Los 7 Pecados Capitales, Siete Pecados Capitales, ¿Cuáles Son Los 7 Pecados Capitales?

Los 7 Pecados Capitales

Los reconocidos o tradicionales “siete pecados capitales”, la lujuria, la gula, la avaricia, la pereza, la ira, la envidia y la soberbia, son un conjunto de vicios opuestos a la enseñanza moral que el Catolicismo y el Cristianismo transmiten. Cada uno de ellos fue recopilado y clasificado por San Gregorio Magno (540 – 604 d.C.), también conocido como Gregorio I, el sexagésimo cuarto Papa de la Iglesia Católica.

Posteriormente, el poeta italiano, Dante Alighieri, los integro en la redacción de “La Divina Comedia” (c.1308-1321), un poema considerado hoy en día una obra maestra de la literatura italiana y mundial. También otros artistas europeos tuvieron su parte en la promulgación de estos pecados capitales, gracias a la idea de utilizarlos como fuentes de inspiración en sus grandes obras.

La Soberbia

Es el principal de los pecados capitales. Es la cabeza de “todos” los restantes pecados. Recordemos que por esta falta, según la teología cristiana, el hombre fue expulsado del jardín del paraíso. Es una ofensa directa contra Dios, en cuanto el pecador cree tener más poder y autoridad que Dios o su vecino. En general es definida como “amor desordenado de sí mismo”. Según Santo Tomás la soberbia es “un apetito desordenado de la propia excelencia”. Se considera pecado mortal cuando es perfecta, es decir, cuando se apetece tanto la propia exaltación que se rehúsa obedecer a Dios, a los superiores y a las leyes.

Según La Enciclopedia Católica: “Orgullo es el amor excesivo a la propia excelencia... Esto puede ocurrir, según San Gregorio, ya sea porque un hombre se considera como la fuente de las ventajas que puede percibir en sí mismo, o porque, si bien reconoce que Dios se les ha otorgado, considera que esto ha sido en respuesta a sus propios méritos, o porque se atribuye dones que no tiene; o por último, porque aun cuando estos son reales él cree irracionalmente estar por encima de los demás. Suponiendo que se abrigue la convicción indicada en los dos primeros casos, el pecado sería uno grave y uno tendría la culpa adicional de la herejía... Normalmente se le considera uno de los siete pecados capitales. Santo Tomás, sin embargo, haciendo suya la apreciación de San Gregorio, lo considera el rey de todos los vicios, y pone a la vanagloria en su lugar como uno de los pecados capitales. Al darle esta preminencia lo toma en un significado más formal y completo. Él entiende que es ese estado de ánimo en el que un hombre, por el amor a su propio valor, intenta sustraerse de la sujeción a Dios Todopoderoso, y desprecia las órdenes de los superiores. Es una especie de desprecio a Dios y a los que llevan su comisión. Considerado de esta manera, es, por supuesto, un pecado mortal de la especie más atroz. De hecho Santo Tomás en este sentido lo califica como uno de los pecados más negros. Mediante él la criatura se niega a permanecer dentro de su órbita esencial; le da la espalda a Dios, no por debilidad o ignorancia, sino únicamente porque en su auto-exaltación no está dispuesto a someterse. Su actitud tiene algo satánico en ella...” (The Catholic Encyclopedia [La Enciclopedia Católica], Vol. 12. "Pride", 1911)

La Acidia (Pereza)

Es el más “metafísico” de los Pecados Capitales en cuanto está referido a la incapacidad de aceptar y hacerse cargo de la existencia en cuanto tal. Es también el que más problemas causa en su denominación. La simple “pereza”, más aún el “ocio”, no parecen constituir una falta. Hemos preferido, por esto, el concepto de “acidia” o “acedía”. Tomado en sentido propio es una “tristeza de animo” que nos aparta de las obligaciones espirituales y divinas, a causa de los obstáculos y dificultades que en ellas se encuentran. Bajo el nombre de cosas espirituales y divinas se entiende todo lo que Dios nos prescribe para la consecución de la eterna salud (la salvación), como la práctica de las virtudes cristianas, la observación de los preceptos divinos, de los deberes de cada uno, los ejercicios de piedad y de religión. Concebir pues tristeza por tales cosas, abrigar voluntariamente, en el corazón, desgano, aversión y disgusto por ellas, es pecado capital.

