Pecado: ¿Qué es el Pecado Mortal y Venial, Pecado Original, Pecados Capitales

El pecado es la transgresión voluntaria de normas de Dios, leyes o preceptos religiosos o sociales. Dado que existen innumerables normas, existen innúmeros pecados, con mayor o menor castigo.

En el lenguaje bíblico usual, el pecado es el apartarse consciente y voluntariamente de Dios por la desobediencia contra su palabra y su voluntad. Según la doctrina católica, aunque todos los pecados son condonados por el bautismo y el arrepentimiento, no desaparece totalmente la tendencia pecadora (concupiscencia).

Descripción Bíblica del Pecado.

En el Antiguo Testamento, el pecado es establecido como un acto de desobediencia (Gen., ii, 16-17; iii, 11; Is., i, 2-4; Jer., ii, 32); como un insulto a Dios (Num., xxvii, 14); como algo detestado y castigado por Dios (Gen., iii, 14-19; Gen., iv, 9-16); como injurioso al pecador (Tob., xii, 10); como algo expiable por penitencia (Ps. 1, 19). En el nuevo Testamento, es claramente enseñado en San Pablo que el pecado es una trasgresión de la ley (Rom., ii, 23; v, 12-20); una esclavitud de la cual somos liberados por la gracia (Rom., vi, 16-18); una desobediencia (Heb., ii, 2) castigada por Dios (Heb., x, 26-31). San Juan describe el pecado como una ofensa a Dios, un desorden de la voluntad (Juan, xii, 43), una iniquidad (I Juan, iii, 4-10).

¿Qué es el Pecado Mortal y Venial?

Pecado Mortal

El pecado mortal es definido por San Agustín (Contra Faustum, XXII, xxvii) as "Dictum vel factum vel concupitum contra legem æternam", ejemplo, algo dicho, hecho o deseado contrario a la ley eterna, o pensamiento, palabra o acto contrario a la ley eterna. Esta es una definición de pecado en tanto acto voluntario. En tanto defecto o privación, debería ser definido como una aversión a Dios, nuestro verdadero destino final, en razón de una preferencia dada a algún bien mutable. La definición de San Agustín es aceptada generalmente por los teólogos como principalmente una definición del pecado actual mortal. Explica muy bien los elementos materiales y formales del pecado. Las palabras "dictum vel factum vel concupitum” muestra el elemento material del pecado, el acto humano: "contra legem æternam", el elemento formal. El acto es malo porque transgrede la ley Divina. San Ambrosio (De paradiso, viii) define el pecado como una “prevaricación (dolo*) de la ley Divina”.

La definición de San Agustín, estrictamente considerada, es decir el pecado como un impedimento a nuestro verdadero fin último, no comprende el pecado venial, sino en tanto que el pecado venial es, de alguna manera, contrario a la ley divina, aunque no es impedimento de nuestro fin último, se puede decir que está incluido en la definición tal como está. Mientras que en primer lugar una definición de pecados de comisión, los pecados de omisión pueden estar incluidos en la definición porque ellos presuponen algún acto positivo (Santo Tomás, I-II:71:5) y la negación y la afirmación se reducen al mismo género. Los pecados que violan la ley humana o la ley natural también están incluidos, por cuanto lo que es contrario a la ley humana o natural, es también contrario a la ley Divina, en tanto cada ley humana justa se deriva de la ley Divina y no lo es, sino estando en conformidad con la ley Divina.

Es un Pecado Más Grave

Un pecado serio grave o mortal es la violación con pleno conocimiento y deliberado consentimiento de la Ley de Dios en una materia grave, por ejemplo, inmoralidad, idolatría, adulterio, asesinato o difamación. Todas estas son gravemente contrarias al amor que debemos a Dios y por Él, a nuestro prójimo. Como enseñó Jesús al condenar hasta al que mira con malos deseos a una mujer, el pecado puede ser interior ( selección del deseo solamente ) y exterior ( selección del deseo seguido por la acción ). La persona que por su propia voluntad desea fornicar, robar, matar o cometer otro pecado grave, ya ha ofendido seriamente a Dios al escoger interiormente lo que Dios ha prohibido.

El pecado mortal se llama mortal porque es la muerte "espiritual " del alma ( separación de Dios ). Si estamos en un estado de gracia nos hace perder esta vida sobrenatural. Si morimos sin arrepentirnos, lo perdemos a Él por la eternidad. Sin embargo, si volvemos nuestro corazón a Él y recibimos el Sacramento de la Penitencia, o la confession y la contrición perfecta, nuestra amistad con Él queda restaurada. A los católicos no les está permitido recibir la Comunión si tienen pecados mortales sin confesar.

¿Cuáles son las condiciones para que el pecado sea mortal?

¿Podrían aclararme algo, por favor? Exactamente, ¿cuáles son las condiciones para que el pecado sea mortal?

A mí se me enseñó en la escuela que las tres condiciones deben ser: materia grave, advertencia plena o suficiente y pleno consentimiento de la voluntad. ¿Esto es correcto? Les hago esta pregunta porque se me había enseñado esto por unas buenas monjas de los 70s, pero me temo que ellas estaban enseñando sin saber las herejías del Vaticano II. Me pregunto si las condiciones para el pecado mortal eran diferentes antes del Vaticano II. Por favor, ¿qué aconsejan?

C.

Las condiciones son materia grave, advertencia plena o suficiente y pleno consentimiento de la voluntad. Sin embargo, y aquí debe darse mucha atención, la mayoría de las personas confunden el requisito “advertencia plena o suficiente” con “tener conocimiento de que algo es pecado mortal”. Eso es incorrecto. Las personas pueden cometer pecado mortal sin “saber que aquello es pecado mortal”. Por ejemplo, las personas que se emborrachan, que fornican o usan anticonceptivos pueden cometer estos pecados mortales sin saber nada acerca del “pecado mortal”. Quizás a ellos ni siquiera les importe el concepto del pecado mortal o no han oído hablar de ello. Por lo tanto, ellos quizás no “sabrán” que la acción cometida envuelve un “pecado mortal”. Sin embargo, dichas acciones son pecados mortales (eso es dogma) porque ello envuelve materia grave; entonces al cometer alguno de ellos, las personas están reflexionando sobre la obra malvada y están dando su pleno consentimiento. Por ende, ellos cometen pecado mortal cada vez que estén obrando en tales cosas, aunque no les importe el concepto del “pecado mortal”. Por ende, ellos cometen pecado mortal cada vez que estén obrando en tales cosas, aunque no les importe el concepto del “pecado mortal”, puesto que la ley natural no excusa a nadie y se supone que toda persona debe conocerla. Si no la conoce, es por negligencia o mala conciencia. En nuestro material discutimos cómo los herejes modernistas pervierten las condiciones para un pecado mortal y en el proceso contradicen la enseñanza dogmática.

