Negro y Negros o Negra y Negras: Definición, Concepto, Raza

Término aplicado por los árabes y europeos a los integrantes de diversos pueblos del África subsahariana y a sus descendientes en América y Europa, por tener en general una tez más oscura que la suya. Es más correcto, por lo tanto, usar el nombre de su país o de su pueblo.

Pueblos del África subsahariana

  • Los Bantúes

  • Del África occidental

  • Los bubis (Guinea Ecuatorial)

  • Del África oriental y meridional

  • Los zulúes (Lesotho, Malawi, Mozambique,Sudáfrica).

  • Xhosa (Lesotho, Sudáfrica).

  • Nilótico

  • Dinka

  • Nuer

  • Shilluk

  • Masai(Kenia, Tanzania).

  • Pigmeo

  • Aka

  • Baka

Definición de Negro

El término negro presenta varios usos en nuestro idioma.

Cuando algo a nuestra percepción visual se le presenta absolutamente oscuro, o sea, no dispone de color, se hablará de color negro. Entonces, en el color negro hay una ausencia total de la luz.

Por otra parte, a aquel individuo que presenta una piel de color negro, asimismo, lo llamamos negro.

Generalmente, las personas que disponen de esta coloración de piel son oriundas del continente africano, más precisamente de la región conocida como África subsahariana. Cabe destacarse, que estos individuos cuando dejaron su patria en busca de mejores horizontes laborales o condiciones de vida, entre otras razones, y se asentaron en regiones occidentales con predominio de la raza blanca, han debido soportar las más crueles represiones, trabajos y discriminaciones por parte de los blancos que los concebían como una raza inferior a la cual se debía someter.

Afortunadamente, las conquistas sociales de esta minoría y la declaración de derechos fueron limitando y castigando estos hechos hasta hacerlos desaparecer por completo en varios lugares del mundo.

También, en el uso cotidiano empleamos muchísimo la palabra negro para designar a aquello que es más oscuro de la media o en su defecto que se oscureció porque está sucio.

El concepto negro

El luto se trasmitió desde la cultura hebrea que privilegiaba el uso de sencillas vestimentas oscuras en señal de dolor. Para la antigua cultura occidental el color negro tenía una connotación funesta, asociada a la oscuridad de la noche y al miedo por lo desconocido.

En el plano material, se puede apuntar que teñir lanas y telas de tono oscuro era mucho más económico. El negro era el color de las personas humildes. Por este motivo algunas órdenes utilizaron prendas oscuras en señal de renuncia al mundo, sencillez y austeridad.

Luego de la conquista de América el uso del color negro se expandió por toda Europa, gracias a la importación de nuevas materias primas. Estas proporcionaron el color negro profundo que caracterizó la corte de Carlos V y su sucesor Felipe II.

Desde el siglo XVI el color negro intenso se asoció a la dignidad de los altos cargos.

A diferencia de esos años, hoy la diversidad cultural se manifiesta por medio del color negro como símbolo de rechazo a los valores establecidos, los movimientos anarquistas, el existencialismo, entre otros (Heller pp 128).

Raza negra

El origen de la raza negra data de la formación de las razas en el alba de la historia humana. Los aspectos etnológicos de la cuestión son muchos y variados. Se dice que el africano original fue el bosquimano, que es más bien moreno que negro; el negro, el hombre de color realmente negro, probablemente vino de otras regiones. Esto, sin embargo, debió ocurrir en un periodo remoto. Las principales divisiones de la población nativa de Africa son las razas negra, bosquimana, y bantú, o mezclada, generalmente de color moreno, que invadieron el sur de Africa, expulsando al bosquimano originario. Pero siglos de esclavitud han roto y entremezclado de tal manera las diferentes razas que es difícil encontrar algún negro sin mixtura de sangre extranjera.

La historia del negro en América, que es la que concierne más específicamente a este artículo, comienza con el comercio de esclavos africanos. Bajo la coacción y la vara del dueño de esclavos el negro se convirtió en parte de la población del Nuevo Mundo. La esclavitud del negro de los tiempos modernos siguió al descubrimiento de América. Los portugueses, que poseían una amplia parte de la costa africana occidental, comenzaron a emplear como esclavos a los negros, en lo que fueron seguidos por otros colonizadores del Nuevo Mundo.

El primer país del Nuevo Mundo al que fueron traídos masivamente los negros fue Haití, o la Hispaniola. La raza aborigen había sido empleada allí al principio en las minas, pero esta clase de trabajo se reveló tan fatal para ellos que Las Casas, obispo de Chiapas, el célebre protector de los indios, aunque en un periodo posterior desaprobó la esclavitud, urgió a Carlos V que los sustituyera con esclavos africanos como raza más resistente. Por consiguiente el Emperador, en 1517, autorizó una amplia exportación de negros.

Sir John Hawkins fue el primer inglés que se dedicó a este tráfico. Otros compatriotas suyos pronto siguieron su ejemplo en gran escala. Se dice que Inglaterra capturó, entre 1680 y 1700, no menos de 300.000 esclavos de Africa, y entre 1700 y 1786 sólo Jamaica recibió 610.000. Un barco holandés trajo de la costa de Guinea a Jamestown, Virginia, un cargamento de 20 negros en 1620; este fue el comienzo de la esclavitud en las colonias inglesas de América.

Una compañía inglesa obtuvo el monopolio del suministro de esclavos negros a las colonias españolas por treinta años; el contrato fue anulado por España en 1739, e Inglaterra acto seguido declaró la guerra a España. El número de esclavos exportados anualmente de Africa subía, a fines del Siglo XVIII, a 74.000. Entre 1680 y 1786 se trajo a 2.130.000 esclavos negros a las colonias británicas de América, incluyendo las Indias Occidentales. En conjunto se estima que probablemente 12.000.000 de esclavos desembarcaron en América del Norte y del Sur desde el comienzo hasta el fin del comercio de esclavos.

Se supone que un número igual pereció en las incursiones para capturarlos en Africa y en su camino a América. El comercio de esclavos fue normalmente llevado a cabo con extrema crueldad; los barcos que transportaban a los esclavos de Africa a América estaban atestados hasta tal punto que una gran proporción moría durante el viaje. El trato a los esclavos después de su llegada dependía mucho del carácter de sus amos; sin embargo, se impusieron por ley restricciones en varias colonias para proteger a los esclavos de daños.

A principios del Siglo XVII Cartagena (de Indias), en Colombia, fue un destacado mercado de esclavos. Este fue el campo de labor de San Pedro Claver, de la Compañía de Jesús, el apóstol de los negros. Unos doce mil esclavos desembarcaban anualmente en Cartagena. Habitualmente estaban en miserables condiciones, y el santo buscó aliviar sus privaciones y sufrimientos. Con el tiempo un fuerte sentimiento cristiano se hizo valer contra el tráfico. En la época católica en Europa y Oriente, bajo la benigna influencia de la Iglesia Católica, las naciones gradualmente emanciparon a los esclavos. Desde el comienzo del comercio de esclavos africanos los Papas, desde Pío II, en el Siglo XV, a León XIII, en el Siglo XIX, publicaron encíclicas y dirigieron anatemas contra el bárbaro e inhumano trato a seres humanos en esclavitud.

El tráfico y sus crueldades fueron condenados por la Santa Sede antes del descubrimiento de América. En América, los Amigos o Cuáqueros, de Pennsylvania, en 1776, requirieron de sus miembros que tuvieran esclavos que los emanciparan. Se formaron sociedades abolicionistas para desanimar y oponerse al tráfico de esclavos. Ante un gran incremento del tráfico, se tomaron medidas por el Gobierno británico y se prohibió toda ulterior importación de esclavos a las colonias en 1805. Los Estados Unidos prohibieron la importación de esclavos de Africa en 1808, aunque en cierta medida se siguieron trayendo esclavos secreta e ilegalmente al país hasta la emancipación de los esclavos durante la Guerra Civil. La importación de esclavos fue así mismo prohibida en las repúblicas sudamericanas. Con el tiempo, todos los estados de Europa aprobaron leyes o suscribieron tratados que prohibían el tráfico.

In Plurimis

Encíclica "In Plurimis" del Papa León XIII que versa sobre la esclavitud. In plurimis, propugnando la definitiva abolición de la esclavitud (5 de mayo de 1888).

ITALIAN

ENGLISH

IN PLURIMIS

LETTERA ENCICLICA

DI SUA SANTITÀ

LEONE PP. XIII

Fra le numerose e principali dimostrazioni d’affetto che quasi tutte le nazioni Ci hanno rivolto e ogni giorno Ci rivolgono per congratularsi con Noi del cinquantesimo anno di sacerdozio felicemente raggiunto, una in particolare, proveniente dal Brasile, Ci commuove: in omaggio a questo faustissimo evento sono stati restituiti a libertà molti di coloro che nei vastissimi territori di codesto impero gemono sotto il giogo della schiavitù. Infatti tale opera, ispirata alla misericordia cristiana, dovuta a uomini e a donne caritatevoli che collaborano con il clero, è stata offerta a Dio, autore e donatore di tutti i beni, come testimonianza di gratitudine per il dono dell’età e della salute a Noi benignamente elargito. Essa riuscì per Noi soprattutto accetta e gradita, tanto più che Ci confermava in questa lieta opinione: cioè che i Brasiliani intendono eliminare ed estirpare completamente la vergogna della schiavitù. Tale volontà popolare fu assecondata con lodevole impegno sia dall’Imperatore, sia dall’augusta sua figlia, nonché da coloro che governano lo Stato, con salde leggi promulgate e sancite a tal fine. Quanta consolazione Ci arrecasse tale evento, fu da Noi esternato nello scorso gennaio all’ambasciatore imperiale presso di Noi: aggiungemmo inoltre che avremmo Noi stessi indirizzato una lettera ai Vescovi del Brasile in favore degli infelici schiavi .