La Lujuria

Tradicionalmente se ha entendido la lujuria como “appetitus inorditatus delectationis venerae” es decir como un apetito desordenado de los placeres eróticos. La tradición cristiana subdividió este pecado en la simple fornicación, el estupro, el rapto, el incesto, el sacrilegio, el adulterio, el pecados contra la naturaleza, comprendiendo bajo esta última especie, la polución voluntaria, la masturbación, los juegos preliminares, la lascivia, la sodomía y la bestialidad. La “lujuria” sería siempre un pecado mortal pues involucra directamente la utilización del otro, del prójimo, (o usted mismo, o un objeto), como un medio y un objeto para la satisfacción de los placeres sexuales.

El deseo desordenado por el placer sexual. Los deseos y actos son desordenados cuando no se conforman al propósito divino, el cual es la procreación y el acallar (y no inflamar) la concupiscencia.

EL FIN PRIMARIO DEL MATRIMONIO ES LA PROCREACIÓN Y LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS... Porque en el matrimonio así como en el uso de los derechos matrimoniales también existen fines secundarios, como es la ayuda mutua, el cultivo del amor mutuo y el acallar la concupiscencia de lo cual los esposos no tienen prohibido tomar en consideración, EN TANTO ESTÉN SUBORDINADOS AL FIN PRIMARIO [LA PROCREACIÓN Y LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS] y en tanto la naturaleza intrínseca del acto sea preservada [no sexo anal u oral etc].” (Papa Pío XI, Casti Connubii (# 17), Dic. 31, 1930)

Papa Inocente XI, Varios Errores sobre Temas Morales, Condenados en un decreto, 4 de marzo, 1679: “EL ACTO DEL MATRIMONIO REALIZADO ÚNICAMENTE POR PLACER ESTÁ COMPLETAMENTE LIBRE DE TODA FALTA Y DEFECTO VENIAL.” (Denz. 1159) – Proposición condenada por el Papa Inocente XI.

La Iglesia Católica enseña que el acto marital no puede usarse para inflamar la concupiscencia. Si el acto marital se usa para inflamar la concupiscencia, entonces se comete pecado. La meta de las relaciones maritales de una pareja devota es apagar el fuego de la lujuria al realizar el acto con un sentido de vergüenza y reconocimiento de la debilidad de la carne. La meta de la concupiscencia inflamante es encender el fuego a niveles mayores, excitación más alta, exaltando la carne mientras se suprime la vergüenza y la debilidad de la carne. Los ejemplos de cosas que una pareja puede hacer para inflamar la concupiscencia son la masturbación, toques y besos lujuriosos, o que complacerse en estimulación erótica (son todos los pecados mortales). “No te dejes arrastrar de tus pasiones y refrena tus apetitos.” (Eclesiástico. 18:30)

Penny Catechism (Un Catecismo de la Doctrina Cristiana), Siglo XVI: “Pregunta 327. ¿Cuáles son los cuatro pecados que claman al cielo por venganza? Respuesta. Los cuatro pecados que claman al cielo por venganza son: 1. Asesinato voluntario (Génesis iv); 2. El pecado de Sodoma [sexo anal u oral] (Génesis. xviii); 3. La opresión de los pobres (Éxodo. ii); 4. Defraudación a los trabajadores de sus sueldos (Santiago v).”