La conciencia, la Razón y la Ley Natural

La conciencia, la razón y la ley natural son a menudo intercambiables. La ley natural está escrita en el corazón de todos los hombres, para que todos los hombres sepan que ciertas cosas están en contra de la ley de Dios y que ciertas cosas son de acuerdo con la ley natural de la caridad, etc.

La ley natural es la ley de que cada persona sabe por instinto desde el nacimiento. Es plantada por el Creador en el corazón, y todo el mundo - incluso los paganos que nunca han oído hablar de Dios o de la religión verdadera - reciben este regalo de Dios. Ejemplos de pecados que violan la ley natural y que son fáciles de reconocer son el asesinato, la violación, el robo, la pedofilia, la calumnia y la mentira. La conciencia siempre culpa a una persona que hace estas cosas y por lo tanto nunca puede ser una excusa para que las personas que cometen tales pecados.

Como la Biblia explica sobre la Ley Natural,

Romanos 2:14-16, "Porque cuando los gentiles que no tienen la ley, cumplen naturalmente las cosas que son de la ley, los cuales no tienen ley son la ley para sí mismos: ¿Quién mostro la obra de la ley escrita en sus corazones, su conciencia dando testimonio a ellos y sus pensamientos entre ellos mismos acusando o defendiendo también entre sí, en el día en que Dios juzgará los secretos de los hombres por medio de Jesucristo, conforme a mi evangelio."

Como la Biblia Haydock y Comentario explica correctamente sobre Romanos 2:14-16,

"estos hombres son ley para sí mismos y lo han escrito en sus corazones, en cuanto a la existencia de un Dios y su razón les dice que muchos pecados son ilegales..."

Ahora bien, si una persona sostiene que el hombre no tiene libre albedrío (lo que algunos protestantes enseñan), esta persona sería un hereje porque él está rechazando una verdad que todos sabemos que es verdad de la ley natural, es decir, que el hombre tiene libre albedrío. Por lo tanto, está negando una verdad que todos sabemos sobre el hombre de la ley natural y es un hereje, aunque él se llama a sí mismo un creyente.

Otro ejemplo sería si una persona se niega a creer que Dios es recompensador y castigador. Esta persona es un hereje porque rechaza una verdad que él sabe que es cierta de la ley natural, que Dios es recompensador y castigador de nuestras acciones (ver Heb. 11:6).

La gran mayoría de los protestantes hoy en día creen en las doctrinas de la "fe sola" y la "seguridad eterna". Estas doctrinas contradicen tanto la ley natural y de la razón que dice que todo hombre será recompensado o castigado por sus actos. También contradice, palabra por palabra, la enseñanza de Santiago 2 en la Escritura, que enseñan que la fe sin obras es muerta, y que el hombre no se salva por la fe solamente. Esta persona que cree en la fe o la seguridad eterna es un hereje y un pecador mortal porque rechaza una verdad que él sabe que es cierta de la ley natural, que Dios es premiador y castigador de nuestras acciones y que la fe sola no justifica por sí sola al hombre, sino que también nuestras acciones.

Otras herejías comunes y pecados contra la ley natural es negar la existencia de Dios; sostener que el aborto o el asesinato son aceptables; sostener que la masturbación, toques y besos lujuriosos, control de natalidad o planificación familiar natural, el sexo anal u oral etcétera son aceptables; o sostener que el consumir drogas que alteran la mente al punto en el que impiden la conciencia es aceptable. Cualquier persona que posea cualquiera de estas opiniones sería un hereje contra la ley natural, porque él está rechazando una verdad que todos sabemos que es verdad de la ley natural, a saber, 1) la existencia de Dios, 2) que el aborto es un asesinato, 3) que masturbación, toques y besos lujuriosos, control de natalidad o planificación familiar natural, el sexo oral y anal no son naturales, son vergonzosos y contra la concepción, 4) que el consumo de drogas que alteran la mente como fumar marihuana- cuando impiden la razón-, es un pecado mortal al igual que lo es emborracharse.

Pecado Venial

El pecado venial es esencialmente diferente del pecado mortal. No nos aleja de nuestro verdadero fin último, no destruye la caridad, el principio de unión con Dios, ni priva al alma de gracia santificante y es intrínsecamente reparable. Es llamado venial precisamente porque, considerada su propia naturaleza, es perdonable; en sí mismo, meritorio de castigo temporal, no eterno. Se distingue del pecado mortal en cuando al desorden. Con el pecado mortal, el hombre queda enteramente apartado de Dios, su verdadero fin último y, al menos implícitamente, coloca su fin último en alguna cosa creada. Con el pecado venial, el no es apartado de Dios, tampoco coloca su fin último en creaturas. Se mantiene unido con Dios por caridad, pero no tiende a El como debiera. La verdadera naturaleza del pecado en tanto contraria a la ley eterna, que repele especialmente al principal fin de la ley, se encuentra en el pecado mortal. El pecado venial es solo de manera imperfecta, contrario a la ley en tanto no es contrario al principal fin de ley, ni aleja al hombre de su fin al que está encaminado por la ley. (St. Thomas, I-II, Q. lxxxviii, a. 1; and Cayetano, I-II, Q. lxxxviii, a. 1, para el sentido de præter legem y contra legem de Sto. Tomás).