Noi invero presso tutti gli uomini facciamo le veci di Cristo, Figlio di Dio, il quale con tanto amore abbracciò il genere umano, che non solo non rifiutò d’intrattenersi con noi, dopo aver assunto la nostra natura, ma anche ebbe caro il nome di Figlio dell’uomo, dichiarando pubblicamente di aver stretto un legame con noi "per predicare la libertà agli schiavi" (Is 61,1; Lc 4,19) e, dopo aver liberato il genere umano dall’ignobile servitù del peccato, "per riunire in sé tutto ciò che è in cielo e tutto ciò che è in terra" (Ef 1,10), nonché per restituire all’antico grado di dignità tutta la progenie di Adamo, caduta nel precipizio del comune peccato. Afferma, assai a proposito, San Gregorio Magno: "Poiché il nostro Redentore, padre di ogni creatura, volle per amore assumere umana carne per infrangere con la grazia della sua divinità quel vincolo di schiavitù che ci stringeva e per restituirci all’antica libertà, si agisce in modo benefico e con beneficio del liberatore se vengono restituiti alla libertà in cui nacquero gli uomini che la natura originariamente creò liberi e che il diritto delle genti sottopose al giogo della schiavitù" .

Conviene dunque, ed è assolutamente dovere Apostolico, che da parte Nostra si favoriscano e si promuovano alacremente tutte quelle iniziative per cui gli uomini, sia singoli, sia associati, possano attuare le difese, in modo che siano alleviate le molte miserie che, come frutto di albero malato, derivarono dalla colpa del primo genitore; quelle difese, dunque, di qualunque genere, che non solo giovano molto alla cultura e all’umanità, ma conducono anche a quel totale rinnovamento che il Redentore del genere umano Gesù Cristo ebbe di mira e volle.

Ora, fra tante miserie, è da deplorare duramente la schiavitù a cui da molti secoli è sottoposta una parte non esigua della famiglia umana, riversa nello squallore e nella lordura, contrariamente a quanto in principio era stato stabilito da Dio e dalla Natura. Così infatti aveva decretato il supremo Creatore d’ogni cosa: che l’uomo esercitasse una sorta di signoria regale sugli animali di terra, di mare e sugli uccelli e non già che dominasse sugli uomini suoi simili. Secondo Sant’Agostino: "Creato ragionevole, a Sua immagine, non volle che l’uomo dominasse se non gli esseri irragionevoli; che l’uomo non dominasse l’uomo ma il gregge" (Gen 1,26). Pertanto "la condizione servile s’intenda giustamente imposta al peccatore. Infatti in nessun luogo delle Scritture leggiamo la parola servo, prima che con essa il giusto Noè punisse il peccato del figlio. Pertanto la colpa e non la natura meritò tal nome" (Gen 1,25)

Dal contagio del primo peccato derivarono tutti gli altri mali e codesta mostruosa perversità: che vi fossero uomini i quali, respinto il ricordo della originaria fratellanza, non già coltivavano, secondo natura, la reciproca benevolenza e il mutuo rispetto, ma, succubi della loro cupidigia, cominciarono a considerare gli altri uomini al di sotto di sé e quindi a trattarli come giumenti nati per il giogo. In tal modo, senza alcun rispetto né della comune natura, né della dignità umana, né della espressa divina somiglianza, avvenne che, attraverso battaglie e guerre che poscia si accesero, coloro che con la forza riuscirono vincitori sottomisero i vinti, e così una indivisibile moltitudine della stessa specie a poco a poco si scisse in due parti: i vinti, schiavi dei vincitori padroni.

Come un luttuoso spettacolo, la memoria di quei tempi si svolge fino all’epoca di Gesù Salvatore, quando la vergogna della schiavitù era estesa a tutti i popoli, ed era così esiguo il numero dei liberi che il poeta mise in bocca a Cesare queste atroci parole: "Il genere umano vive in pochi" . E ciò si riferisce a quelle nazioni che primeggiavano per eminente cultura, come i Greci e i Romani, quando il dominio di pochi si esercitava sui molti; e quel dominio era così superbo e malvagio che le turbe degli schiavi erano considerate soltanto dei beni, non persone ma cose, prive di ogni diritto, e senza alcuna facoltà di conservare e godere la vita. "Gli schiavi soggiacciono al potere dei padroni e questo potere è materia di diritto delle genti; infatti possiamo constatare che, presso tutte le genti, appartiene parimenti ai padroni il diritto di vita e di morte sugli schiavi, e che tutto ciò che è realizzato dallo schiavo appartiene al padrone" .

In seguito a questi aberranti principi fu lecito ai padroni scambiare, vendere, lasciare in eredità, percuotere, uccidere gli schiavi ed abusare di essi in modo licenzioso e crudelmente superstizioso; fu lecito impunemente e pubblicamente. Anzi, coloro stessi che erano ritenuti i più assennati tra i pagani, filosofi insigni, grandi esperti di diritto, con sommo oltraggio del comune buon senso si sforzarono di convincere se stessi e gli altri che la schiavitù non era altro che una necessaria condizione di natura: e infatti non si vergognarono di affermare che la categoria degli schiavi era di gran lunga inferiore ai liberi per capacità intellettuali e per prestanza fisica, e che perciò era necessario che i servi, come strumenti privi di ragione e di iniziativa, ubbidissero alla volontà dei padroni ciecamente e anche nel modo più indegno. È veramente detestabile una malvagità così inumana; una volta che la si sia ammessa, non vi è oppressione di uomini così barbara e nefanda che non trovi sostegno vergognoso in qualche sorta di legge e di diritto. Quale semenzaio di delitti, quali peste e rovina si siano diffuse nelle città, lo dicono i libri, colmi di esempi; si acuiscono gli odi negli animi degli schiavi; i padroni sono colti dal sospetto e dal perpetuo timore; altri preparano le torce incendiarie per sfogare l’ira; altri premono più crudelmente sulle spalle altrui; le città sono sconvolte dal numero degli uni, dalla violenza degli altri, e in poco tempo si dissolvono; si mescolano tumulti e sedizioni, saccheggi ed incendi, battaglie e stragi.

In questo abisso di degradazione moltissimi uomini soffrivano, tanto più miseramente in quanto erano immersi nelle tenebre della superstizione; quando poi per divino consiglio giunsero a maturazione i tempi, una luce mirabile scese dal cielo e la grazia di Cristo Redentore copiosamente si profuse tra il genere umano; per sua virtù gli schiavi furono sollevati dal fango e dall’angoscia della servitù, e tutti dall’orrida schiavitù del peccato furono richiamati e condotti alla sublime dignità di figli di Dio. Invero gli Apostoli, fin dall’origine della Chiesa, oltre agli altri santissimi precetti di vita, tramandarono e insegnarono anche ciò che non una volta sola Paolo scrisse ai rigenerati del lavacro battesimale: "Siete tutti figli di Dio per la fede in Cristo Gesù; infatti voi tutti che siete stati battezzati in Cristo, vi siete rivestiti di Cristo. Non esiste più né il Giudeo né Greco; non esiste più né lo schiavo né il libero; non esiste né il maschio né la femmina; voi tutti infatti siete un solo in Cristo Gesù" (Gal 3,26-28). "Non esiste più né il Pagano né il Giudeo, il circonciso e l’incirconciso, il barbaro e lo Sciita, lo schiavo e il libero, ma Cristo è tutto e in tutti" (Col 3,11). "Infatti, tutti noi siamo stati battezzati in un solo Spirito e in un solo corpo, sia Giudei che Pagani, sia schiavi che liberi, e tutti siamo stati abbeverati di un solo Spirito" (1Cor 12,13).

Veramente aurei, bellissimi e salutari documenti, per l’efficacia dei quali al genere umano non solo è restituito e accresciuto il suo decoro, ma agli uomini è dato consociarsi tra loro e stringersi con saldi vincoli di fraterna amicizia, di qualunque luogo, lingua o condizione essi siano. Invero il beatissimo Paolo, per quella carità di Cristo da cui era pervaso, aveva attinto tali principi dal cuore stesso di Colui che si dedicò come fratello a tutti e ai singoli uomini, e che tutti nobilitò di sé, nessuno escluso o respinto, a tal segno che li fece partecipi della natura divina. In virtù del divino innesto, non furono diverse le propaggini che, crescendo in modo mirabile, fiorirono di speranza e di pubblico bene quando, col progredire degli avvenimenti e del tempo, e con la perseverante opera della Chiesa, la società civile, rinnovata a somiglianza della famiglia, si sviluppò cristiana e libera.

Dapprima infatti la Chiesa con grande zelo si impegnò in modo che il popolo cristiano, anche a proposito di questa questione di grande rilievo, ricevesse e custodisse gelosamente la pura dottrina di Cristo e degli Apostoli. Ora, per grazia del nuovo Adamo che è Cristo, intercorre una fraterna unione dell’uomo con l’uomo e di un popolo con altro popolo: essi, come hanno una medesima origine nell’ordine naturale, così nell’ordine soprannaturale hanno una medesima origine per quanto concerne la salvezza e la fede: tutti ugualmente sono accolti in adozione dall’unico Dio e Padre, in quanto Egli li ha insieme redenti con lo stesso grande riscatto; tutti membra dello stesso corpo e tutti partecipi della stessa mensa divina; a tutti accessibili i doni della grazia e a tutti inoltre il dono di una vita immortale. Posti tali premesse e fondamenti, la Chiesa come buona madre si è adoperata per mitigare in parte le tribolazioni e l’ignominia della vita servile; per tale motivo definì ed energicamente raccomandò i diritti e i doveri necessari tra servi e padroni, così come sono definiti nelle lettere degli Apostoli. Infatti i Principi degli Apostoli così ammonivano i servi che avevano convertiti a Cristo: "Siate sottomessi e timorosi non solo ai padroni buoni e modesti, ma anche agli arroganti (1Pt 2,18). Obbedite ai padroni terreni con timore e tremore, nella semplicità del vostro cuore, come a Cristo; non servite per dar nell’occhio e quasi per piacere agli uomini, ma come servi di Cristo, facendo di cuore la volontà di Dio, servendo con buona volontà il Signore e non gli uomini; sapendo che ognuno, sia servo, sia libero, riceverà dal Signore tutto ciò che avrà fatto di bene" (Ef 6,5-8). Lo stesso Paolo scriveva al suo Timoteo: "Tutti coloro che sono sotto il giogo di servitù, stimino meritevoli di ogni onore i loro padroni; coloro che hanno padroni fedeli, non li disprezzino perché sono fratelli, ma li servano con maggior zelo perché sono fedeli e diletti e partecipi della grazia. Così insegna ed esorta" (1Tm 6,1-2). Prescrisse parimenti a Tito di insegnare ai servi "di essere sottomessi ai loro padroni, compiacenti in ogni occasione, senza mai contraddire né commettere frode ma in ogni caso mostrando buona fede, in modo da rendere onore in ogni occasione alla dottrina di Dio nostro Salvatore" (Tt 2,9-10).

