La Pasion de Cristo: En Español, Completa, Resumen, Para Niños, Imágenes

La Pasión de Cristo es tremendamente poderosa. Pero, ¿por qué tuvo que morir Cristo de esa manera? La Palabra de Dios para la humanidad (la Biblia) dice que toda la gente ha pecado en contra de Dios al quebrantar sus mandamientos (por ejemplo; mentir, robar, desear tener lo que alguien más tiene, fornicación, etc.). Aunque sea un solo pecado mortal cometido en contra de Dios, es suficiente para separarnos de él por toda la eternidad. La Biblia dice en Romanos 3:23: “Pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios”.

Dios, para redimir a la humanidad, enviado a su hijo, Jesucristo, a la tierra, para que viva sin pecado y muera en la cruz como un sacrificio único y por todos los pecados de la humanidad. Romanos 5:8 dice: “Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros”.

La Pasión de Cristo: Jesús siendo entregado a los soldados romanos, quienes le golpean severamente. Luego, lo vuelven a presentar ante Pilato, quien se lo presenta a la muchedumbre, con la esperanza de que esto haya sido suficiente… pero no lo fue. Pilato se lava sus manos del dilema y ordena a sus hombres hacer lo que la multitud quiera con Jesús.

Jesús es presentado con su propia cruz y se le ordena llevarla a través de las calles de Jerusalén hasta la colina del Gólgota. Ahí, es clavado a la cruz por el pecado del mundo que él (Cristo) cargó consigo. Luego de horas de tortura, Cristo proclamó: “Todo está cumplido” y luego “En tus manos encomiendo mi espíritu”.

Al momento de la muerte de Jesús, hay un gran terremoto. El grueso velo del templo se rompe de arriba a abajo y hay oscuridad sobre la tierra por tres horas.

Tres días después, Jesucristo resucita de la muerte, venciendo al pecado y la muerte y entregando la única manera para que la humanidad se reconcilie con Dios el Padre.

La Pasion de Cristo

No olvidemos que nosotros fuimos protagonistas de aquellos horrores, porque Jesús cargó con nuestros pecados (1 Pedro 2, 24), con cada uno de ellos. Fuimos rescatados de las manos del demonio y de la muerte a gran precio (1 Corintios 6, 20), el de la Sangre de Cristo.

Santo Tomás de Aquino decía: “La Pasión de Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida”. Al preguntarle a San Buenaventura de donde sacaba tan buena doctrina para sus obras, le contestó presentándole un Crucifijo, ennegrecido por los muchos besos que le había dado: “Este es el libro que me dicta todo lo que escribo; lo poco que sé aquí lo he aprendido”.

Nos hace mucho bien contemplar la Pasión de Cristo: en nuestra oración personal, al leer los Santos Evangelios, en los misterios dolorosos del Santo Rosario, en el Vía Crucis... En ocasiones nos imaginamos a nosotros mismos presentes entre los espectadores que fueron testigos en esos momentos.

También podemos intentar con la ayuda de la gracia, contemplar la Pasión como la vivió el mismo Cristo. Parece imposible, y siempre será una visión muy empobrecida de la realidad, pero para nosotros puede llegar a ser una oración de extraordinaria riqueza.

Dice San León Magno que “el que quiera de verdad venerar la pasión del Señor debe contemplar de tal manera a Jesús crucificado con los ojos del alma, que reconozca su propia carne en la carne de Jesús” (Sermón 15 sobre la Pasión).

La meditación de la Pasión de Cristo nos consigue innumerables frutos. En primer lugar nos ayuda a tener una aversión grande a todo pecado, pues Él fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados (Isaías 53, 5).

Los padecimientos nos animan a huir de todo lo que pueda significar hacernos comodinos y perezosos; avivan nuestro amor y alejan la tibieza. Hacen nuestra alma mortificada, guardando mejor el buen uso de nuestros sentidos.

Y si el Señor permite el dolor siempre será para nuestra salvación y santificación –aunque no entendamos de inmediato cómo- y nos será de gran ayuda para el ánimo considerar amorosamente y con gratitud los dolores de Cristo en su Pasión.

Hagamos el propósito de estar más cerca de la Virgen de la Pasión de su Hijo, y pidámosle que nos enseñe a contemplarle en esos momentos en los que tanto sufrió por nosotros.

Para tratar de la Pasión Muerte y Resurrección de Jesucristo y de la venida del Espíritu Santo, hemos realizado la siguiente división: introducción, huerto de los olivos, juicio a Jesús, Jesús flagelado, muerto y sepultado.