Siendo que el acto voluntario y su desorden son la esencia del pecado, el pecado venial en tanto que es un acto voluntario puede ser definido como un pensamiento, palabra o realidad discorde con la ley de Dios. Retarda al hombre en el logro de su fin último al tiempo que no lo aleja de El. Su desorden consiste ya sea en la elección no totalmente deliberada de algún objeto prohibido por la ley de Dios, o en la adhesión deliberada a algún objeto creado no como fin último sino como medio, cuyo objeto no aleja al pecador de Dios, pero no está, sin embargo, referido a El como un fin. El hombre no puede apartarse de Dios excepto al colocar deliberadamente su fin último en cosas creadas, y con el pecado venial no adhiere a ningún bien temporal disfrutandolo como fin último, sino como medio en referencia a Dios no actualmente sino habitualmente en tanto él mismo está ordenado a Dios por caridad. "Ille qui peccat venialiter, inhæret bono temporali non ut fruens, quia non constituit in eo finem, sed ut utens, referens in Deum no n actu sed habitu" (I-II:88:1, ad 3) Para que haya pecado mortal, debe ser adherido al menos implícitamente, algún bien creado como un fin último.

De cómo el pecado venial puede pasar a ser mortal

A pesar que un pecado venial no nos separa de Dios tal como lo hace un pecado mortal, un pecado venial puede (si se practica hasta con la intención de perseverar) llevar a una persona al Infierno ya que lo puede llevar a cometer otros pecados y porque a esta persona no le importó detenerse en hacer lo que sabía que era un peligro para su alma, y aún obtenía un gran deleite en hacerlo, a pesar que sabía que ofendía a Dios. Claro está que consentir a pecados veniales deliberados es muy malo. Podemos aprender esta verdad del mismo Jesucristo:

Ya que el pecado más pequeño y codiciado es suficiente para condenar a cualquiera que no se arrepienta fuera del reino del Cielo.” (Jesús hablándole a Santa Brígida, Las Revelaciones de Santa Brígida, Libro 1, Capítulo 32)

Más aún, sabed que así como todos los pecados mortales son muy serios, así también un pecado venial se vuelve mortal si un ser humano se deleita con el mismo con la intención de perseverar.” (Jesús hablándole a Santa Brígida, Las Revelaciones de Santa Brígida, Libro 7, Capítulo 27)

De tal manera, para vivir deliberadamente en pecados veniales es realmente una puerta de entrada a la condenación. Y una demostración aún más clara de esto puede verse en otro capítulo de las revelaciones de Santa Brígida.

El Hijo de Dios le habla a la novia (Santa Brígida): “¿De qué estáis tan preocupada y tan ansiosa? Ella respondió: “Estoy afligida por varios pensamientos inútiles, de los que no me puedo deshacer y el escuchar sobre vuestro terrible juicio me perturba.” El Hijo respondió: “Esto es realmente justo. Anteriormente encontrasteis placer en los deseos mundanos en contra de Mi voluntad, pero ahora se ha permitido que distintos pensamientos vengan a vosotros en contra de vuestra voluntad.

“Pero tened un temor prudente de Dios y poned gran confianza en Mí, vuestro Dios, sabiendo con seguridad que cuando vuestra mente no obtiene placer en los pensamientos impuros sino lucha en contra de los mismos, detestándolos, entonces se convierten en una purga y en una corona para el alma. Pero si obtenéis placer en cometer aún el pecado más leve, que sabéis es pecado, y lo hacéis confiando en vuestra propia abstinencia y presumiendo con la gracia, sin hacer penitencia ni reparación por lo mismo, sabed que puede convertirse en pecado mortal. Acordemente, si algún placer de cualquier índole viene a vuestra mente, inmediatamente deberéis pensar a dónde os dirige y arrepentiros.

“... Nada aborrece tanto Dios que cuando sabéis que habéis pecado pero no os importa, confiando en vuestras otras acciones meritorias, como si, debido a ellas, Dios toleraría vuestros pecados, como si Él no pudiese ser glorificado sin vosotros, o como si Él dejara que hicierais algo malo con su permiso, viendo todos los actos buenos que habéis hecho ya que, aunque hicieseis cien actos buenos por cada acto malvado, aún así no podríais pagarle a Dios por su bondad y amor. Por lo tanto, mantened un temor racional de Dios y, aunque no podáis prevenir estos pensamientos, por lo menos soportadlos pacientemente y usad vuestra voluntad para luchar en contra de ellos. No seréis condenados por el hecho que entren en vuestra mente, a menos que obtengáis placer en ellos, ya que no está dentro de vuestro poder prevenirlos.

“Nuevamente, mantened vuestro temor de Dios para no caer a través del orgullo, aunque no consintáis a los pensamientos. Cualquiera que se mantiene firme lo hace únicamente con el poder de Dios. Así, el temor a Dios es como una puerta de entrada al cielo. Muchos allí son quienes han caído de cabeza a sus muertes porque desecharon el temor a Dios y entonces tuvieron vergüenza para hacer una confesión ante los hombres, a pesar que no habían tenido vergüenza de pecar ante Dios. Por lo tanto, me rehuso a absolver el pecado de una persona que no se ha preocupado tanto como para pedir mi perdón por un pecado pequeño. De esta manera, se incrementan los pecados a través de la práctica habitual. De esta manera, los pecados se incrementan a través de una práctica habitual y un pecado venial que pudiese haber sido perdonado a través de la contrición, se vuelve uno serio a través de la negligencia y desprecio por parte de una persona, tal como podéis deducir del caso de esta alma que ya ha sido condenada.

Después de haber cometido un pecado venial y perdonable, lo aumentó a través de una práctica habitual, confiando en sus otras buenas obras, sin pensar que Yo pudiese tomar en cuenta los pecados menos grandes. Atrapado en una red de placer habitual e inordenada, su alma ni corrigió ni desvió su intención pecaminosa, hasta el momento en que su sentencia estaba a las puertas y se acercaba su momento final . Es por esto que, a medida que se acercó el fin, su conciencia repentinamente estuvo agitada y dolorosamente afligida porque pronto moriría y tenía temor de perder el poco bien temporal que él había amado. Hasta el momento final de un pecador Dios lo espera, viendo si va a dirigir su libre albedrío lejos de su apego al pecado.

Sin embargo, si no es corregida la voluntad del alma entonces esa alma es confinada por un fin sin fin. Lo que sucede es que el demonio, sabiendo que cada persona será juzgada de acuerdo a su conciencia e intención, trabaja poderosamente al final de la vida para distraer el alma y alejarla de la rectitud de intención y Dios permite que esto suceda, ya que el alma rehusó permanecer vigilante cuando lo debería haber hecho...” (Las Revelaciones de Santa Brígida de Suecia, Libro 3, Capítulo 19)

P. ¿Muchos pecados veniales constituyen un mortal? R. Que no; porque el mortal merece pena eterna e infinita, y el venial sólo temporal e finita, y entre lo finito y lo infinito no se halla proporción, ni se da tránsito de lo uno a lo otro, como advierte S. Tom. 1. 2. q. 88. art. 9. in Corp.