El Placer Sexual y la Lujuria

Contenido - Parte I

Contenido - Parte II

La Avaricia

La teología cristiana explica el pecado de la avaricia como “amor desordenado de las riquezas”, es desordenado, continua, “porque lícito es amar y desear las riquezas con fin honesto en el orden de la justicia y de la caridad, como por ejemplo, si se las desea para cooperar más eficazmente con al gloria de Dios, para socorrer al prójimo etc. El crimen de la avaricia no lo constituyen las riquezas o su posesión, sino el apego inmoderado a ellas; “esa pasión ardiente de adquirir o conservar lo que se posee, que no se detiene ante los medios injustos; esa economía sórdida que guarda los tesoros sin hacer uso de ellos aun para las causas más legítimas; ese afecto desordenado que se tiene a los bienes de la tierra, de donde resulta que todo se refiere a la plata, y no parece que se vive para otra cosa que para adquirirla.”

Según La Enciclopedia Católica: “Avaricia (del latín avarus, "codicioso", "ansiar") es el amor desordenado por la riqueza. Su especial malicia, en términos generales, consiste en que hace de la obtención y mantenimiento de dinero, posesiones, etc., un fin en sí mismo por el cual vivir. No ve que estas cosas son valiosas sólo como instrumentos para la realización de una vida racional y armoniosa, teniendo debidamente en cuenta, por supuesto, la condición social especial en la que cada uno se coloca. Se le llama vicio capital porque tiene por objeto la obtención o conservación, de las que se cometen muchos otros pecados. Es mucho más temible porque a menudo se esconde como una virtud o se insinúa bajo el pretexto de hacer una provisión decente para el futuro. En la medida en que la avaricia es un incentivo para la injusticia en la adquisición y retención de la riqueza, es a menudo un pecado grave.” (The Catholic Encyclopedia [La Enciclopedia Católica], Vol. 2. "Avarice", 1907)

El siguiente ejemplo sobre esto puede verse más claramente en las revelaciones de Santa Brígida, en el libro titulado correctamente como el Libro de las Preguntas. Está compuesto de preguntas a las que Nuestro Señor y el Juez les dan maravillosas respuestas:

“Tercera pregunta. Nuevamente el monje apareció en su escalera igual que antes, diciendo: “¿Por qué no me exalto por encima de los demás, viendo que soy rico?” [Jesucristo] Respuesta a la tercera pregunta. “En cuanto a por qué no debéis enorgulleceros por las riquezas, respondo: Las riquezas del mundo os pertenecen únicamente a vos en tanto las necesitéis para alimentos y vestimenta. El mundo fue hecho para esto: que el hombre, teniendo sustento para su cuerpo, pueda a través del trabajo y humildad, volver a mí, su Dios, a quien menospreció con su desobediencia y descuidó con su orgullo. Sin embargo, si clamáis que los bienes temporales os pertenecen, os aseguro que efectivamente, estáis usurpando a la fuerza todo lo que poseéis más allá de vuestras necesidades. Todos los bienes temporales debieran pertenecerle a la comunidad y ser igualmente accesibles a los necesitados por caridad. Usurpáis para vuestra propia posesión superflua, las cosas que deberían darse a los demás por compasión. Sin embargo, muchas personas poseen mucho más que los demás pero de manera racional y lo distribuyen de manera discreta. Por lo tanto, para que no seáis acusado más severamente en el juicio porque recibisteis más que los demás, es aconsejable que no os pongáis a la cabeza de los otros, actuando de manera altiva y acaparando posesiones. Siendo tan agradable como lo es el tener más bienes temporales que los demás y tenerlos en abundancia, será igualmente y excesivamente terrible y doloroso en el juicio el no haber administrado de manera razonable, aun los bienes tenidos lícitamente.” (http://www.santos-catolicos.com/santos/santa-brigida-de-suecia/revelaciones-de-santa-brigida-de-suecia-libro-5.php)

La Gula

Como “uso inmoderado de los alimentos necesarios para la vida” es definido este pecado. La definición teológica se complementa con que “el placer o deleite que acompaña al uso de los alimentos, nada tiene de malo; al contrario, en el efecto de una providencia especial de Dios para que el hombre cumpliese más fácilmente con el deber de su propia conservación. Prohibido es, empero, comer y beber hasta saciarse por ese solo deleite que se experimenta” (cf. El Papa Inocencio XI, Varios errores en los sujetos morales condenadas (# 8), 04 de marzo 1679). De esta manera, la religiosidad latina especifica estas faltas en: proepropere: comer antes de tiempo o cuando se debe abstener de comer, por ejemplo en los días de ayuno señalados por la Iglesi; laute: cuando se comen manjares que superan las posibilidades económicas de la persona; nimis cuando se bebe o se come en perjuicio de la salud de la persona; ardenter: cuando se como con extrema voracidad o avidez a manera de las bestias.