Introducción

La Pasión Muerte y Resurrección de Jesucristo se refiere a las últimas horas que Jesús pasó en la tierra. Comienza con la Oración en el Huerto de los Olivos. Aunque es necesario hablar antes, aunque sea brevemente, de a Última Cena.

En todo este relato se advierte que Jesús era plenamente consciente de los que estaba sucediendo, es decir, dejó hacer “para que se cumpliesen las Escrituras”. Y de ese modo obedecer a Dios Padre de manera total y absoluta.

Las Pasión y muerte de Jesús es la culminación de su Vida, o mejor dicho, de la Redención del género humano.

Antes de la Pasión Jesús se reunió con los Apóstoles para celebrar la cena de Pascua, a la que él dio un nuevo significado y un mandato: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19).

Huerto de los olivos

Después de la Cena salieron hacia el Huerto de los Olivos. Allí Jesús oró a Dios Padre: “Y adelantándose un poco, se postró rostro en tierra mientras oraba diciendo: Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no sea como yo quiero, sino como quieras Tú” (Mt 26, 39).

Judas, uno de los apóstoles, conocía este huerto porque muchas veces Jesús se había reunido allí con sus discípulos. Llegó allí Judas acompañado de los guardias designados enviados por los príncipes de los sacerdotes y ancianos del pueblo, para detenerle. Iban armados con espadas y palos y se alumbraban con antorchas. El traidor les había dado por seña: “Aquel a quien yo bese, ése es: prendedlo. Y al momento se acercó a Jesús y dijo: Salve, Rabí; y le besó” (Mt 26, 47-49). Entonces se acercaron a Jesús y le detuvieron. Los apóstoles huyeron.

Juicio a Jesús

El Sumo Sacerdote y los príncipes de los sacerdotes ya habían decidido su muerte pero hicieron una farsa de juicio para dar apariencia de legalidad al proceso contra Jesús. Había testigos falsos y poder acusarle, pero no conseguían una prueba cierta (Cf. Lc 22,54). Al final le preguntó el Sumo Sacerdote si era el Hijo de Dios, y ante esa pregunta Jesús respondió: “Tú lo has dicho. Además os digo que en adelante veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo” (Mt, 26, 64). El Sumo Sacerdote y los allí reunidos juzgaron esas palabras como blasfemas y decidieron darle muerte.

Al amanecer, el Sumo Sacerdote y los ancianos del pueblo hicieron un plan conducir a Jesús ante Pilato, el gobernador romano. Acudían al gobernador para poder dar muerte a Jesús, porque solamente el gobernador romano podía imponer una sentencia de muerte.

El gobernador lo interrogó e inmediatamente se dio cuenta que Jesús era inocente y que se lo habían entregado por envidia.

En todo este interrogatorio Jesús habló poco, manifestando su majestad (Cf. Mt 26, 64).

Los Sumos Sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la puesta en libertad de Barrabás, un preso famoso, y la muerte de Jesús.

“Pilato les dijo: ¿Y qué haré con Jesús, el llamado Cristo? Todos contestaron: ¡Sea crucificado! Les preguntó: Pues ¿qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban más fuerte: ¡Sea crucificado! Al ver Pilato que no adelantaba nada, sino que el tumulto iba a más, tomó agua y se lavó las manos ante el pueblo diciendo: Soy inocente de esta sangre; vosotros veréis. Y todo el pueblo gritó: ¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos! Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de haberle hecho azotar, se lo entregó para que fuera crucificado” (Mt 27, 23-27).

Jesús flagelado, muerto y sepultado

Pero antes de la crucifixión, Jesús sufrió el terrible castigo de la flagelación. Consistía este tormento en que el reo era atado a un poste inclinado hacia delante, desnudo y flagelado en la espalda, los muslos y los brazos. Sin limitación del numero de golpes, pero hasta que el reo estuviese al limite de resistencia física para que no muriera antes de llegar al patibulo.

El látigo, “flagelum” era de varias tiras con pedazos de huesos, metal y en ocasiones tenían pequeños garfios en las puntas.

Finalizada la flagelación, Jesús soportó nuevas burlas y tormentos: le colocaron una corona de espinas unida por unas ramas flexibles, que en el cuero cabelludo permitía un sangrado abundante, y en la mano derecha una caña. Doblando la rodilla ante él, le decían de burla: “¡Salud, rey de los judíos!”. Le escupieron, le quitaron la caña y le pegaron en la cabeza. (Cf. Mt 27, 27-31)

La muerte en la cruz era un castigo reservado a delincuentes y con el motivo de dar un gran escarmiento, ya que se trata de una de las muertes más dolorosas que existen.