No obstante, muchos pecados veniales disponen para el mortal de dos maneras, esto es, positive, y privative o negative. Positive causando, con la repetición de actos levemente prohibidos, cierta propensión en la voluntad acerca de su materia, con gran peligro de abrazarla, aun en lo grave; pues no hay duda, que el que se acostumbra a murmurar en lo leve, está más dispuesto, que el que se abstiene de toda murmuración, a murmurar en lo grave. Privative o negative; porque con la repetición de los pecados veniales se entibia más y más el fervor de la caridad, y se desmerecen los auxilios de la gracia, quedando el hombre por lo mismo expuesto a rendirse a las graves tentaciones, cuando para vencerlas se requiere mucha gracia de Dios, y mucho fervor de caridad. Por eso dijo el Eclesiástico Cap. 19. Qui spernit modica, paulatim decidet.

P. ¿Por cuántos modos puede el pecado de sí venial, pasar a ser mortal? R. Que por muchos. 1. Si se constituye en él la razón de último fin; como cuando uno está de tal modo poseído de la golosina en comer materia leve, que se dejaría llevar de ella, aun cuando Dios se lo prohibiese con culpa grave. 2. Por conciencia errónea (cometer un pecado venial hasta con la intención de perseverar). 3. Por razón del fin; como si el echar la mentira fuese con ánimo de seducir a una doncella al acto lujurioso. 4. Por razón del escándalo; v. g. si uno hurtase a Pedro cantidad leve, previendo había de prorrumpir por ello en blasfemias. 5. Por desprecio formal de la ley o del Legislador. 6. Por el daño. 7. Por razón del peligro; como hablar a solas con una mujer, temiendo de ello grave caída. 8. Por la unión moral de muchas parvidades; la cual unión puede ser quoad diem, subjectum, vel effectum. Quoad diem; como en el que en un mismo día de ayuno toma muchas parvidades. Quoad subjectum; como quitar muchas parvidades uno mismo a diversos sujetos.

P. ¿Pecará mortalmente el que tiene ánimo de cometer un pecado venial, si al mismo tiempo está resuelto a no cometer algún mortal? R. Que este tal peca gravemente; porque el que tiene esta resolución se expone, así positive, como negative a caer gravemente; pues el dicho propósito no sólo es capaz a causar cierta propensión de la voluntad a la culpa mortal, y a amortiguar el fervor de la caridad, sino que desobliga a Dios, para que le niegue los auxilios de su gracia, necesarios para librarse de graves caídas. Así Santo Tom. 1. 2. q. 88. art. 4.

Pecado Original

Pecado original puede significar: (1) el pecado cometido por Adán; (2) la consecuencia de ese primer pecado, la mancha hereditaria con la que todos nacemos a causa de nuestro origen o descendencia de Adán. Desde los primeros tiempos ha sido más común el segundo significado, como se puede ver en la frase de San Agustín: "el pecado deliberado del primer hombre es la causa del pecado original" (De nupt. et concup., II, xxvi, 43). Aquí hablamos de la mancha hereditaria. En referencia al pecado de Adán, no nos toca examinar las circunstancias en las que se cometió, como tampoco nos toca hacer una exégesis del tercer capítulo del Génesis.

Historia

La causa del mal en el mundo es el pecado. El Diablo y los demonios fueron creados por Dios, pero ellos mismos se hicieron malos porque cometieron el gran pecado de rechazar a Dios. Inmediatamente fueron lanzados al infierno, condenados para siempre.

Por su pecado tienen odio a Dios y envidia a los hombres. Por eso tentaron a Adán y Eva, nuestros primeros padres, diciéndoles que si desobedecían a Dios, serían como dioses y conocerían el bien y el mal.

Adán y Eva se dejaron engañar por el demonio y desobedecieron a Dios. Este fue el primer pecado en la tierra: el pecado original, y por esto todos los descendientes de Adán y Eva, excepto la Santísima Virgen María, venimos al mundo con el pecado original en el alma, y con las consecuencias de aquel primer pecado, que se nos transmite por generación.

¿Qué es el pecado original?

El pecado original con el que todos nacemos es la privación de la santidad y justicia originales. El pecado introduce en el mundo una cuádruple ruptura: la ruptura del hombre con Dios, consigo mismo, con los demás seres humanos y con la creación toda.

¿Qué consecuencias tiene el pecado original para nosotros?

Producto de estas rupturas, las consecuencias que tiene el pecado original para nosotros son: el debilitamiento de la naturaleza humana, que ha quedado sometida a la ignorancia, al sufrimiento, a la muerte y a la inclinación al pecado.

¿Por qué existe el mal y la muerte?

Existe el mal y la muerte por la envidia del Diablo, que es malo y mentiroso, y por el pecado de nuestros primeros padres.

¿Quiénes son el Diablo y los otros demonios?

El Diablo y los otros demonios son seres espirituales, con inteligencia y voluntad, creados por Dios como ángeles buenos, pero que rechazaron a Dios y se volvieron malos para siempre.

¿Quiénes fueron nuestros primeros padres?

Nuestros primeros padres fueron Adán y Eva, y de ellos descendemos todos los hombres.

¿En que condiciones creo Dios a Adán y Eva?

Dios creó a Adán y Eva muy buenos y felices, con la gracia santificante y muchas cualidades y con los dones de la inmortalidad, la impasibilidad y la integridad.

¿Conservaron nuestros primeros padres los dones con que fueron creados?

Nuestros primeros padres no conservaron los dones con los que fueron creados, porque se dejaron engañar por el demonio y desobedecieron a Dios, conteniendo así el primer pecado.

¿A quienes perjudicó el pecado de nuestros primeros padres?

El pecado de nuestros primeros padres les perjudicó a ellos y también a todos sus descendientes, que somos todos los hombres y mujeres del mundo.