Según La Enciclopedia Católica: “Gula (Del latín gluttire, tragar, engullir). La excesiva indulgencia en la comida y la bebida. La deformidad moral discernible en este vicio se encuentra en su desafío al orden postulado por la razón, que prescribe la necesidad como la medida de indulgencia en el comer y beber. Este desorden, según la enseñanza del Doctor Angélico, puede ocurrir en cinco formas que se establecen en el verso escolástico: "Prae-propere, laute, nimis, ardenter, studiose", o, de acuerdo a la adecuada traducción del Padre José Rickaby: demasiado pronto, demasiado caro, demasiado, con demasiada avidez, demasiado exquisito. Es evidente que alguien que usa la comida o bebida de tal manera que daña su salud o pone en peligro el equipo mental necesario para el desempeño de sus deberes, es culpable del pecado de la gula. Es indiscutible que comer o beber por el mero placer de la experiencia, y para ello exclusivamente, es asimismo cometer el pecado de la gula... La gula es, en general, un pecado venial en la medida en que se presenta como una indulgencia indebida en una cosa que en sí no es ni buena ni mala. Por supuesto, es obvio que una estimación diferente tendría que darse de alguien tan apegado a los placeres de la mesa como para absolutamente y sin reservas vivir sólo para comer y beber, tan inclinado como para ser del número de los descritos por el apóstol San Pablo, "cuyo dios es su vientre" (Flp. 3,19). Tal persona sería culpable de pecado mortal. Asimismo una persona que, por los excesos en el comer y beber, ha perjudicado tanto su salud, o se ha incapacitado a sí misma para los deberes para la realización de lo que tiene una obligación grave, sería justamente imputable de pecado mortal. San Juan de la Cruz, en su obra "La Noche Oscura del Alma" (I, VI), analiza lo que él llama la gula espiritual. Él explica que es la disposición de aquellos que, en la oración y otros actos de la religión, van siempre en busca de dulzura sensible; son aquellos que "sienten y gustan de Dios, como si fuera palpable y accesible para ellos, no sólo en la Comunión, sino en todos sus demás actos de devoción". Él declara que ésta es una imperfección muy grande y la cual produce grandes males. (The Catholic Encyclopedia [La Enciclopedia Católica], Vol. 6. "Gluttony", 1909)

La Ira

“Appetitus inordinatus vindictae” es decir, un “apetito desordenado de venganza”. “Que se excita –continua la definición latina– en nosotros por alguna ofensa real o supuesta. Requiérase, por consiguiente, para que la ira sea pecado, que el apetito de venganza sea desordenado, es decir, contrario a la razón. Si no entraña este desorden no será imputado como pecado”. De esto ultimo se desprende que habría una ira “buena y laudable” si no excede los límites de una prudente moderación y tiene como fin suprimir el mal y reestablecer un bien. “El apetito de venganza es desordenado o contrario a la razón, y por consiguiente la ira es pecado, cuando se desea el castigo al que no lo merece, o si se le desea mayor al merecido, o que se le infrinja sin observar el orden legítimo, o sin proponerse el fin debido que es la conservación de la justicia y la corrección del culpable. Hay también pecado en la aplicación de la venganza, aunque esta sea legítima, cuando uno se deja dominar por ciertos movimientos inmoderados de la pasión. De esta manera la ira se convierte en pecado gravísimo porque vulnera la caridad y la justicia. Son hijos de la Ira: el maquiavelismo, el clamor, la indignación, la contumelia, la blasfemia y la riña”.