Se obligaba al reo a llevar sobre su hombros el “patibulum”, el leño horizontal, que pesaba unos 50 kilos.

Llegados al lugar del suplicio, se colocaba al reo sobre la cruz y se le clavaban manos y pies al madero. Las medidas de los clavos eran de 12,5 de largo y 3,15 de ancho. A continuación levantaban la cruz. La tortura consistía en una muerte lenta. La postura del crucificado dificultaba la respiración y morían por asfixia. Para evitar esta asfixia se tenían que levantar sobre los clavos del pie y poder respirar escasamente .

Normalmente, el verdugo rompía las piernas al reo para acelerar a muerte. Consta que a Jesús no le rompieron las piernas si no que le atravesaron el costado con una lanza, porque al ir a romperle las piernas ya se encontraba muerto (Cf. Jn 19, 31-34).

Los judíos, para respetar el día santo del sábado, no solían realizar ningún género de trabajo ese día, por lo que el viernes, día en que murió Jesús, fue sepultado a toda prisa, sin poder tener con Él los cuidados que se daban a los cadáveres (lavado del cuerpo…). Por este motivo, al amanecer del domingo, se acercaron al sepulcro unas mujeres y vieron que Jesús había resucitado (Cf. Mc 16,9).

La Pasion de Cristo para Niños

Entre los grandes misterios de amor de Jesucristo que nos narran los Evangelios, lo que más sobrecoge es su Pasión, su Muerte y Resurrección. Los evangelistas nos van contando la traición de Judas, el juicio inicuo ante los tribunales, la flagelación y coronación de espinas y la sentencia de muerte. Con la cruz a cuestas va camino del Calvario, donde es despojado de sus vestiduras, clavado en la cruz y puesto entre dos ladrones. Después de tres horas de grandes dolores y agonía, Cristo muere. Bajado de la cruz y entregado a su Madre, pusieron a Jesús en el sepulcro.

¿Por qué murió Jesucristo? Para salvarnos, es decir, para obtener el perdón de nuestros pecados y devolvernos la gracia y la amistad con Dios, manifestando su amor y mostrando la malicia del pecado.

1. Jesucristo es el Salvador

Después del pecado de nuestros primeros padres, Adán y Eva, el hombre necesitaba ser redimido. Dios, en su infinito amor hacia los hombres, nos envió a su Hijo para que nos salvara de nuestros pecados. Jesucristo es el Hijo de Dios hecho hombre, que nos ha salvado. Él y sólo Él es el Salvador, el Redentor del hombre.

2. Jesucristo ofrece un sacrificio de valor infinito

En la Sagrada Escritura hay una escena conmovedora: Dios pide a Abrahán que sacrifique a su único hijo. Abrahán obedece heroicamente y toma a Isaac con un haz de leña, subiendo a un monte para sacrificarlo. Pero, una vez probada la fe de Abrahán, Dios no consintió en que fuera sacrificado. (cfr. Génesis 22,1-13).

El sacrificio de Isaac es figura de la Pasión de Cristo, con la diferencia de que Dios no perdonó a su propio Hijo y lo entregó a la muerte por nosotros. Jesús aceptó la voluntad del Padre por caridad y obediencia. Y como era el Hijo de Dios, cualquier cosa que hiciera podía salvarnos, porque todo lo que hacía era de valor infinito. Si quiso sufrir tanto fue para demostrarnos cuánto nos amaba y hacernos comprender la gravedad del pecado.

3. Jesucristo, sacerdote, se ofrece a sí mismo

En el Antiguo Testamento, los sacerdotes eran los encargados de ofrecer los sacrificios a Dios; esos sacrificios se ofrecían por todo el pueblo: unas veces, frutos de la tierra (trigo, vino, etc.), y otras, animales.

Jesucristo, sacerdote eterno, no ofreció cosas de la tierra o animales, sino a sí mismo. Éste es el sacrificio más grande de todos los que se han ofrecido y se pueden ofrecer sobre la tierra, porque es el sacrificio del Hijo de Dios hecho hombre. Jesucristo es, a la vez, el Sacerdote que se ofreció a sí mismo en la cruz y la Víctima de ese sacrificio.