El pecado original en las escrituras

El texto clásico es Rom. 5, 12 y siguientes. En la parte precedente el Apóstol habla de la justificación a través de Jesucristo, y para dar realce al hecho de que Él es el único salvador, establece un contraste entre la cabeza divina de la humanidad con la cabeza humana que causó su ruina. La cuestión del pecado original, por tanto, aparece como algo incidental. San Pablo supone que los fieles ya se han formado una idea de él a través de sus explicaciones orales y sólo lo menciona para hacerles entender el trabajo de la redención. Esto explica la brevedad de su desarrollo y la obscuridad de algunos versículos. Las posicion de los pelagianos quedan refutadas en el texto, como vamos a mostrar:

1. El pecado de Adán ha lesionado la raza humana por lo menos en el sentido de que ha introducido la muerte- "Así que como por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, así la muerte llegó a todo hombre". Se habla ahí de la muerte física. Ante todo, se debe presumir el sentido literal de la palabra mientras no haya una razón en contrario. Segundo, se alude en el texto a un pasaje del libro de la Sabiduría en el que, como se deduce del contexto, se trata de la muerte física. Sab. 2,24: "Por la envidia del diablo entró la muerte al mundo". Cf. Gn. 2,17; 3, 19, y otro pasaje paralelo del mismo San Pablo, I Cor. 15, 21: "Por un hombre llegó la muerte y por un hombre llegó la resurrección de los muertos". Aquí sólo se puede tratar de la muerte física, opuesta a la resurrección corporal, sujeto de todo el capítulo.

2. Por su falta, Adán nos transmitió no sólo la muerte sino el pecado- "porque así como por la desobediencia de uno muchos [i.e. todos los] hombres fueron hechos pecadores" (Rom. 5,19). ¿Cómo pueden entonces los pelagianos, y más tarde Zwinglio, decir que San Pablo se refiere únicamente a la transmisión de la muerte física? Si, como dicen ellos, debemos leer muerte donde el Apóstol escribió pecado, deberíamos también leer que la desobediencia de Adán nos ha hecho mortales donde el Apóstol escribe que nos ha hecho pecadores. Pero la palabra pecador nunca ha significado mortal. También en el versículo 21, correspondiente al 19, vemos que a través de un solo hombre dos cosas les han acontecido a todos los hombres: el pecado y la muerte. Una es consecuencia de la otra y, por tanto, no son idénticas entre si.

El pecado original en la tradición

A causa de una semejanza superficial entre la doctrina del pecado original y la teoría maniquea de la maldad innata de nuestra naturaleza, los pelagianos acusaron a los católicos y a San Agustín de ser maniqueos. Respecto a la acusación y a su respuesta véase "Contra duas epist. Pelag.", I, II, 4; V, 10; III, IX, 25; IV, III. Esta acusación ha sido reiterada en nuestros días por varios críticos e historiadores del dogma, influenciados por el hecho de que, antes de su conversión, San Agustín era maniqueo. No identifican el maniqueísmo con la doctrina del pecado original, pero sí dicen que San Agustín, a causa de los restos de sus anteriores prejuicios maniqueístas, creó la doctrina del pecado original, desconocida antes de su época.

Es falso que la doctrina del pecado original no aparezca en las obras de los Padres preagustinianos. Al contrario, ellos dieron testimonio de ello en trabajos especiales al respecto. Tampoco se puede decir, como afirma Harnack, que el mismo San Agustín reconoce la ausencia de esta doctrina en los escritos de los Padres. San Agustín invoca el testimonio de once Padres, tanto griegos como latinos (Contra Jul., II, x, 33).

Igualmente infundada es la aseveración que afirma que hasta San Agustín esa doctrina era desconocida para judíos y cristianos. Como ya se demostró, fue enseñada por San Pablo. Se encuentra en el cuarto libro de Esdras, escrito por un judío un siglo después de Cristo y ampliamente leído por los cristianos. Esta obra presenta a Adán como el autor de la caída de la raza humana (VII, 48), como quien transmitió a toda su posteridad la enfermedad permanente, la malignidad, la mala semilla del pecado (III, 21-22; IV, 30). Los mismos protestantes admiten la doctrina del pecado original en este libro y otros del mismo período (véase Sanday, "The International Critical Commentary: Romas", 134, 137; Hastings, "A Dictionary of the Bible", I, 841). Es imposible, por tanto, hacer de San Agustín, quien pertenece a una fecha muy posterior, el inventor del pecado original.

Pecados Capitales

Los pecados o vicios capitales son aquellos a los que la naturaleza humana caída está principalmente inclinada. Es por eso muy importante para todo el que desee avanzar en la santidad aprender a detectar estas tendencias en su propio corazón y examinarse sobre estos pecados.

Los pecados capitales son enumerados por Santo Tomás (I-II:84:4) como siete:

  • Orgullo

  • Avaricia

  • Gula

  • Lujuria

  • Pereza

  • Envidia

  • Ira.

San Buenaventura (Brevil., III,ix) enumera los mismos. El número siete fue dado por San Gregorio el Grande (Lib. mor. in Job. XXXI, xvii), y se mantuvo por la mayoría de los teólogos de la Edad Media. Escritores anteriores enumeraban 8 pecados capitales: San Cipriano (De mort., iv); Cassian (De instit. cænob., v, coll. 5, de octo principalibus vitiis); Columbanus ("Instr. de octo vitiis princip." in "Bibl. max. vet. patr.", XII, 23); Alcuin (De virtut. et vitiis, xxvii y sgtes.)

El término "capital" no se refiere a la magnitud del pecado sino a que da origen a muchos otros pecados. De acuerdo a Santo Tomás (II-II:153:4) “un vicio capital es aquel que tiene un fin excesivamente deseable de manera tal que en su deseo, un hombre comete muchos pecados todos los cuales se dice son originados en aquel vicio como su fuente principal”.

Lo que se desea o se rechaza en los pecados capitales puede ser material o espiritual, real o imaginario.

1. Soberbia u Orgullo

Consiste en una estima de sí mismo, o amor propio indebido, que busca la atención y el honor y se pone uno en antagonismo con Dios.