Invero quei primi discepoli della fede cristiana compresero pienamente che da tale fraterna uguaglianza degli uomini in Cristo per nulla venivano diminuiti o rimossi l’obbedienza, l’onore, la fedeltà, gli altri doveri che legavano i servi ai padroni; ne consegue pertanto non il solo bene per cui gli stessi doveri diventano più definiti, più lievi e più soavi nell’adempimento, ma anche più fruttuosi al fine di meritare la gloria celeste. Avevano infatti riverenza e stima verso i padroni come verso gli uomini che sono potenti per volere di Dio, dal quale deriva ogni potere; per essi non avevano efficacia il timore dei castighi, l’astuzia dei consigli e gl’incitamenti all’utile, ma la coscienza del dovere, la forza dell’amore. A sua volta riguardava i padroni la giusta esortazione dell’Apostolo affinché compensassero con bontà le buone opere dei servi: "E voi, padroni, fate altrettanto ad essi, rinunciando alle minacce, sapendo che il loro e il vostro Padrone è nei cieli e che Egli non favorisce alcuno" (Ef 6,9); e affinché considerassero un’ingiustizia che il servo si dolga della sua sorte, essendo egli "liberto del Signore", così non è lecito all’uomo libero inorgoglirsi nell’animo e comandare con superbia, "essendo servo di Cristo" (1Cor 7,22). In tal modo si prescriveva ai padroni di riconoscere e di rispettare convenientemente l’uomo nei loro servi, e non diversi per natura ma uguali a loro nella religione, e del pari servi nei confronti della maestà del comune Signore.

A queste leggi così giuste, fatte soprattutto per consolidare le componenti della società familiare, ubbidirono di fatto gli Apostoli. Insigne è l’esempio di Paolo, per quanto fece e scrisse generosamente in favore di Onesimo, servo fuggitivo di Filemone, a cui lo rimandò con questa affettuosa raccomandazione: "Tu accoglilo come parte di me... non già come un servo ma, anziché come servo, come carissimo fratello secondo la carne e secondo il Signore; se in qualche modo ti recò danno o ti è debitore, fanne carico a me" (Fm 12-18).

Chi voglia paragonare entrambi i modi di trattare gli schiavi, il pagano e il cristiano, facilmente dovrà riconoscere che il primo era crudele e vergognoso, l’altro assai mite e pieno di rispetto, né mai si renderà colpevole di sottrarre merito alla Chiesa, ministra di tanta indulgenza. Tanto più se qualcuno osserva attentamente con quanta dolcezza e prudenza la Chiesa estirpò e sconfisse la turpe peste della schiavitù. Infatti essa non volle affrettarsi nel provvedere alla manomissione e alla liberazione degli schiavi poiché ciò non poteva sicuramente avvenire se non in modo tumultuoso, con danno proprio di essi e a detrimento della società; ma con sommo giudizio fece in modo che gli animi degli schiavi, sotto la sua guida, fossero educati alla verità cristiana e con il battesimo adottassero costumi conformi. Perciò, se nella moltitudine degli schiavi che la Chiesa annoverava tra i suoi figli, taluno, allettato da qualche speranza di libertà, avesse ordito una violenta sedizione, sempre la Chiesa riprovò e represse quei peccaminosi desideri e per mezzo dei suoi ministri adottò i rimedi della pazienza. Si persuadessero dunque gli schiavi di superare di molto in dignità i padroni pagani, mercé il lume della santa fede e l’insigne retaggio di Cristo, e di sentirsi obbligati più devotamente dallo stesso Autore e Padre della fede a non consentire a se stessi azione alcuna contro i padroni né di allontanarsi minimamente dalla riverenza e dalla obbedienza dovuta ad essi, ma, sapendo di essere eletti al regno di Dio, avendo acquisito la libertà dei suoi figli, e sentendosi chiamati a beni non perituri, non si dessero pensiero dell’abiezione e dei disagi di una vita caduca ma, sollevando gli occhi e gli animi al cielo, si consolassero e si confermassero nel santo proposito. L’Apostolo Pietro fu tra i primi a rivolgersi agli schiavi quando scrisse: "È un segno della grazia se nel nome di Dio qualcuno sopporta le sventure, soffrendo ingiustamente. Infatti a questo siete stati chiamati, poiché anche Cristo patì per noi, a voi lasciando un esempio perché seguiate le sue vestigia" (1Pt 2,19-21).

La lodevole sollecitudine, congiunta alla prudenza, che orna tanto splendidamente la divina virtù della Chiesa, è accresciuta anche dalla forza d’animo per la quale – oltre ogni credibilità – essa è invitta ed eccelsa, e con la quale poté ispirare e sostenere molti infimi schiavi. Suscitavano meraviglia quegli schiavi che erano esempio di severi costumi ai loro padroni e sopportavano ogni fatica in loro favore; a nessuna condizione costoro potevano essere indotti a preporre gli iniqui ordini dei padroni ai santi precetti del Signore, fino al punto di rinunciare alla vita tra feroci torture, con animo incrollabile e con volto impassibile. Il nome di una vergine di Patames è celebrato da Eusebio in ricordo della sua invitta costanza; ella, piuttosto che cedere alla libidine dell’impudico padrone, senza timore andò incontro alla morte e con l’effusione del suo sangue salvò la fede in Gesù Cristo. Si possono ammirare simili esempi di schiavi i quali con grande fermezza si opposero fino alla morte ai padroni che violavano la libertà degli animi e la fede legata a Dio; ma la storia non può citare schiavi cristiani che per diverse ragioni abbiano resistito ai padroni, o suscitato congiure o sedizioni pericolose per la cittadinanza.

Placati i dissidi e sopraggiunti tempi tranquilli per la Chiesa, i santi Padri con mirabile sapienza esposero gl’insegnamenti apostolici circa la fraterna solidarietà tra cristiani, e con altrettanta carità li applicarono a vantaggio degli schiavi, cercando di convincerli che i padroni avevano dei diritti legittimi sul lavoro degli schiavi e tuttavia non erano loro concessi un imperioso potere sulla vita e l’uso di crudeli sevizie. Tra i Greci spicca Crisostomo, che spesso ha trattato questa questione e che con animo e con favella vivaci affermò che la schiavitù, secondo l’antico significato della parola, era già scomparsa al tempo suo, con grande vantaggio della fede cristiana, sicché il nome sembrava ed era senza senso tra i discepoli del Signore. Infatti Cristo (così in sintesi egli argomenta) quando per somma compassione verso di noi lavò il peccato originale, risanò anche a corruzione conseguente, diffusa nelle classi sociali; perciò, come la morte, scevra di ogni paura grazie a Lui, è una placida migrazione verso una vita beata, così è sparita la schiavitù. Non chiamare mai servo un cristiano se non quando si renda schiavo del peccato. Sono assolutamente fratelli tutti coloro che sono rinati e accolti in Cristo; il nostro decoro deriva da questa nuova procreazione e dalla cooptazione nella famiglia di Dio e non già dalla nobiltà della stirpe; la dignità discende dal pregio della verità e non del sangue; e perché questa specie di evangelica fraternità produca più abbondante frutto, è soprattutto necessario che anche nei rapporti col prossimo, si manifesti un piacevole scambio di attenzioni e di gentilezze, in modo che i servi siano elevati allo stesso grado degli amici e dei familiari, e che ad essi i padri di famiglia forniscano non solo quanto occorre alla vita e al nutrimento, ma anche tutti i soccorsi della religione. Infine, dallo speciale saluto di Paolo a Filemone, invocante la grazia e la pace "alla Chiesa che è nella tua casa" (Fm 1,2), si evince un documento che vale ugualmente e ottimamente per padroni e servi cristiani, fra i quali vi sia comunione di fede e vi debba essere quindi uno stesso spirito di carità .

Fra i Latini ricordiamo meritatamente e a buon diritto Ambrogio, che con tanta intelligenza ha indagato, sullo stesso argomento, tutte le ragioni dei rapporti sociali e che in modo preciso – come nessuno seppe fare meglio – secondo le leggi cristiane ha attribuito specifici doveri all’una e all’altra classe di uomini; non occorre dire quanto le sue sentenze concordino pienamente e perfettamente con quelle di Crisostomo .

Come è evidente, questi precetti erano ispirati a giustizia e utilità; ma, quello che più importa, essi sono stati custoditi integralmente e devotamente fin dai primi tempi, ovunque è fiorito il cristianesimo. Se non fosse messi così, Lattanzio, l’esimio difensore della religione, non si sarebbe espresso in modo così risoluto, quasi come un testimone: "C’è chi dice: non vi sono tra voi poveri e ricchi, servi e padroni? Non esiste qualche differenza tra i singoli individui? Nessuna; e non vi è altro motivo per cui noi, a vicenda, ci chiamiamo col nome di fratelli, se non il considerarci uguali; infatti noi misuriamo tutto ciò che è umano non col corpo ma con lo spirito, e sebbene sia diversa la condizione dei corpi, tuttavia non esistono schiavi per noi, ma noi li consideriamo e chiamiamo fratelli nello spirito, e come noi servi in religione" .