Según La Enciclopedia Católica: “Ira. El deseo de venganza. Su valuación ética depende de la cualidad de la venganza y de la cantidad de la pasión. Cuando éstas están en conformidad con las prescripciones de la razón balanceada, la ira no es un pecado. Es más bien una cosa encomiable y justificable con un celo propio. Se convierte en pecaminosa cuando se busca tomar venganza sobre uno que no se la merece, o en mayor medida de lo que se ha merecido, o en conflicto con las disposiciones de la ley, o a partir de un motivo impropio. El pecado es entonces mortal en un sentido general como opuesto a la justicia y la caridad... Del mismo modo, la ira es pecado cuando hay una excesiva vehemencia en la pasión misma [hacia cualquier cosa o persona], ya sea interior o exterior. Por lo general es entonces considerada un pecado venial a menos que el exceso sea tan grande como para ir seriamente contra el amor de Dios [, la razón] o el prójimo.” (The Catholic Encyclopedia [La Enciclopedia Católica], Vol. 1. "Anger", 1907)

La Envidia

La envidia es definida como “Desagrado, pesar, tristeza, que se concibe en el ánimo, del bien ajeno, en cuanto este bien se mira como perjudicial a nuestros intereses o a nuestra gloria: tristia de bono alteriusin quantum est diminutivum propiae gloriae et excellentiae” De esta manera, para saber si la envidia es una falta moral, es necesario investigar el verdadero motivo que produce la tristeza que se siente frente al bien que posee el prójimo.

Según La Enciclopedia Católica: “Envidia. Aquí se toma el término envidia como sinónimo de celos. Se define como el dolor que uno siente por el bienestar de otro debido a la opinión de que la propia excelencia es, en consecuencia, disminuida. Su malicia característica proviene de la oposición que implica a la virtud suprema de la caridad. La ley del amor nos obliga a alegrarnos en lugar de estar angustiados por la buena suerte del prójimo. Además, esta actitud es una contradicción directa al espíritu de solidaridad que debe caracterizar a la raza humana y, de modo especial, a los miembros de la comunidad cristiana. El envidioso se tortura sin causa, manteniendo mórbidamente que el éxito del otro constituye un mal para sí mismo. En la medida que el pecado desafía al gran precepto de la caridad, es en general grave... Los celos son un mayor mal cuando uno se aflige por el bien espiritual del otro; lo cual se dice que es un pecado contra el Espíritu Santo. Además se le llama pecado capital debido a los otros vicios que engendra. Entre su descendencia Santo Tomás (II-II, Q. XXXVI) enumera el odio, la detracción, la alegría por las desgracias del prójimo y la murmuración. Entristecerse por el éxito ajeno no siempre constituye celos. El motivo debe ser analizado. Si, por ejemplo, siento tristeza por la noticia de que otro ha sido promovido o ascendido a la riqueza, ya sea porque sé que no merece su accesión a la buena suerte, o porque he hallado motivos para temer que lo usará para hacerme daño o a los demás, mi actitud es completamente racional, siempre y cuando no haya exceso en mi opinión. Entonces, también, puede ocurrir que, propiamente hablando, no envidio la feliz condición de mi prójimo, sino que simplemente me pesa que no le he imitado. Así, si el objeto es bueno, yo no deberé estar celoso, sino más bien laudablemente émulo. ” (The Catholic Encyclopedia [La Enciclopedia Católica], Vol. 8. "Jealousy", 1910)

Siete Pecados Capitales

Los pecados o vicios capitales son aquellos a los que la naturaleza humana caída está principalmente inclinada. Es por eso muy importante para todo el que desee avanzar en la santidad aprender a detectar estas tendencias en su propio corazón y examinarse sobre estos pecados.

Los pecados capitales son enumerados por Santo Tomás (I-II:84:4) como siete:

  • vanagloria (orgullo)

  • avaricia

  • glotonería

  • lujuria

  • pereza

  • envidia

  • ira

Pecados Capitales / Virtudes para vencerlos

1 - Soberbia ante el deseo de alto honor y gloria.

a - Humildad. Reconocer que de nosotros mismos solo tenemos la nada y el pecado.


