Perseverancia – (Mt 7:7-11)

INTRODUCCIÓN 

1. ¿Por qué algunas personas... 
  a. Tienen éxito en que sus oraciones sean contestadas? 
  b. Tienen un entendimiento más grande de la Biblia? 
  c. Alcanzan más almas para Cristo? 

  -- ¿Es habilidad, genio, o suerte? 

2.
"¡Insista! Nada en el mundo puede sustituir a la perseverancia. El talento no lo hará; nada es más común que el hombre fracasado con talento. El genio no lo hará; los genios sin recompensa es casi un proverbio. La educación no lo hará; el mundo está lleno de vagos educados.” 
3. En Su sermón del monte, Jesús habló sobre la virtud de la perseverancia... 
  a. Especialmente en su relevancia a la oración 
  b. Dándonos la motivación para perseverar en nuestro servicio a Dios 
  [Nuestro texto es 
Mt 7:7-11, en el cual encontramos a Jesús enseñando sobre...] 

I. EL PRINCIPIO DE LA “PERSEVERANCIA” (7-8) 

  A. LA PERSEVERANCIA ES IMPLICADA EN ESTOS VERSÍCULOS...
    1. Por el tiempo gramatical usado en el griego 
     a. Es el tiempo presente, el cual la mayoría de las veces acentúa una “acción continua” 
     b. Literalmente, entonces, Jesús está diciendo: 
       1) “Insista en pedir” y le será dado 
       2) “Insista en buscar” y encontrará 
       3) “Insista en llamar” y le será abierto 
    2. Por la progresión de los términos por si mismos 
     a. “Pedir” es un nivel de pregunta 
     b. “Buscar” sugiere un paso más, como alguien que sigue adelante para encontrar lo que ellos piden
     c. “Hallar” es otro paso más, como alguien que persiste en encontrar lo que busca (pregunta más perseverancia) 

  
B. LA PERSEVERANCIA ES PARTICULARMENTE RELEVANTE... 
    1. En el asunto de la “oración” 
     a. Como es implicado más tarde en 
Mt 7:11 
     b. Jesús a menudo enfatizó la persistencia en la enseñanza de la oración 
       1) En la parábola de “El Amigo Insistente” – 
Luc 11:5-8 
       2) En la parábola de “La Viuda Insistente” – 
Luc 18: 1-8     2. En el asunto del “estudio de la Biblia” 
     a. Muchas personas van demasiado rápido en sus estudios de la Biblia 
     b. Pero aquellos que perseveran en sus estudios son los únicos que se benefician por las bendiciones que Dios provee por Su Palabra – 
Sal 1:1-3; 119:97-104 
    3. En el asunto del “evangelismo” 
     a. Muchos no llevan frutos debido a que tienen demasiada prisa 
     b. Pero segamos lo que sembramos; los más persistentes están sembrando, la mayoría eventualmente segará 

  [Si deseamos tener éxito en cualquier empresa, pero especialmente en la oración, el estudio de la Biblia, y el evangelismo, entonces debemos adoptar “La Virtud de la Perseverancia.” Para animarnos a hacerlo de esta manera, Jesús va a proveer...] 

II. UN MOTIVO PARA LA PERSEVERANCIA (9-11) 

  A. DIOS SE DELEITA EN DAR COSAS BUENAS A SUS HIJOS...    1. Para ilustrarlo, Jesús da un argumento sencillo (de lo más pequeño a lo más grande) 
     a. Por ejemplo, los hombres dan buenos regalos a sus hijos que les piden 
     b. ¡Cuánto más lo hará nuestro Padre celestial que está en los cielos! 
    2. Jesús acentuó este atributo Paternal de Dios en Su sermón 
     a. En relación a nuestras necesidades físicas – 
Mt 6:31-32 
     b. Y ahora en relación a las cosas que son buenas para nosotros – 
Mt 7:11 

  
B. ¡ESTO ES ESPECIALMENTE CIERTO EN RELACIÓN A LA ORACIÓN! 
    1. Como Jesús lo prometió a Sus discípulos en Jn 15:7      a. Condicionado a nuestra permanencia en Él 
     b. Condicionado a que permanezcamos en Sus palabras 
    2. Como escribió el apóstol Juan 
1 Jn 5:14-15 
     a. Condicionado a que pidamos conforme a Su voluntad 
     b. Lo que asume que conocemos Su voluntad hacia nosotros (por ejemplo, que Su Palabra está habitando en nosotros) 
    3. Y como escribió Santiago en Sant 4:3 
a. Asumiendo que no estamos pidiendo para obtener una ganancia personal y egoísta 
b. ¡Pero muchos no disfrutan del favor de Dios, simplemente porque no piden! 

CONCLUSIÓN 
1. Perseverar, entonces, es una noble virtud, especialmente en relación a la oración... 
  a. Tenemos un Padre en los cielos el cual no es indiferente a las peticiones insistentes de Sus hijos 
  b. Previendo que no pedimos impropiamente, ¡la oración persistente no quedará sin respuesta! 

2. ¡Si deseamos recibir, encontrar, y tener puertas abiertas para nosotros, entonces debemos... 
  a. Insistir en pedir 
  b. Insistir en buscar 
  c. Insistir en encontrar 

  ...no solamente en relación a la oración, sino en todas las empresas dignas de los cristianos (por ejemplo, el estudio de la Biblia, el evangelismo)! 

¿Usted ha pedido, buscado o hallado hoy...? 

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