Aumentava la sollecitudine della Chiesa nella tutela degli schiavi e, senza tralasciare alcuna occasione, tendeva cautamente a restituirli finalmente a libertà: ciò avrebbe assai giovato anche alla loro eterna salute. Gli antichi sacri annali recano testimonianze dell’esito favorevole di quell’impegno. Le stesse nobili matrone, degnissime delle lodi di Girolamo, collaborarono in modo esemplare al successo di questa opera. Salviano poi riferisce che nelle famiglie cristiane, anche in quelle non molto ricche, accadeva spesso che gli schiavi fossero messi in libertà per generosa manomissione. Anzi, San Clemente, molto tempo prima, aveva lodato questo eccelso esempio di carità: infatti, non pochi cristiani si erano sottoposti a schiavitù, con scambio di persone, in quanto non potevano in altro modo liberare alcuni schiavi . Perciò, oltre che dare inizio alla liberazione degli schiavi nei templi, come atto di pietà, la Chiesa decise di raccomandare quell’atto ai cristiani che facevano testamento, come opera assai grata a Dio e al suo cospetto degna di grande merito e di premio. Da qui le espressioni rivolte all’erede per incaricarlo della liberazione "Per l’amore di Dio, per rimedio" o ,"per la salute della mia anima". Nulla fu risparmiato per il riscatto dei prigionieri: furono venduti i beni dati a Dio; furono fusi gli ori e gli argenti sacri; alienati gli ornamenti e i tesori delle basiliche, come fu fatto più di una volta da Ambrogio, Agostino, Ilario, Eligio, Patrizio e da molti altri santissimi uomini.

Moltissimo fecero per gli schiavi i Pontefici romani, davvero memorabili come difensori dei deboli e vindici degli oppressi. San Gregorio Magno ne mise in libertà quanti più poté, e nel concilio romano dell’anno 597 volle che fosse concessa la libertà a coloro che avevano deciso di dedicarsi alla vita monastica. Adriano I ordinò che gli schiavi potessero liberamente contrarre matrimonio, contro il volere dei padroni. Alessandro III nell’anno 1167 prescrisse apertamente al re Mauro di Valenza di non ridurre in schiavitù alcun cristiano, poiché nessuno è schiavo per natura, e tutti sono stati creati liberi da Dio. Inoltre Innocenzo III, su richiesta dei fondatori Giovanni da Matha e Felice di Valois, nell’anno 1198 approvò e promulgò l’Ordine della Santissima Trinità per la redenzione dei cristiani che fossero caduti in potere dei Turchi. Onorio III e poi Gregorio IX approvarono un Ordine, simile al precedente, di Santa Maria della mercede; Ordine che Pietro Nolasco aveva fondato con una legge severa, secondo la quale tutti i religiosi che ne facevano parte dovevano darsi schiavi in sostituzione dei cristiani prigionieri della tirannide, se ciò fosse stato necessario per redimerli. Lo stesso Gregorio decretò un più ampio soccorso liberatorio per cui era sacrilegio vendere schiavi alla Chiesa; egli stesso fece seguire una esortazione ai fedeli perché donassero i loro schiavi a Dio e ai Santi come espiazione delle colpe e a titolo di sacrificio.

A questo proposito si aggiungono molti altri meriti della Chiesa. Essa infatti, applicando pene severe, difese sempre gli schiavi dalle ire crudeli e dai lesivi oltraggi dei padroni; aprì i luoghi sacri come rifugio per coloro che erano vessati dalla violenza; accettò come testimoni gli schiavi liberati, e tenne a freno con la minaccia di castighi coloro che osassero con criminosi inganni ridurre in schiavitù un uomo libero. Con sempre maggior favore la Chiesa assecondò la liberazione degli schiavi che in ogni caso, secondo i tempi e i luoghi, considerava suoi fedeli; sia quando stabilì che i Vescovi sciogliessero da ogni vincolo di schiavitù coloro che si erano segnalati per ininterrotta, lodevole onestà di vita; sia quando permise agevolmente ai Vescovi di dichiarare liberi, con atto di volontà sovrana, i loro servi. Inoltre, è da attribuire alla misericordia e al potere della Chiesa se la severità della legge civile è stata alquanto mitigata nei confronti degli schiavi, e se gli emendamenti proposti da Gregorio Magno furono accolti nella legge scritta delle nazioni. Ciò fu fatto soprattutto per opera di Carlo Magno che li introdusse nei suoi Capitularia come poi fece Graziano nel Decretum. Infine, lungo il corso dei secoli, i monumenti, le leggi, le istituzioni insegnano e illustrano splendidamente la sublime carità della Chiesa verso gli schiavi, la cui afflitta sorte mai lasciò priva di tutela e sempre alleviò con ogni soccorso. Pertanto, non si attribuiranno mai abbastanza elogi né si sarà mai abbastanza grati alla Chiesa cattolica che per somma grazia di Cristo Redentore abolì la schiavitù, introdusse tra gli uomini la vera libertà, la fratellanza, l’uguaglianza, e perciò si rese benemerita della prosperità dei popoli.

Alla fine del secolo decimo quinto, quando la funesta piaga della schiavitù era quasi scomparsa presso le genti cristiane e gli Stati tentavano di rafforzarsi nella libertà evangelica e di estendere il loro dominio, questa Sede Apostolica, con assidua vigilanza cercò di impedire che rigermogliassero quei malefici semi. Perciò rivolse la sua vigile attenzione ai territori da poco tempo scoperti in Africa, in Asia, in America. Infatti era giunta voce che i capi di quelle spedizioni, sebbene cristiani, avessero abusato delle armi e dell’ingegno per imporre la schiavitù a popoli inoffensivi. In pratica, a causa della natura del territorio che si voleva sottomettere e delle miniere di metalli da esplorare e scavare con grande impiego di mano d’opera, furono adottati provvedimenti sicuramente ingiusti e inumani. Infatti si cominciò con qualche traffico deportando dall’Etiopia schiavi da impiegare in quei lavori: tale operazione, poi definita "la tratta dei negri", infierì oltre misura in quelle colonie. Seguì poi, con crudeltà non dissimile, l’oppressione degli indigeni (generalmente chiamati "Indiani") al modo degli schiavi. Non appena questi fatti furono noti a Pio II, senza alcun indugio, il giorno 7 ottobre dell’anno 1462, scrisse una lettera al Vescovo di Rubio per biasimare e condannare tanta malvagità. Non molto tempo dopo Leone X usò tutti i buoni uffici e l’autorità in suo potere, presso i re del Portogallo e delle Spagne, perché provvedessero a estirpare dalle radici quell’abuso contrario non solo alla religione ma anche all’umanità e alla giustizia. Tuttavia quella vergogna persisteva perché sopravviveva l’ignobile causa dell’insaziabile avidità di lucro. Allora Paolo III, ansioso nella sua paterna carità per la sorte degli indiani e degli schiavi africani, prese la decisione estrema di affermare con solenne decreto, al cospetto di tutte le genti, che a tutti gli schiavi era dovuto un giusto e particolare potere in triplice forma: potevano disporre della propria persona; potevano vivere in società secondo le loro leggi; potevano acquistare e possedere beni. Queste disposizioni ebbero più ampia conferma nella lettera inviata al Cardinale Arcivescovo di Toledo: chi avesse operato contro lo stesso decreto incorreva nella interdizione dei sacramenti, integra restando la facoltà del Romano Pontefice di assolvere . Con la stessa sollecitudine e con la stessa costanza, altri Pontefici quali Urbano VIII, Benedetto XIV, Pio VII si dimostrarono strenui difensori della libertà per gli Indiani e per i Negri e per altri non ancora educati alla fede cristiana. Pio VII, inoltre, nel congresso di Vienna dei principi alleati europei, richiamò l’attenzione di tutti anche su quella tratta dei Negri (di cui si è detto) perché fosse radicalmente abolita, come era già stata soppressa in molti luoghi. Anche Gregorio XVI ammonì severamente coloro che disprezzavano la clemenza e le leggi; richiamò in vigore i decreti e le pene stabilite dalla Sede Apostolica e non omise alcun argomento perché anche le nazioni lontane, imitando la moderazione di quelle europee, si astenessero dalla ignominia e dalla crudeltà della schiavitù . A proposito, è accaduto a Noi di ricevere congratulazioni da principi e da governanti per aver ottenuto, a forza di perseveranti preghiere, che fosse dato ascolto ai lunghi e giustissimi reclami della natura e della religione.