4. ¿Para qué se ofreció Jesucristo en la cruz?

Jesucristo se ofreció en la cruz principalmente por cuatro motivos:

a) Para dar gloria a Dios, su Padre. El fin del hombre es dar gloria a Dios. Jesucristo, representando a todos los hombres, glorificó infinitamente a Dios con su pasión y muerte.

b) Para dar gracias. Con su pasión y muerte Jesucristo dio gracias a Dios en nombre de todos los hombres.

c) Para reparar l ofensa del pecado. Al pecar el hombre se hizo esclavo del pecado y con sus propias fuerzas no podía liberarse; tenía el alma manchada y no podía limpiarla. Con su sacrificio, Jesucristo rompió las cadenas del pecado: su sangre limpió la mancha que los pecados producen en el alma (por el bautismo). Jesucristo entregó su vida por nosotros para que nosotros, muriendo al pecado, podamos vivir la vida de la gracia.

d) Para pedir a Dios lo que necesitamos. Jesucristo, ofreciendo el sacrificio de su vida, hace que Dios Padre escuche siempre lo que le pedimos en su nombre. Por eso, cuando Cristo nos enseñó cómo tenemos que pedir, nos dijo: "Todo lo que pidáis a Dios en mi nombre, se os concederá... Pedid y recibiréis" (Juan 16,23-24).

5. La cruz en la vida del cristiano

El Evangelio nos enseña que el discípulo de Cristo tiene que llevar la cruz: "El que no toma su cruz y me sigue no puede ser mi discípulo" (Lucas 14,27). Jesús llevó la cruz a cuestas también para darnos ejemplo y enseñarnos a amar el sacrificio.

La cruz es el símbolo de los cristianos, que recuerda la pasión y muerte del Señor.

Meditaciones de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo

¿Sacrificio u obediencia?

No se puede abarcar el océano, pero se puede hacer algo mejor: dejarse abarcar por él sumergiéndose en un lugar cualquiera de su extensión. Es lo que sucede con la Pasión de Cristo. No se la puede abrazar totalmente con la mente, ni ver su fondo; pero podemos sumergirnos en ella partiendo de alguno de sus momentos. En esta meditación desearíamos entrar en ella por la puerta de la obediencia.

La obediencia de Cristo es el aspecto de la Pasión que más se pone en evidencia en la catequesis apostólica. «Cristo se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses 2,8); «Por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos» (Romanos 5,19); «Con lo que padeció aprendió la obediencia, y llegado a la perfección se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen» (Hebreos 5,8-9). La obediencia aparece como la clave de lectura de toda la historia de la Pasión, de donde ésta toma sentido y valor.

A quien se escandalizaba de que el Padre pudiera hallar complacencia en la muerte de cruz de su Hijo Jesús, San Bernardo respondía justamente: «No es la muerte lo que le complació, sino la voluntad del que moría espontáneamente»: «Non mors placuit sed voluntas sponte morientis» [1]. Así, no es tanto la muerte de Cristo por sí misma lo que nos ha salvado, sino su obediencia hasta la muerte.

Dios quiere la obediencia, no el sacrificio, dice la Escritura (1 Salmo 15, 22; Hebreos 10, 5-7). Es verdad que en el caso de Cristo Él quiso también el sacrificio, y lo quiso asimismo por nosotros, pero de las dos cosas una es el medio, la otra el fin. La obediencia Dios la quiere por sí misma, el sacrificio lo quiere sólo indirectamente, como la condición que por sí hace posible y auténtica la obediencia.

Intentemos conocer en qué consistió la obediencia de Cristo. Jesús, de niño, obedeció a sus padres; de mayor se sometió a la ley mosaica; durante la Pasión se sometió a la sentencia del Sanedrín, de Pilatos... Pero el Nuevo Testamento no piensa en ninguna de estas obediencias; piensa en la obediencia de Cristo al Padre. San Ireneo interpreta la obediencia de Jesús a la luz de los cantos del Siervo, como una interior, absoluta sumisión a Dios, llevada a cabo en una situación de extrema dificultad:

«Aquel pecado que había aparecido por obra del leño, fue abolido por obra de la obediencia sobre el leño, pues obedeciendo a Dios, el Hijo del hombre fue clavado en el leño, destruyendo la ciencia del mal e introduciendo y haciendo penetrar en el mundo la ciencia del bien. El mal es desobedecer a Dios, como obedecer a Dios es el bien... Así pues, en virtud de la obediencia que prestó hasta la muerte, colgado del leño, eliminó la antigua desobediencia ocurrida en el leño» [2] .