Según La Enciclopedia Católica: “Orgullo es el amor excesivo a la propia excelencia... Esto puede ocurrir, según San Gregorio, ya sea porque un hombre se considera como la fuente de las ventajas que puede percibir en sí mismo, o porque, si bien reconoce que Dios se les ha otorgado, considera que esto ha sido en respuesta a sus propios méritos, o porque se atribuye dones que no tiene; o por último, porque aun cuando estos son reales él cree irracionalmente estar por encima de los demás. Suponiendo que se abrigue la convicción indicada en los dos primeros casos, el pecado sería uno grave y uno tendría la culpa adicional de la herejía... Normalmente se le considera uno de los siete pecados capitales. Santo Tomás, sin embargo, haciendo suya la apreciación de San Gregorio, lo considera el rey de todos los vicios, y pone a la vanagloria en su lugar como uno de los pecados capitales. Al darle esta preminencia lo toma en un significado más formal y completo. Él entiende que es ese estado de ánimo en el que un hombre, por el amor a su propio valor, intenta sustraerse de la sujeción a Dios Todopoderoso, y desprecia las órdenes de los superiores. Es una especie de desprecio a Dios y a los que llevan su comisión. Considerado de esta manera, es, por supuesto, un pecado mortal de la especie más atroz. De hecho Santo Tomás en este sentido lo califica como uno de los pecados más negros. Mediante él la criatura se niega a permanecer dentro de su órbita esencial; le da la espalda a Dios, no por debilidad o ignorancia, sino únicamente porque en su auto-exaltación no está dispuesto a someterse. Su actitud tiene algo satánico en ella...” (The Catholic Encyclopedia [La Enciclopedia Católica], Vol. 12. "Pride", 1911)

Virtud a vencer:

Humildad

La virtud moral por la que el hombre reconoce que de si mismo solo tiene la nada y el pecado. Todo es un don de Dios de quien todos dependemos y a quien se debe toda la gloria. El hombre humilde no aspira a la grandeza personal que el mundo admira porque ha descubierto que ser hijo de Dios es un valor muy superior. Va tras otros tesoros. No está en competencia. Se ve a sí mismo y al prójimo ante Dios. Es así libre para estimar y dedicarse al amor y al servicio.

La humildad no solo se opone al orgullo sino también a la auto abyección (auto humillación) en la que se dejaría de reconocer los dones de Dios y la responsabilidad de ejercitarlos según su voluntad.

2. La Avaricia

Inclinación o deseo desordenado de placeres o de posesiones. Es uno de los pecados capitales, está prohibido por el noveno y décimo mandamiento.

Según La Enciclopedia Católica: “Avaricia (del latín avarus, "codicioso", "ansiar") es el amor desordenado por la riqueza. Su especial malicia, en términos generales, consiste en que hace de la obtención y mantenimiento de dinero, posesiones, etc., un fin en sí mismo por el cual vivir. No ve que estas cosas son valiosas sólo como instrumentos para la realización de una vida racional y armoniosa, teniendo debidamente en cuenta, por supuesto, la condición social especial en la que cada uno se coloca. Se le llama vicio capital porque tiene por objeto la obtención o conservación, de las que se cometen muchos otros pecados. Es mucho más temible porque a menudo se esconde como una virtud o se insinúa bajo el pretexto de hacer una provisión decente para el futuro. En la medida en que la avaricia es un incentivo para la injusticia en la adquisición y retención de la riqueza, es a menudo un pecado grave.” (The Catholic Encyclopedia [La Enciclopedia Católica], Vol. 2. "Avarice", 1907)

El siguiente ejemplo sobre esto puede verse más claramente en las revelaciones de Santa Brígida, en el libro titulado correctamente como el Libro de las Preguntas. Está compuesto de preguntas a las que Nuestro Señor y el Juez les dan maravillosas respuestas:

“Tercera pregunta. Nuevamente el monje apareció en su escalera igual que antes, diciendo: “¿Por qué no me exalto por encima de los demás, viendo que soy rico?” Respuesta a la tercera pregunta. “En cuanto a por qué no debéis enorgulleceros por las riquezas, respondo: Las riquezas del mundo os pertenecen únicamente a vos en tanto las necesitéis para alimentos y vestimenta. El mundo fue hecho para esto: que el hombre, teniendo sustento para su cuerpo, pueda a través del trabajo y humildad, volver a mí, su Dios, a quien menospreció con su desobediencia y descuidó con su orgullo. Sin embargo, si clamáis que los bienes temporales os pertenecen, os aseguro que efectivamente, estáis usurpando a la fuerza todo lo que poseéis más allá de vuestras necesidades. Todos los bienes temporales debieran pertenecerle a la comunidad y ser igualmente accesibles a los necesitados por caridad. Usurpáis para vuestra propia posesión superflua, las cosas que deberían darse a los demás por compasión. Sin embargo, muchas personas poseen mucho más que los demás pero de manera racional y lo distribuyen de manera discreta. Por lo tanto, para que no seáis acusado más severamente en el juicio porque recibisteis más que los demás, es aconsejable que no os pongáis a la cabeza de los otros, actuando de manera altiva y acaparando posesiones. Siendo tan agradable como lo es el tener más bienes temporales que los demás y tenerlos en abundancia, será igualmente y excesivamente terrible y doloroso en el juicio el no haber administrado de manera razonable, aun los bienes tenidos lícitamente.” (http://www.santos-catolicos.com/santos/santa-brigida-de-suecia/revelaciones-de-santa-brigida-de-suecia-libro-5.php)

Virtud a vencer:

Generosidad

Dar con gusto de lo propio a los pobres y los que necesiten.

3. La Lujuria

El deseo desordenado por el placer sexual. Los deseos y actos son desordenados cuando no se conforman al propósito divino, el cual es la procreación y el acallar (y no inflamar) la concupiscencia.

EL FIN PRIMARIO DEL MATRIMONIO ES LA PROCREACIÓN Y LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS... Porque en el matrimonio así como en el uso de los derechos matrimoniales también existen fines secundarios, como es la ayuda mutua, el cultivo del amor mutuo y el acallar la concupiscencia de lo cual los esposos no tienen prohibido tomar en consideración, EN TANTO ESTÉN SUBORDINADOS AL FIN PRIMARIO [LA PROCREACIÓN Y LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS] y en tanto la naturaleza intrínseca del acto sea preservada [no sexo anal u oral etc].” (Papa Pío XI, Casti Connubii (# 17), Dic. 31, 1930)

Papa Inocente XI, Varios Errores sobre Temas Morales, Condenados en un decreto, 4 de marzo, 1679: “EL ACTO DEL MATRIMONIO REALIZADO ÚNICAMENTE POR PLACER ESTÁ COMPLETAMENTE LIBRE DE TODA FALTA Y DEFECTO VENIAL.” (Denz. 1159) – Proposición condenada por el Papa Inocente XI.