In situazione analoga, affligge non poco il Nostro animo un’altra preoccupazione che sprona la Nostra sollecitudine. Se cioè un così turpe mercato di uomini è di fatto cessato nei mari, tuttavia esso viene praticato in terra in modo troppo esteso e barbaro, soprattutto in molte zone dell’Africa. Poiché infatti i Maomettani praticano la perversa teoria per cui un Etiope o un uomo di stirpe affine sono appena al di sopra di un animale, è facile comprendere con sgomento quale sia la perfidia e la crudeltà di quegli uomini. All’improvviso, senza alcun timore, si avventano contro le tribù degli Etiopi, secondo l’usanza e con l’impeto dei predoni; fanno scorrerie nelle città, nei villaggi, nelle campagne; tutto devastano, spogliano, rapiscono; portano via uomini, donne e fanciulli, facilmente catturati e vinti, per trascinarli a viva forza sui più infami mercati. Dall’Egitto, da Zanzibar e in parte anche dal Sudan, come da centrali di raccolta, partono di solito quelle abominevoli spedizioni; per lungo cammino gli uomini procedono stretti in catene, scarsamente nutriti, sotto frequenti colpi di frusta; i meno adatti a sopportare queste violenze vengono uccisi; quelli che sopravvivono, sono venduti come gregge insieme ad altri schiavi e sono costretti a schierarsi davanti a un compratore difficile e impudente. Coloro che sono venduti a costui sono costretti alla miseranda separazione dalla moglie, dai figli, dai genitori; e in suo potere sono sottoposti a una schiavitù crudele e nefanda, e non possono ricusare la stessa religione di Maometto. Questi fatti abbiamo appreso or non è molto, con l’animo profondamente turbato, da alcuni che furono testimoni, non senza lacrime, di siffatta infamia e aberrazione; con essi, poi, convengono pienamente le narrazioni dei recenti esploratori dell’Africa Equatoriale. Anzi, dalla loro attendibile testimonianza risulta che il numero degli Africani venduti annualmente, a guisa di gregge, ammonta a quattrocentomila, di cui circa la metà, estenuata dal tribolato cammino, cade e muore, in modo che i viaggiatori (quanto è triste a dirsi!) possono scorgere il cammino quasi segnato da ossa residue. Chi non si sentirà commosso al pensiero di tanti mali? Noi, che rappresentiamo la persona di Cristo, amantissimo di tutte le genti, liberatore e Redentore, Noi che Ci allietiamo dei molti e gloriosi meriti della Chiesa verso gli infelici di ogni sorta, a stento possiamo dire quanta pietà proviamo verso quelle infelicissime genti, con quanta immensa carità tendiamo loro le braccia, quanto ardentemente desideriamo di procurare loro tutti i conforti e i soccorsi possibili, affinché, non appena distrutta la schiavitù degli uomini insieme con la schiavitù della superstizione, possano finalmente servire un solo Dio, sotto il soavissimo giogo di Cristo, partecipi con Noi della divina eredità. Volesse il cielo che tutti coloro che sono più in alto per autorità e potere, e che vogliono santificati i diritti delle genti e della umanità, o che si preoccupano di dare incremento alla religione cattolica, tutti con tenacia cospirassero a reprimere, a proibire, a sopprimere (aderendo alle Nostre esortazioni e preghiere) quel mercato, del quale nulla è più disonesto e scellerato.

Frattanto, mentre si aprono nuove strade e nuovi commerci nelle terre africane grazie al più rapido progresso degl’ingegni e delle attività, i missionari, come meglio possono, cerchino di provvedere alla salute e alla libertà degli schiavi. Essi non raggiungeranno tale risultato se, corroborati dalla divina grazia, non si dedicheranno totalmente a diffondere e ad alimentare ogni giorno di più, con fervore crescente, la nostra santissima fede. Il frutto insigne di questa consiste nel favorire e generare mirabilmente la libertà "con la quale Cristo ci liberò" (Gal 4,31). Pertanto, Noi li invitiamo a considerare – come in uno specchio di virtù apostolica – la vita e le opere di Pietro Claver, a cui Noi assegnammo una recente laurea di gloria. Guardino a lui che con somma costanza nella fatica, per quarant’anni senza interruzione si dedicò tutto alle miserande torme di schiavi negri e veramente meritò il titolo di Apostolo di coloro ai quali si consacrò, professandosi loro servo perpetuo. Se i missionari avranno cura di far propria e di rinnovare la carità e la pazienza di lui, essi saranno sicuramente degni ministri di salvezza, apportatori di consolazione, messaggeri di pace, e potranno, con l’aiuto di Dio, convertire la solitudine, l’ignoranza, la barbarie in felice ricchezza della religione e della civiltà.

Ora, Venerabili Fratelli, il Nostro pensiero e la Nostra lettera bramano rivolgersi di nuovo a Voi per esprimervi e condividere la grande gioia che deriva dalle decisioni prese pubblicamente in codesto Impero in merito alla schiavitù. Poiché per legge è stato provveduto e disposto che quanti si trovano ancora in condizione servile devono essere ammessi nell’ordine e nei diritti di liberi cittadini, questo fatto a Noi sembra di per sé buono, fausto e salutare, e altresì conferma e incoraggia la speranza di futuri lieti progressi civili e religiosi. Pertanto il nome dell’Impero Brasiliano sarà meritatamente ricordato e lodato dai popoli più evoluti, e contemporaneamente aumenterà la fama dell’augusto Imperatore, al quale si riferiscono queste nobili parole: nulla è più desiderabile che cancellare rapidamente ogni traccia di schiavitù entro il proprio Stato.

Ma mentre si vanno applicando le prescrizioni di queste leggi, impegnatevi alacremente (ve lo chiediamo di tutto cuore), e intervenite con grande zelo in questa opera che incontra certamente non lievi difficoltà. Fate in modo che padroni e schiavi si accordino tra loro con animi ben disposti e con piena lealtà e che non si allontanino, neppure d’un breve tratto, dalla clemenza o dalla giustizia, ma che tutti gli accordi siano conclusi in modo legittimo, pacato, cristiano: bisogna augurarsi soprattutto che sia soppressa e cancellata la schiavitù come tutti desideravano, senza alcuna violazione del diritto umano e divino, senza alcun sommovimento sociale, e anzi con sicuro vantaggio degli stessi schiavi in questione. A ciascuno di essi, o già resi liberi o in procinto di esserlo, Noi raccomandiamo con zelo pastorale e con amore paterno alcuni salutari ammonimenti, tratti dagli scritti del grande Apostolo delle genti. Essi dunque facciano in modo di conservare e dichiarare pubblicamente il loro grato e affettuoso ricordo di coloro che con saggezza operarono per la loro liberazione. Non si rendano mai indegni di un beneficio così grande, né confondano mai la libertà con la sfrenata licenza, ma facciano uso della libertà come si addice a cittadini costumati, a profitto di una vita attiva, a vantaggio e a sostegno della famiglia e della società. Temere e rispettare la maestà dei regnanti, ubbidire ai funzionari, sottomettersi alle leggi: questi ed altri simili doveri da adempiere assiduamente, non tanto per timore quanto per senso religioso. Inoltre raffrenino e allontanino l’invidia per le ricchezze e il prestigio altrui; dispiace che quel vizio affligga di solito molti tra gli umili e fornisca motivi perversi contro la pace e la sicurezza della società. Contenti del loro benessere e della loro condizione, nulla abbiano di più caro, nulla desiderino più ardentemente che i beni del regno celeste, grazie ai quali essi sono venuti alla luce e sono stati redenti da Cristo. Siano inoltre animati da devozione verso Dio, loro Signore e Liberatore, lo amino con tutto il cuore, rispettino con ogni cura i suoi comandamenti. Gioiscano di essere figli della Sua Sposa, la Santa Chiesa; cerchino di essere i migliori e, per quanto possono, contraccambino l’amore di lei.

Insistete Voi pure, Venerabili Fratelli, nel suggerire e inculcare questi stessi insegnamenti negli schiavi liberati; come è Nostro sommo desiderio e come deve essere per Voi e per tutti i buoni, la religione anzitutto tragga e goda per sempre gli abbondanti frutti della avvenuta liberazione ovunque si estende codesto Impero.

E perché ciò avvenga nel modo più lieto, invochiamo e imploriamo la sovrabbondante grazia di Dio e il soccorso materno della Vergine Immacolata. Come auspicio dei doni celesti e come testimonianza della Nostra paterna benevolenza, a Voi, Venerabili Fratelli, al Clero e a tutto il popolo impartiamo amorevolmente l’Apostolica benedizione.

Dato a Roma, presso San Pietro, il 5 maggio 1888, anno undecimo del Nostro Pontificato.

ON THE ABOLITION OF SLAVERY

IN PLURIMIS

Encyclical of Pope Leo XIII promulgated on May 5, 1888.

To the Bishops of Brazil,

Amid the many and great demonstrations of affection which from almost all the peoples of the earth have come to Us, and are still coming to Us, in congratulation upon the happy attainment of the fiftieth anniversary of Our priesthood, there is one which moves Us in a quite special way. We mean one which comes from Brazil, where, upon the occasion of this happy event, large numbers of those who in that vast empire groan beneath the yoke of slavery, have been legally set free. And this work, so full of the spirit of Christian mercy, has been offered up in cooperation with the clergy, by charitable members of the laity of both sexes, to God, the Author and Giver of all good things, in testimony of their gratitude for the favor of the health and the years which have been granted to Us. But this was specially acceptable and sweet to Us because it lent confirmation to the belief, which is so welcome to Us, that the great majority of the people of Brazil desire to see the cruelty of slavery ended, and rooted out from the land. This popular feeling has been strongly seconded by the emperor and his august daughter, and also by the ministers, by means of various laws which, with this end in view. have been introduced and sanctioned. We told the Brazilian ambassador last January what a consolation these things were to Us, and We also assured him that We would address letters to the bishops of Brazil in behalf of these unhappy slaves.

2. We, indeed, to all men are the Vicar of Christ, the Son of God, who so loved the human race that not only did He not refuse, taking our nature to Himself, to live among men, but delighted in bearing the name of the Son of Man, openly proclaiming that He had come upon earth "to preach deliverance to the captives"[1] in order that, rescuing mankind from the worst slavery, which is the slavery of sin, "he might re-establish all things that are in heaven and on earth,"[2] and so bring back all the children of Adam from the depths of the ruin of the common fall to their original dignity. The words of St. Gregory the Great are very applicable here: "Since our Redeemer, the Author of all life, deigned to take human flesh, that by the power of His Godhood the chains by which we were held in bondage being broken, He might restore us to our first state of liberty, it is most fitting that men by the concession of manumission should restore to the freedom in which they were born those whom nature sent free into the world, but who have been condemned to the yoke of slavery by the law of nations."[3] It is right, therefore, and obviously in keeping with Our apostolic office, that We should favor and advance by every means in Our power whatever helps to secure for men, whether as individuals or as communities, safeguards against the many miseries, which, like the fruits of an evil tree, have sprung from the sin of our first parents; and such safeguards, of whatever kind they may be, help not only to promote civilization and the amenities of life, but lead on to that universal restitution of all things which our Redeemer Jesus Christ contemplated and desired.