2 - Avaricia; egoísmo (ante el deseo de acaparar riquezas; siendo egoista).

b - Generosidad. Dar con gusto de lo propio a los pobres y los que necesiten.


3 - Lujuria (ante el apetito sexual; la lujuria ilícita).

c - Castidad; dominio de si mismo. Logra el dominio de los apetitos sensuales.


4 - Ira (ante un daño o dificultad).

d - Paciencia; caridad. Sufrir con paz y serenidad todas las adversidades; ser contento y ser feliz por el éxito de los demás.


5 - Gula (ante la comida y bebida).

e - Templanza. Moderación en el comer y en el beber.


6 - Envidia (resiente las cualidades, bienes o logros de otro porque reducen nuestra auto-estima).

f - Caridad. Desear y hacer siempre el bien al prójimo y ser contento y ser feliz por el buen éxito de los demás.


7 - Pereza (del desgano por obrar en el trabajo o por responder a los bienes espirituales).

g - Diligencia; amor; fervor. Prontitud de ánimo para obrar el bien.

¿Cuáles Son Los 7 Pecados Capitales y Sus Opuestos?

Las Virtudes Teologales

Soberbia-Humildad

Consiste en una estima de sí mismo, o amor propio indebido, que busca la atención y el honor y se pone uno en antagonismo con Dios.

La virtud moral por la que el hombre reconoce que de sí mismo solo tiene la nada y el pecado. Todo es un don de Dios de quien todos dependemos y a quien se debe toda la gloria. El hombre humilde no aspira a la grandeza personal que el mundo admira porque ha descubierto que ser hijo de Dios es un valor muy superior. Va tras otros tesoros (celestial). No está en competencia. Se ve a sí mismo y al prójimo ante Dios. Es así libre para estimar y dedicarse al amor y al servicio.

La humildad no solo se opone al orgullo sino también al auto abyección (auto humillación) en la que se dejaría de reconocer los dones de Dios y la responsabilidad de ejercitarlos según su voluntad.

Lujuria-Castidad

Castidad es la virtud que gobierna y modera el deseo del placer sexual según los principios de la fe (las leyes de Dios) y la la razón natural. Por la castidad la persona adquiere dominio de su sexualidad y es capaz de integrarla en una sana personalidad, en la que el amor de Dios reina sobre todo. Por lo tanto no es una negación de la sexualidad. Es un fruto del Espíritu Santo.

La castidad es una virtud necesaria en todos los estados de vida:-Los casados > Castidad Conyugal.-Los no casados que aspiran al matrimonio, la castidad requiere abstención. Es una necesaria preparación para lograr la madurez y la castidad en el matrimonio.-Los que han decidido no casarse, renuncian plenamente a las relaciones sexuales a favor de la entrega de todas las energías y todo el amor a Cristo y su misión en la Iglesia.

Ira-Paciencia

La paciencia es una virtud potencial o derivada de la fortaleza, cuya misión es facilitar el vencimiento de la tristeza para no decaer ante los sufrimientos ya físicos, ya espirituales, anejos a la práctica de cualquier virtud y mucho más, al seguimiento de las virtudes enseñadas por Cristo. Existe una diferencia entre la fortaleza y la paciencia que consiste en que por la fortaleza se soportan los males y los trabajos de mayor envergadura, incluso hasta la muerte. Por la paciencia se toleran los sufrimientos de menor entidad, anejos a cualquier vida, máxime a la del cristiano, que producen tristeza. Cuando el bien que se desea sufre dilación, produce tristeza; lo mismo que el trabajo que exige dedicación lenta y prolongada. La virtud de la paciencia consigue que no se sienta excesivamente la tristeza inherente a la adquisición de cualquier virtud o sus fracasos, y a la consecución de los planes trazados e ideales del apostolado, del ministerio o de cualquier tarea o empresa. Y lo consigue para que ninguna dificultad pueda impedir o detener el bien de la razón.

Gula-Templanza

La templanza según la Iglesia Católica es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad. La persona moderada orienta hacia el bien sus apetitos sensibles, guarda una sana discreción y no se deja arrastrar "para seguir la pasión de su corazón".