La lujuria es un pecado contra el Sexto Mandamiento y es una ofensa contra la virtud de la castidad.

La Iglesia Católica enseña que el acto marital no puede usarse para inflamar la concupiscencia. Si el acto marital se usa para inflamar la concupiscencia, entonces se comete pecado. La meta de las relaciones maritales de una pareja devota es apagar el fuego de la lujuria al realizar el acto con un sentido de vergüenza y reconocimiento de la debilidad de la carne. La meta de la concupiscencia inflamante es encender el fuego a niveles mayores, excitación más alta, exaltando la carne mientras se suprime la vergüenza y la debilidad de la carne. Los ejemplos de cosas que una pareja puede hacer para inflamar la concupiscencia son la masturbación, toques y besos lujuriosos, o que complacerse en estimulación erótica (son todos los pecados mortales). “No te dejes arrastrar de tus pasiones y refrena tus apetitos.” (Eclesiástico. 18:30)

Penny Catechism (Un Catecismo de la Doctrina Cristiana), Siglo XVI: “Pregunta 327. ¿Cuáles son los cuatro pecados que claman al cielo por venganza? Respuesta. Los cuatro pecados que claman al cielo por venganza son: 1. Asesinato voluntario (Génesis iv); 2. El pecado de Sodoma [sexo anal u oral] (Génesis. xviii); 3. La opresión de los pobres (Éxodo. ii); 4. Defraudación a los trabajadores de sus sueldos (Santiago v).”

Como vencer la lujuria:

Dios bendijo al hombre y a la mujer con atracción mutua. Mientras ambos viven bajo el amor de Dios, sus corazones buscan el amor divino que es ordenado hacia darse buscando ante todo el bien del otro. En comunión con Dios se ama verdaderamente y se respeta a la otra persona como hijo o hija de Dios y no se le tiene como objeto de placer. En el orden de Dios se puede reconocer la necesidad de la castidad para que el amor sea protegido.

Pero el pecado desordenó la atracción entre hombre y mujer de manera que el deseo carnal tiende a separarse de propósito divino y a dominar la mente y el corazón. La lujuria crece cuanto mas nos buscamos a nosotros mismos y nos olvidamos de Dios. De esta manera lo inferior (el deseo carnal) domina a lo superior (el corazón que fue creado para amar). Cuando la lujuria no se rechaza con diligencia, el sujeto cae presa de sus propios deseos que terminan por dominarle y envilecerle.

Jesús dijo: “Aquel que tiene más amor por su padre o madre [o esposa] que por Mí no es suficientemente bueno para Mí: aquel que tiene más amor por el hijo o hija, no es suficientemente bueno para Mí.” (Mateo 10:37)

La lujuria se vence cuando guardamos la mente pura (lo cual requiere guardarse de miradas, medios de comunicación, revistas, etc. que incitan a la lujuria) y dedicamos toda nuestra energía a servir a Dios y al prójimo según nuestra vocación. Si nos tomamos en serio nuestra vida en Cristo podremos comprender el gravísimo daño que la lujuria ocasiona y, aunque seamos tentados estaremos dispuestos a luchar y sufrir para liberarnos. Un ejemplo es San Francisco, quien al ser tentado con lujuria se arrojó a unos espinos. Así logró vencer la tentación.

Virtud a vencer:

Castidad; ayuno; abnegación; mortificación

Estas son las virtudes que gobierna y modera el deseo del placer sexual según los principios de la fe y la razón. Por la castidad y el ayuno la persona adquiere dominio de su sexualidad y es capaz de integrarla en una sana personalidad, en la que el amor de Dios reina sobre todo.

El Placer Sexual y la Lujuria


Contenido - Parte I

Contenido - Parte II

4. La Ira

El sentido emocional de desagrado y, generalmente, antagonismo, suscitado por un daño real o aparente. La ira puede llegar a ser pasional cuando las emociones se excitan fuertemente.

Según La Enciclopedia Católica: “Ira. El deseo de venganza. Su valuación ética depende de la cualidad de la venganza y de la cantidad de la pasión. Cuando éstas están en conformidad con las prescripciones de la razón balanceada, la ira no es un pecado. Es más bien una cosa encomiable y justificable con un celo propio. Se convierte en pecaminosa cuando se busca tomar venganza sobre uno que no se la merece, o en mayor medida de lo que se ha merecido, o en conflicto con las disposiciones de la ley, o a partir de un motivo impropio. El pecado es entonces mortal en un sentido general como opuesto a la justicia y la caridad... Del mismo modo, la ira es pecado cuando hay una excesiva vehemencia en la pasión misma [hacia cualquier cosa o persona], ya sea interior o exterior. Por lo general es entonces considerada un pecado venial a menos que el exceso sea tan grande como para ir seriamente contra el amor de Dios [, la razón] o el prójimo.” (The Catholic Encyclopedia [La Enciclopedia Católica], Vol. 1. "Anger", 1907)

Virtud a vencer:

Paciencia

Sufrir con paz y serenidad todas las adversidades.

"Si buscas un ejemplo de paciencia encontrarás el mejor de ellos en la cruz. Dos cosas son las que nos dan la medida de la paciencia: sufrir pacientemente grandes males, o sufrir, sin rehuirlos, males que podrían evitarse. Ahora bien, Cristo en la cruz sufrió grandes males y los soportó pacientemente, ya que en su pasión "no profería amenazas; como cordero llevado al matadero, enmudecía y no abría la boca" (Hch 8,32). Grande fue la paciencia de Cristo en la cruz: "Corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia" (Heb 12,2). -Santo Tomás de Aquino. Exposición sobre el Credo.

5. La Gula

Es el deseo desordenado por el placer conectado con la comida o la bebida. Este deseo puede ser pecaminoso de varias formas:

1- Comer o beber muy en exceso de lo que el cuerpo necesita.

2- Cortejar el gusto por cierta clase de comida a sabiendas que va en detrimento de la salud.