3. In the presence of so much suffering, the condition of slavery, in which a considerable part of the great human family has been sunk in squalor and affliction now for many centuries, is deeply to be deplored; for the system is one which is wholly opposed to that which was originally ordained by God and by nature. The Supreme Author of all things so decreed that man should exercise a sort of royal dominion over beasts and cattle and fish and fowl, but never that men should exercise a like dominion over their fellow men. As St. Augustine puts it: "Having created man a reasonable being, and after His own likeness, God wished that he should rule only over the brute creation; that he should be the master, not of men, but of beasts." From this it follows that "the state of slavery is rightly regarded as a penalty upon the sinner; thus, the word slave does not occur in the Bible until the just man Noe branded with it the sin of his son. It was sin, therefore, which deserved this name; it was not natural."[4]

4. From the first sin came all evils, and specially this perversity that there were men who, forgetful of the original brotherhood of the race, instead of seeking, as they should naturally have done, to promote mutual kindness and mutual respect, following their evil desires began to think of other men as their inferiors, and to hold them as cattle born for the yoke. In this way, through an absolute forgetfulness of our common nature, and of human dignity, and the likeness of God stamped upon us all, it came to pass that in the contentions and wars which then broke out, those who were the stronger reduced the conquered into slavery; so that mankind, though of the same race, became divided into two sections, the conquered slaves and their victorious masters. The history of the ancient world presents us with this miserable spectacle down to the time of the coming of our Lord, when the calamity of slavery had fallen heavily upon all the peoples, and the number of freemen had become so reduced that the poet was able to put this atrocious phrase into the mouth of Caesar: "The human race exists for the sake of a few."[5]

5. The system flourished even among the most civilized peoples, among the Greeks and among the Romans, with whom the few imposed their will upon the many; and this power was exercised so unjustly and with such haughtiness that a crowd of slaves was regarded merely as so many chattels -- not as persons, but as things. They were held to be outside the sphere of law, and without even the claim to retain and enjoy life. "Slaves are in the power of their masters, and this power is derived from the law of nations; for we find that among all nations masters have the power of life and death over their slaves, and whatever a slave earns belongs to his master."[6] Owing to this state of moral confusion it became lawful for men to sell their slaves, to give them in exchange, to dispose of them by will, to beat them, to kill them, to abuse them by forcing them to serve for the gratification of evil passions and cruel superstitions; these things could be done, legally, with impunity, and in the light of heaven. Even those who were wisest in the pagan world, illustrious philosophers and learned jurisconsults, outraging the common feeling of mankind, succeeded in persuading themselves and others that slavery was simply a necessary condition of nature. Nor did they hesitate to assert that the slave class was very inferior to the freemen both in intelligence and perfection of bodily development, and therefore that slaves, as things wanting in reason and sense, ought in all things to be the instruments of the will, however rash and unworthy, of their masters. Such inhuman and wicked doctrines are to be specially detested; for, when once they are accepted, there is no form of oppression so wicked but that it will defend itself beneath some color of legality and justice. History is full of examples showing what a seedbed of crime, what a pest and calamity, this system has been for states. Hatreds are excited in the breasts of the slaves, and the masters are kept in a state of suspicion and perpetual dread; the slaves prepare to avenge themselves with the torches of the incendiary, and the masters continue the task of oppression with greater cruelty. States are disturbed alternately by the number of the slaves and by the violence of the masters, and so are easily overthrown; hence, in a word, come riots and seditions, pillage and fire.

6. The greater part of humanity were toiling in this abyss of misery, and were the more to be pitied because they were sunk in the darkness of superstition, when in the fullness of time and by the designs of God, light shone down upon the world, and the merits of Christ the Redeemer were poured out upon mankind. By that means they were lifted out of the slough and the distress of slavery, and recalled and brought back from the terrible bondage of sin to their high dignity as the sons of God. Thus, the Apostles, in the early days of the Church, among other precepts for a devout life taught and laid down the doctrine which more than once occurs in the Epistles of St. Paul addressed to those newly baptized: "For you are all the children of God by faith, in Jesus Christ. For as many of you as have been baptized in Christ, have put on Christ. There is neither Jew, nor Greek; there is neither bond, nor free; there is neither male nor female. For you are all one in Christ Jesus."[7] "Where there is neither Gentile nor Jew, circumcision nor uncircumcision, barbarian nor Scythian, bond nor free. But Christ is all and in all."[8] "For in one Spirit were we all baptized into one body, whether Jews or Gentiles, whether bond or free; and in one Spirit we have all been made to drink."[9] Golden words, indeed, noble and wholesome lessons, whereby its old dignity is given back and with increase to the human race, and men of whatever land or tongue of class are bound together and joined in the strong bonds of brotherly kinship. Those things St. Paul, with that Christian charity with which he was filled, learned from the very heart of Him who, with much surpassing goodness, gave Himself to be the brother of us all, and in His own person, without omitting or excepting any one, so ennobled men that they might become participators in the divine nature. Through this Christian charity the various races of men were drawn together under the divine guidance in such a wonderful way that they blossomed into a new state of hope and public happiness; as with the progress of time and events and the constant labor of the Church the various nations were able to gather together, Christian and free, organized anew after the manner of a family.

7. From the beginning the Church spared no pains to make the Christian people, in a matter of such high importance, accept and firmly hold the true teachings of Christ and the Apostles. And now through the new Adam, who is Christ, there is established a brotherly union between man and man, and people and people; just as in the order of nature they all have a common origin, so in the order which is above nature they all have one and the same origin in salvation and faith; all alike are called to be the adopted sons of God and the Father, who has paid the self-same ransom for us all; we are all members of the same body, all are allowed to partake of the same divine banquet, and offered to us all are the blessings of divine grace and of eternal life. Having established these principles as beginnings and foundations, the Church, like a tender mother, went on to try to find some alleviation for the sorrows and the disgrace of the life of the slave; with this end in view she clearly defined and strongly enforced the rights and mutual duties of masters and slaves as they are laid down in the letters of the Apostles. It was in these words that the Princes of the Apostles admonished the slaves they had admitted to the fold of Christ. "Servants, be subject to your masters with all fear, not only to the good and gentle, but also to the froward."[10] "Servants, be obedient to them that are your lords according to the flesh, with fear and trembling in the simplicity of your heart, as to Christ. Not serving to the eye, but as the servants of Christ, doing the will of God from the heart. With a good will serving as to the Lord, and not to men. Knowing that whatsoever good thing any man shall do, the same shall he receive from the Lord, whether he be bond or free."[11] St. Paul says the same to Timothy: "Whosoever are servants under the yoke, let them count their masters worthy of all honor; lest the name of the Lord and his doctrine be blasphemed. But they that have believing masters, let them not despise them because they are brethren, but serve them the rather, because they are faithful and beloved, who are partakers of the benefit. These things teach and exhort."[12] In like manner he commanded Titus to teach servants "to be obedient to their masters, in all things pleasing, not gainsaying. Not defrauding, but in all things showing good fidelity, that they may adorn the doctrine of God our Savior in all things.[13]

8. Those first disciples of the Christian faith very well understood that this brotherly equality of all men in Christ ought in no way to diminish or detract from the respect, honor, faithfulness, and other duties due to those placed above them. From this many good results followed, so that duties became at once more certain of being performed, and lighter and pleasanter to do, and at the same time more fruitful in obtaining the glory of heaven. Thus, they treated their masters with reverence and honor as men clothed in the authority of Him from whom comes all power. Among these disciples the motive of action was not the fear of punishment or any enlightened prudence or the promptings of utility, but a consciousness of duty and the force of charity. On the other hand, masters were wisely counseled by the Apostle to treat their slaves with consideration in return for their services: "And you, masters, do the same things unto them, forbearing threatenings; knowing that the Lord both of them and you is in heaven, and there is not respect of persons with Him."[14] They were also told to remember that the slave had no reason to regret his lot, seeing that he is "the freeman of the Lord," nor the freeman, seeing that he is "the bondman of Christ,"[15] to feel proud, and to give his commands with haughtiness. It was impressed upon masters that they ought to recognize in their slaves their fellow men, and respect them accordingly, recognizing that by nature they were not different from themselves, that by religion and in relation to the majesty of their common Lord all were equal. These precepts, so well calculated to introduce harmony among the various parts of domestic society, were practiced by the Apostles themselves. Specially remarkable is the case of St. Paul when he exerted himself in behalf of Onesimus, the fugitive of Philemon, with whom, when he returned him to his master, he sent this loving recommendation: "And do thou receive him as my own bowels, not now as a servant, but instead of a servant a most dear brother. . . And if he have wronged thee in anything, or is in thy debt, put that to my account."[16]

9. Whoever compare the pagan and the Christian attitude toward slavery will easily come to the conclusion that the one was marked by great cruelty and wickedness, and the other by great gentleness and humanity, nor will it be possible to deprive the Church of the credit due to her as the instrument of this happy change. And this becomes still more apparent when we consider carefully how tenderly and with what prudence the Church has cut out and destroyed this dreadful curse of slavery. She has deprecated any precipitate action in securing the manumission and liberation of the slaves, because that would have entailed tumults and wrought injury, as well to the slaves themselves as to the commonwealth, but with singular wisdom she has seen that the minds of the slaves should be instructed through her discipline in the Christian faith, and with baptism should acquire habits suitable to the Christian life. Therefore, when, amid the slave multitude whom she has numbered among her children, some, led astray by some hope of liberty, have had recourse to violence and sedition, the Church has always condemned these unlawful efforts and opposed them, and through her ministers has applied the remedy of patience. She taught the slaves to feel that, by virtue of the light of holy faith, and the character they received from Christ, they enjoyed a dignity which placed them above their heathen lords, but that they were bound the more strictly by the Author and Founder of their faith Himself never to set themselves against these, or even to be wanting in the reverence and obedience due to them. Knowing themselves as the chosen ones of the Kingdom of God, and endowed with the freedom of His children, and called to the good things that are not of this life, they were able to work on without being cast down by the sorrows and troubles of this passing world, but with eyes and hearts turned to heaven were consoled and strengthened in their holy resolutions. St. Peter was addressing himself specially to slaves when he wrote: "For this is thanksworthy, if for conscience towards God a man endure sorrows, suffering wrongfully. For unto this you are called; because Christ also suffered for us, leaving you an example that you should follow his steps."[17]

10. The credit for this solicitude joined with moderation, which in such a wonderful way adorns the divine powers of the Church, is increased by the marvelous and unconquerable courage with which she was able to inspire and sustain so many poor slaves. It was a wonderful sight to behold those who, in their obedience and the patience with which they submitted to every task, were such an example to their masters, refusing to let themselves be persuaded to prefer the wicked commands of those above them to the holy law of God, and even giving up their lives in the most cruel tortures with unconquered hearts and unclouded brows. The pages of Eusebius keep alive for us the memory of the unshaken constancy of the virgin Potamiana, who, rather than consent to gratify the lusts of her master, fearlessly accepted death, and sealed her faithfulness to Jesus Christ with her blood. Many other admirable examples abound of slaves, who, for their souls' sake and to keep their faith with God, have resisted their masters to the death. History has no case to show of Christian slaves for any other cause setting themselves in opposition to their masters of joining in conspiracies against the State.