Por el contrario la gula es lo siguiente:

Es el deseo desordenado por el placer conectado con la comida o la bebida. Este deseo puede ser pecaminoso de varias formas:

  1. Comer o beber muy en exceso de lo que el cuerpo necesita.

  2. Cortejar el gusto por cierta clase de comida a sabiendas que va en detrimento de la salud.

  3. Consentir el apetito por comidas o bebidas costosas, especialmente cuando una dieta lujosa está fuera del alcance económico.

  4. Comer o beber vorazmente dándole más atención a la comida que a los que nos acompañan.

  5. Consumir bebidas alcohólicas hasta el punto de perder control de la razón. La intoxicación injustificada que termina en una pérdida de la razón es un pecado mortal.

Envidia-Caridad

La caridad es la tercera y principal de las Virtudes Teologales. La caridad es la virtud sobrenatural por la que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios. Es la virtud por excelencia porque su objeto es el mismo Dios y el motivo del amor al prójimo es el mismo: el amor a Dios. Porque su bondad intrínseca, es la que nos une más a Dios, haciéndonos parte de Dios y dándonos su vida. La caridad es más que el amor.

Pereza-Laboriosidad

Laboriosidad es trabajar con esfuerzo y de forma positiva. ¿Qué se gana con las quejas ante las malas relaciones con la familia, de los fracasos amorosos, de los descalabros escolares? Nada, sólo el desaliento y el desánimo. En cambio, si se trabaja con motivación, en positivo, no hay dificultad insuperable. Arar la tierra familiar con "pequeñas ayudas" en casa, sembrar "pequeños detalles" en la relación con la persona amada, cultivar "pequeños esfuerzos" en el estudio diario, etc.

Quien es laborioso no tiene tiempo para quejarse, pues sabe que las "obras son amores y no buenas razones".Laboriosidad es trabajar con constancia. La flojera y la pasividad son dos escollos en el camino. En cambio, la sana reflexión y la acción tenaz son herramientas indispensables, pues la laboriosidad es una virtud que exige metas y objetivos concretos para no perder tanto tiempo contemplando los problemas sino en empeñarse en encontrar las soluciones.

¿Qué se puede hacer? ¿Qué medios se van a poner? ¿Qué soluciones se van a ofrecer? La laboriosidad sería imperfecta si al trabajo no se une la oración, pues el hombre siembra en su vida, pero es Dios quien da el crecimiento y los frutos (Cf. 1Cor 3,6). La labor diaria se puede convertir en un medio de santificación maravilloso siempre y cuando se ofrezca a Dios. Así lo enseñaba el gran abad san Bernardo de Claraval: "el que ora y trabaja, eleva su corazón a Dios con la manos".

El hombre que ora y ofrece su trabajo diario obtiene grandes resultados, no sólo materiales, sino sobre todo espirituales. Dios es el primer interesado en que demos frutos abundantes, por eso nos dice: "Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí" (Jn 15,4). Así que la mejor manera de afrontar nuestro trabajo y las dificultades diarias es aquella que propone el refrán popular: "a Dios rogando y con el mazo dando". Hoy tenemos en nuestras manos un tiempo muy valioso para labrar el campo de nuestra vida. No es posible permanecer en la pasividad. Hay que hacer la prueba, hay que trabajar, hay que sembrar, "para ver qué resulta". El que trabaja y siembra el bien, cosecha para la eternidad.

Avaricia-Sencillez

CAMPOS DE LA SENCILLEZ 1) Sencillez con Dios: aceptar su plan. 2) Sencillez con los superiores: aceptarlos como son, con sus defectos y limitaciones. 3) Sencillez con los demás: amoldándose a la gran riqueza que alberga una vida de comunidad en caracteres, temperamentos, personalidades, psicologías. Aporta alegría, optimismo, seriedad, responsabilidad, iniciativa, armonía. 4) Sencillez conmigo mismo: no hacerme líos, no cavilar. Esto me destroza por dentro.

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