3- Consentir el apetito por comidas o bebidas costosas, especialmente cuando una dieta lujosa está fuera del alcance económico.

4- Comer o beber vorazmente dándole mas atención a la comida que a los que nos acompañan.

5- Consumir bebidas alcohólicas hasta el punto de perder control de la razón. La intoxicación injustificada que termina en una pérdida de la razón es un pecado mortal.

Según La Enciclopedia Católica: “Gula (Del latín gluttire, tragar, engullir). La excesiva indulgencia en la comida y la bebida. La deformidad moral discernible en este vicio se encuentra en su desafío al orden postulado por la razón, que prescribe la necesidad como la medida de indulgencia en el comer y beber. Este desorden, según la enseñanza del Doctor Angélico, puede ocurrir en cinco formas que se establecen en el verso escolástico: "Prae-propere, laute, nimis, ardenter, studiose", o, de acuerdo a la adecuada traducción del Padre José Rickaby: demasiado pronto, demasiado caro, demasiado, con demasiada avidez, demasiado exquisito. Es evidente que alguien que usa la comida o bebida de tal manera que daña su salud o pone en peligro el equipo mental necesario para el desempeño de sus deberes, es culpable del pecado de la gula. Es indiscutible que comer o beber por el mero placer de la experiencia, y para ello exclusivamente, es asimismo cometer el pecado de la gula... La gula es, en general, un pecado venial en la medida en que se presenta como una indulgencia indebida en una cosa que en sí no es ni buena ni mala. Por supuesto, es obvio que una estimación diferente tendría que darse de alguien tan apegado a los placeres de la mesa como para absolutamente y sin reservas vivir sólo para comer y beber, tan inclinado como para ser del número de los descritos por el apóstol San Pablo, "cuyo dios es su vientre" (Flp. 3,19). Tal persona sería culpable de pecado mortal. Asimismo una persona que, por los excesos en el comer y beber, ha perjudicado tanto su salud, o se ha incapacitado a sí misma para los deberes para la realización de lo que tiene una obligación grave, sería justamente imputable de pecado mortal. San Juan de la Cruz, en su obra "La Noche Oscura del Alma" (I, VI), analiza lo que él llama la gula espiritual. Él explica que es la disposición de aquellos que, en la oración y otros actos de la religión, van siempre en busca de dulzura sensible; son aquellos que "sienten y gustan de Dios, como si fuera palpable y accesible para ellos, no sólo en la Comunión, sino en todos sus demás actos de devoción". Él declara que ésta es una imperfección muy grande y la cual produce grandes males. (The Catholic Encyclopedia [La Enciclopedia Católica], Vol. 6. "Gluttony", 1909)

Virtud a vencer:

Templanza; ayuno

Moderación en el comer y en el beber. Es una de las virtudes. Vence al pecado capital de gula.

La virtud de la templanza conduce a evitar toda clase de exceso, el abuso de la comida, del alcohol y de las medicinas. Quienes en estado de embriaguez, o por aficción inmoderada de velocidad, ponen en peligro la seguridad de los demás y la suya propia en las carreteras, en el mar o en el aire, se hacen gravemente culpables.

6. La Envidia

Rencor o tristeza por la buena fortuna de alguien, junto con el deseo desordenado de poseerla. Es uno de los siete pecados capitales. Se opone al décimo mandamiento.

Según La Enciclopedia Católica: “Envidia. Aquí se toma el término envidia como sinónimo de celos. Se define como el dolor que uno siente por el bienestar de otro debido a la opinión de que la propia excelencia es, en consecuencia, disminuida. Su malicia característica proviene de la oposición que implica a la virtud suprema de la caridad. La ley del amor nos obliga a alegrarnos en lugar de estar angustiados por la buena suerte del prójimo. Además, esta actitud es una contradicción directa al espíritu de solidaridad que debe caracterizar a la raza humana y, de modo especial, a los miembros de la comunidad cristiana. El envidioso se tortura sin causa, manteniendo mórbidamente que el éxito del otro constituye un mal para sí mismo. En la medida que el pecado desafía al gran precepto de la caridad, es en general grave... Los celos son un mayor mal cuando uno se aflige por el bien espiritual del otro; lo cual se dice que es un pecado contra el Espíritu Santo. Además se le llama pecado capital debido a los otros vicios que engendra. Entre su descendencia Santo Tomás (II-II, Q. XXXVI) enumera el odio, la detracción, la alegría por las desgracias del prójimo y la murmuración. Entristecerse por el éxito ajeno no siempre constituye celos. El motivo debe ser analizado. Si, por ejemplo, siento tristeza por la noticia de que otro ha sido promovido o ascendido a la riqueza, ya sea porque sé que no merece su accesión a la buena suerte, o porque he hallado motivos para temer que lo usará para hacerme daño o a los demás, mi actitud es completamente racional, siempre y cuando no haya exceso en mi opinión. Entonces, también, puede ocurrir que, propiamente hablando, no envidio la feliz condición de mi prójimo, sino que simplemente me pesa que no le he imitado. Así, si el objeto es bueno, yo no deberé estar celoso, sino más bien laudablemente émulo. ” (The Catholic Encyclopedia [La Enciclopedia Católica], Vol. 8. "Jealousy", 1910)

Virtud a vencer:

Caridad

La tercera y principal de las Virtudes Teologales. La caridad es el amor de Dios habitando en el corazón; es de desear y hacer siempre el bien al prójimo y ser contento y ser feliz por el buen éxito de los demás.

7. La Pereza

Falta culpable de esfuerzo fisico o espiritual; acedia, ociosidad. Es uno de los pecados capitales.

Tomado en sentido propio es una “tristeza de animo” que nos aparta de las obligaciones espirituales y divinas, a causa de los obstáculos y dificultades que en ellas se encuentran. Bajo el nombre de cosas espirituales y divinas se entiende todo lo que Dios nos prescribe para la consecución de la eterna salud (la salvación), como la práctica de las virtudes cristianas, la observación de los preceptos divinos, de los deberes de cada uno, los ejercicios de piedad y de religión. Concebir pues tristeza por tales cosas, abrigar voluntariamente, en el corazón, desgano, aversión y disgusto por ellas, es pecado capital.

Virtud a vencer:

Diligencia

Prontitud de ánimo para obrar el bien.

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