Thence, peace and quiet times having been restored to the Church, the holy Fathers made a wise and admirable exposition of the apostolic precepts concerning the fraternal unanimity which should exist between Christians, and with a like charity extended it to the advantage of slaves, striving to point out that the rights of masters extended lawfully indeed over the works of their slaves, but that their power did not extend to using horrible cruelties against their persons. St. Chrysostom stands pre-eminent among the Greeks, who often treats of this subject, and affirms with exulting mind and tongue that slavery, in the old meaning of the word, had at that time disappeared through the beneficence of the Christian faith, so that it both seemed, and was, a word without any meaning among the disciples of the Lord. For Christ indeed (so he sums up his argument), when in His great mercy to us He wiped away the sin contracted by our birth, at the same time healed the manifold corruptions of human society; so that, as death itself by His means has laid aside its terrors and become a peaceful passing away to a happy life, so also has slavery been banished. Do not, then, call any Christian man a slave, unless, indeed, he is in bondage again to sin; they are altogether brethren who are born again and received in Christ Jesus. Our advantages flow from the new birth and adoption into the household of God, not from the eminence of our race; our dignity arises from the praise of our truth, not of our blood. But in order that that kind of evangelical brotherhood may have more fruit, it is necessary that in the actions of our ordinary life there should appear a willing interchange of kindnesses and good offices, so that slaves should be esteemed of nearly equal account with the rest of our household and friends, and that the master of the house should supply them, not only with what is necessary for their life and food, but also all necessary safeguards of religious training. Finally, from the marked address of Paul to Philemon, bidding grace and peace "to the church which is in thy house,"[18] the precept should be held in respect equally by Christian masters and servants, that they who have an intercommunion of faith should also have an intercommunion of charity.[19]

11. Of the Latin authors, we worthily and justly call to mind St. Ambrose, who so earnestly inquired into all that was necessary in this cause, and so clearly ascribes what is due to each kind of man according to the laws of Christianity, that no one has ever achieved it better, whose sentiments, it is unnecessary to say, fully and perfectly coincide with those of St. Chrysostom.[20] These things were, as is evident, most justly and usefully laid down; but more, the chief point is that they have been observed wholly and religiously from the earliest times wherever the profession of the Christian faith has flourished. Unless this had been the case, that excellent defender of religion, Lactantius, could not have maintained it so confidently, as though a witness of it. "Should any one say: Are there not among you some poor, some rich, some slaves, some who are masters; is there no difference between different persons? I answer: There is none, nor is there any other cause why we call each other by the name of brother than that we consider ourselves to be equals; first, when we measure all human things, not by the body but by the spirit, although their corporal condition may be different from ours, yet in spirit they are not slaves to us, but we esteem and call them brethren, fellow workers in religion."[21]

12. The care of the Church extended to the protection of slaves, and without interruption tended carefully to one object, that they should finally be restored to freedom, which would greatly conduce to their eternal welfare. That the event happily responded to these efforts, the annals of sacred antiquity afford abundant proof. Noble matrons, rendered illustrious by the praises of St. Jerome, themselves afforded great aid in carrying this matter into effect; so that as Salvian relates, in Christian families, even though not very rich, it often happened that the slaves were freed by a generous manumission. But, also, St. Clement long before praised that excellent work of charity by which some Christians became slaves, by an exchange of persons, because they could in no other way liberate those who were in bondage. Wherefore, in addition to the fact that the act of manumission began to take place in churches as an act of piety, the Church ordered it to be proposed to the faithful when about to make their wills, as a work very pleasing to God and of great merit and value with Him. Therefore, those precepts of manumission to the heir were introduced with the words, "for the love of God, for the welfare or benefit of my soul."[22] Neither was anything grudged as the price of the captives, gifts dedicated to God were sold, consecrated gold and silver melted down, the ornaments and gifts of the basilicas alienated, as, indeed, was done more than once by Ambrose, Augustine, Hilary, Eligius, Patrick, and many other holy men.

13. Moreover, the Roman Pontiffs, who have always acted, as history truly relates, as the protectors of the weak and helpers of the oppressed, have done their best for slaves. St. Gregory himself set at liberty as many as possible, and in the Roman Council of 597 desired those to receive their freedom who were anxious to enter the monastic state. Hadrian I maintained that slaves could freely enter into matrimony even without their masters' consent. It was clearly ordered by Alexander III in the year 1167 to the Moorish King of Valencia that he should not make a slave of any Christian, because no one was a slave by the law of nature, all men having been made free by God. Innocent III, in the year 1190, at the prayer of its founders, John de Matha and Felix of Valois, approved and established the Order of the Most Holy Trinity for Redeeming Christians who had fallen into the power of the Turks. At a later date, Honorius III, and, afterwards, Gregory IX, duly approved the Order of St. Mary of Help, founded for a similar purpose, which Peter Nolasco had established, and which included the severe rule that its religious should give themselves up as slaves in the place of Christians taken captive by tyrants, if it should be necessary in order to redeem them. The same St. Gregory passed a decree, which was a far greater support of liberty, that it was unlawful to sell slaves to the Church, and he further added an exhortation to the faithful that, as a punishment for their faults, they should give their slaves to God and His saints as an act of expiation.

14. There are also many other good deeds of the Church in the same behalf. For she, indeed, was accustomed by severe penalties to defend slaves from the savage anger and cruel injuries of their masters. To those upon whom the hand of violence had rested, she was accustomed to open her sacred temples as places of refuge to receive the free men into her good faith, and to restrain those by censure who dared by evil inducements to lead a man back again into slavery. In the same way she was still more favorable to the freedom of the slaves whom, by any means she held as her own, according to times and places; when she laid down either that those should be released by the bishops from every bond of slavery who had shown themselves during a certain time of trial of praiseworthy honesty of life, or when she easily permitted the bishops of their own will to declare those belonging to them free. It must also be ascribed to the compassion and virtue of the Church that somewhat of the pressure of civil law upon slaves was remitted, and, as far as it was brought about, that the milder alleviations of Gregory the Great, having been incorporated in the written law of nations, became of force. That, however, was done principally by the agency of Charlemagne, who included them in his "Capitularia," as Gratian afterwards did in his "Decretum."[23] Finally, monuments, laws, institutions, through a continuous series of ages, teach and splendidly demonstrate the great love of the Church toward slaves, whose miserable condition she never left destitute of protection, and always to the best of her power alleviated. Therefore, sufficient praise or thanks can never be returned to the Catholic Church, the banisher of slavery and causer of true liberty, fraternity, and equality among men, since she has merited it by the prosperity of nations, through the very great beneficence of Christ our Redeemer.

15. Toward the end of the fifteenth century, at which time the base stain of slavery having been nearly blotted out from among Christian nations, States were anxious to stand firmly in evangelical liberty, and also to increase their empire, this apostolic see took the greatest care that the evil germs of such depravity should nowhere revive. She therefore directed her provident vigilance to the newly discovered regions of Africa, Asia, and America; for a report had reached her that the leaders of those expeditions, Christians though they were, were wickedly making use of their arms and ingenuity for establishing and imposing slavery on these innocent nations. Indeed, since the crude nature of the soil which they had to overcome, nor less the wealth of metals which had to be extracted by digging, required very hard work, unjust and inhuman plans were entered into. For a certain traffic was begun, slaves being transported for that purpose from Ethiopia, which, at that time, under the name of "La tratta dei Negri," too much occupied those colonies. An oppression of the indigenous inhabitants (who are collectively called Indians), much the same as slavery, followed with a like maltreatment.

16. When Pius II had become assured of these matters without delay, on October 7, 1462, he gave a letter to the bishop of the place in which he reproved and condemned such wickedness. Some time afterwards, Leo X lent, as far as he could, his good offices and authority to the kings of both Portugal and Spain, who took care to radically extirpate that abuse, opposed alike to religion, humanity, and justice. Nevertheless, that evil having grown strong, remained there, its impure cause, the unquenchable desire of gain, remaining. Then Paul III, anxious with a fatherly love as to the condition of the Indians and of the Moorish slaves, came to this last determination, that in open day, and, as it were, in the sight of all nations, he declared that they all had a just and natural right of a threefold character, namely, that each one of them was master of his own person, that they could live together under their own laws, and that they could acquire and hold property for themselves. More than this, having sent letters to the Cardinal Archbishop of Toledo, he pronounced an interdict and deprival of sacraments against those who acted contrary to the aforesaid decree, reserving to the Roman Pontiff the power of absolving them.[24]

17. With the same forethought and constancy, other Pontiffs at a later period, as Urban VIII, Benedict XIV, and Pius VII, showed themselves strong asserters of liberty for the Indians and Moors and those who were even as yet not instructed in the Christian faith. The last, moreover, at the Council of the confederated Princes of Europe, held at Vienna, called their attention in common to this point, that that traffic in Negroes, of which We have spoken before, and which had now ceased in many places, should be thoroughly rooted out. Gregory XVI also severely censured those neglecting the duties of humanity and the laws, and restored the decrees and statutory penalties of the apostolic see, and left no means untried that foreign nations, also, following the kindliness of the Europeans, should cease from and abhor the disgrace and brutality of slavery.[25] But it has turned out most fortunately for Us that We have received the congratulations of the chief princes and rulers of public affairs for having obtained, thanks to Our constant pleadings, some satisfaction for the long-continued and most just complaints of nature and religion.

18. We have, however, in Our mind, in a matter of the same kind, another care which gives Us no light anxiety and presses upon Our solicitude. This shameful trading in men has, in- deed, ceased to take place by sea, but on land is carried on to too great an extent and too barbarously, and that especially in some parts of Africa. For, it having been perversely laid down by the Mohammedans that Ethiopians and men of similar nations are very little superior to brute beasts, it is easy to see and shudder at the perfidy and cruelty of man. Suddenly, like plunderers making an attack, they invade the tribes of Ethiopians, fearing no such thing; they rush into their villages, houses, and huts; they lay waste, destroy, and seize everything; they lead away from thence the men, women, and children, easily captured and bound, so that they may drag them away by force for their shameful traffic. These hateful expeditions are made into Egypt, Zanzibar, and partly also into the Sudan, as though so many stations. Men, bound with chains are forced to take long journeys, ill supplied with food, under the frequent use of the lash; those who are too weak to undergo this are killed; those who are strong enough go like a flock with a crowd of others to be sold and to be passed over to a brutal and shameless purchaser. But whoever is thus sold and given up is exposed to what is a miserable rending asunder of wives, children, and parents, and is driven by him into whose power he falls into a hard and indescribable slavery; nor can he refuse to conform to the religious rites of Mahomet. These things We have received not long since with the greatest bitterness of feeling from some who have been eyewitnesses, though tearful ones, of that kind of infamy and misery; with these, moreover, what has been related lately by the explorers in equatorial Africa entirely coincides. It is indeed manifest, by their testimony and word, that each year 400,000 Africans are usually thus sold like cattle, about half of whom, wearied out by the roughness of the tracks, fall down and perish there, so that, sad to relate, those traveling through such places see the pathway strewn with the remains of bones.

19. Who would not be moved by the thought of such miseries. We, indeed, who are holding the place of Christ, the loving Liberator and Redeemer of all mankind, and who so rejoice in the many and glorious good deeds of the Church to all who are afflicted, can scarcely express how great is Our commiseration for those unhappy nations, with what fullness of charity We open Our arms to them, how ardently We desire to be able to afford them every alleviation and support, with the hope, that, having cast off the slavery of superstition as well as the slavery of man, they may at length serve the one true God under the gentle yoke of Christ, partakers with Us of the divine inheritance. Would that all who hold high positions in authority and power, or who desire the rights of nations and of humanity to be held sacred, or who earnestly devote themselves to the interests of the Catholic religion, would all, everywhere acting on Our exhortations and wishes, strive together to repress, forbid, and put an end to that kind of traffic, than which nothing is more base and wicked.

20. In the meantime, while by a more strenuous application of ingenuity and labor new roads are being made, and new commercial enterprises undertaken in the lands of Africa, let apostolic men endeavor to find out how they can best secure the safety and liberty of slaves. They will obtain success in this matter in no other way than if, strengthened by divine grace, they give themselves up to spreading our most holy faith and daily caring for it, whose distinguishing fruit is that it wonderfully flavors and develops the liberty "with which Christ made us free."[26] We therefore advise them to look, as if into a mirror of apostolic virtue, at the life and works of St. Peter Claver, to whom We have lately added a crown of glory.[27] Let them look at him who for fully forty years gave himself up to minister with the greatest constancy in his labors, to a most miserable assembly of Moorish slaves; truly he ought to be called the apostle of those whose constant servant he professed himself and gave himself up to be. If they endeavor to take to themselves and reflect the charity and patience of such a man, they will shine indeed as worthy ministers of salvation, authors of consolation, messengers of peace, who, by God's help, may turn solicitude, desolation, and fierceness into the most joyful fertility of religion and civilization.

21. And now, venerable brethren, Our thoughts and letters desire to turn to you that We may again announce to you and again share with you the exceeding joy which We feel on account of the determinations which have been publicly entered into in that empire with regard to slavery. If, indeed, it seemed to Us a good, happy, and propitious event, that it was provided and insisted upon by law that whoever were still in the condition of slaves ought to be admitted to the status and rights of free men, so also it conforms and increases Our hope of future acts which will be the cause of joy, both in civil and religious matters. Thus the name of the Empire of Brazil will be justly held in honor and praise among the most civilized nations, and the name of its august emperor will likewise be esteemed, whose excellent speech is on record, that he desired nothing more ardently than that every vestige of slavery should be speedily obliterated from his territories. But, truly, until those precepts of the laws are carried into effect, earnestly endeavor, We beseech you, by all means, and press on as much as possible the accomplishment of this affair, which no light difficulties hinder. Through your means let it be brought to pass that masters and slaves may mutually agree with the highest goodwill and best good faith, nor let there be any transgression of clemency or justice, but, whatever things have to be carried out, let all be done lawfully, temperately, and in a Christian manner. It is, however, chiefly to be wished that this may be prosperously accomplished, which all desire, that slavery may be banished and blotted out without any injury to divine or human rights, with no political agitation, and so with the solid benefit of the slaves themselves, for whose sake it is undertaken.

22. To each one of these, whether they have already been made free or are about to become so, We address with a pastoral intention and fatherly mind a few salutary cautions culled from the words of the great Apostle of the Gentiles. Let them, then, endeavor piously and constantly to retain grateful memory and feeling towards those by whose council and exertion they were set at liberty. Let them never show themselves unworthy of so great a gift nor ever confound liberty with license; but let them use it as becomes well ordered citizens for the industry of an active life, for the benefit and advantage both of their family and of the State. To respect and increase the dignity of their princes, to obey the magistrates, to be obedient to the laws, these and similar duties let them diligently fulfill, under the influence, not so much of fear as of religion; let them also restrain and keep in subjection envy of another's wealth or position, which unfortunately daily distresses so many of those in inferior positions, and present so many incitements of rebellion against security of order and peace. Content with their state and lot, let them think nothing dearer, let them desire nothing more ardently than the good things of the heavenly kingdom by whose grace they have been brought to the light and redeemed by Christ; let them feel piously towards God who is their Lord and Liberator; let them love Him, with all their power; let them keep His commandments with all their might; let them rejoice in being sons of His spouse, the Holy Church; let them labor to be as good as possible, and as much as they can let them carefully return His love.

Do you also, Venerable Brethren, be constant in showing and urging on the freedmen these same doctrines; that, that which is Our chief prayer, and at the same time ought to be yours and that of all good people, religion, amongst the first, may ever feel that she has gained the most ample fruits of that liberty which has been obtained wherever that empire extends.

23. But that that may happily take place, We beg and implore the full grace of God and motherly aid of the Immaculate Virgin. As a foretaste of heavenly gifts and witness of Our fatherly good will towards you, Venerable Brethren, your clergy, and all your people, We lovingly impart the apostolic blessing.

Given at St. Peter's, in Rome, the fifth day of May, 1888, the eleventh of Our pontificate.

ENDNOTES:

1. Isa. 61:1; Luke 4:19.

2. Eph. 1:10.

3. Epist., lib. 6, ep. 12 (PL 77, 803C-804A).

4. "De civ. Dei," 19, 15 (PL 41, 643).

5. Lucan, "Phars." 5, 343.

6. Justinian, "Inst.," lib. I, tit. 8, n. I; in "Corpus jurs civilis" (4th ed., Berlin, Weidmann, 1886) Vol. 1, p. 3.

7. Gal. 3:26-28.

8. Col. 3:11.

9. I Cor. 12:13.

10. I Peter 2:18.

11. Eph. 6:5-8.

12. I Tim. 6: 1-2.

13. Titus 2:9-10.

14. Eph. 6:9.

15. I Cor. 7:22.

16. Philemon 12, 18.

17. I Peter 2:19-21.

18. Philemon 2.

19. John Chrysostom, "Hom. in Lazar." (PG 58, 1039); "Hom. xix in ep. l ad Cor." (PG 61,157-158); "Hom. l in ep. ad Phil." (PG 62, 705).

20. "De Jacob et de vita beata," cap. 3 (PL 14, 633A-636A); "De patr. Joseph," cap. 4 (PL 16, 680C-682B); "Exhort. Virgin.," cap. 1. (PL 16, 351A-352B).

21. "Divin. Instit.," lib. 5, cap. 16 (PL 6, 599A-600A).

22. Clement of Rome, I "Ep. ad Cor.," cap. 55 (PG 1, 319A).

23. Gratian, "Decretum," Part 1, dist. 54; ed. E. Friedberg, Vol. 1, cols. 206-214.

24. Paul III (1534-49), "Veritas ipsa" (June 2, 1559).

25. Gregory XVI (1831-46), "In Supremo Apostolatus Fastigio" (Dec. 3, 1837).

26. Gal. 4:31.

27. St. Peter Claver (1581-1654), joined the Society of Jesus in 1602; in 1610, he went to Cartagena, then the main slave market of the New World, and for forty-four years devoted himself to missionary work. He had declared his intention to remain "the slave of the Negroes" for his entire life and, in point of fact, is said to have baptized over 300,000 of them. He was canonized by Pope Leo XIII on January 15, 1888.

Vídeos Gratis
www.Santos-Catolicos.com
¡DVDs, Artículos y Libros Gratis!
FREE DVDS & VIDEOS
WATCH & DOWNLOAD ALL THE DVDS & VIDEOS FOR FREE!