La obediencia de Jesús se ejerce, de forma particular, en las palabras que están escritas sobre Él y para Él «en la ley, en los profetas y en los salmos». Cuando quieren oponerse a su captura, Jesús dice: «Pero, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las cuales así debe suceder?» (Mt 26, 54).

El grande amor que nos ha manifestado Jesucristo

Bien podía Jesucristo habernos salvado sin morir en una cruz ni padecer: bastaba una sola gota de su sangre para redimirnos, o una sencilla súplica hecha a su Padre eterno; porque siendo ella de valor infinito por razón de su divinidad, era suficiente para salvara infinitos hombres e infinitos mundos; empero no lo hizo así: porque como dice el Crisóstomo, u otro escritor antiguoQuod sifficiebat redemptioni, non sufficiebat amori. Lo que bastaba para redimirnos, no bastaba para manifestarnos el amor extraordinario que nos tenía. Quiso, pues, para demostrarnos lo mucho que nos amaba, no sólo derramar parte de su sangre preciosa, sino toda ella entre tormentos inauditos. Esto significan las palabras siguientes, que pronunció en la noche que precedió al día de su muerte: Esta es mi sangre, que será el sello del nuevo testamento, la cual será derramada por muchos: Hic est enim sanguis meus novi tetamenti qui pro multis effundetur. (Matth. XXVII, 28). La palabra effundetur denota, que Jesucristo en su pasión derramó toda su sangre hasta la última gota: y por esto, cuando después de su muerte le abrieron el costado con una lanza, salió de él sangre y agua, en señal que aquellas eran las últimas gotas de sangre que le quedaban. Se ve, pues, que pudiendo Jesús habernos salvado sin padecer, quiso abrazar una vida toda llena de penas y amarguras, y terminarla con una muerte dura e ignominiosa, cual lo era la de la cruz, propia solamente de esclavos. Los ciudadanos romanos estaban libres de éste género de muerte, y era un crimen castigarlos con este suplicio; pero el Creador de los cielos y tierra, para demostrarnos el grande amor que nos tenía se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz: Humiliavit semetipsum, factus obediens usque ad mortem, mortem autem crucis. (Philip II, 1). No solamente, dice el Apóstol,se humilló hasta morir, sino hasta morir en una cruz, como si fuera un vil esclavo. (DEL AMOR QUE NOS TIENE JESUCRISTO, Y DE LA OBLIGACIÓN QUE NOSOTROS TENEMOS DE AMARLE. POR: SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO)

Cristo, Sacerdote y Víctima

Aquel que se humilló de tal modo―haciéndose hombre primero, luego muriendo, y eso sobre la vergonzosa y agonizante cruz―fue el mismo que desde toda la eternidad, “siendo su naturaleza la de Dios” era “igual a Dios”, tal como lo declara el Apóstol en el versículo precedente. “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios; Él era en el principio, junto a Dios” (Jn. I:1,2); así habla San Juan, un segundo testigo de la misma gran y tremenda verdad. Y él también añade, “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (I:14). Y sobre el final de su evangelio, como sabemos, nos suministra una relación de la muerte de Nuestro Señor sobre la cruz.

Nos aproximamos a ese día, el más sagrado de todos, cuando conmemoramos la pasión y muerte de Cristo. Tratemos de fijar nuestras mentes sobre este pensamiento tan grande. Intentemos también, lo que es tan difícil, dejar de lado otros pensamientos, despejar nuestras mentes de cosas transitorias, temporales y mundanas, y ocupémonos exclusivamente de contemplar al Sacerdote Eterno y su sacrificio único y perenne―ese sacrificio que, aunque completado de una vez y para siempre en el Calvario, sin embargo permanece siempre y que con su poder y gracia podamos tenerlo siempre presente, puesto que en todo tiempo debe ser conmemorado con gratitud y reverente temor, bien que ahora más especialmente, cuando llega el tiempo del año en que sucedió. Contemplemos a Aquel que fue levantado para atraernos hacia Sí; y que merced a que fuimos atraídos hacia Él, resultemos atraídos los unos hacia los otros, de tal modo que podamos comprender y sentir que nos ha redimido a cada uno de nosotros y a todos, y recordemos que a menos que nos amemos, en verdad no podemos amar a Quién dio su vida por nosotros.

Por tanto, con la esperanza de sugerir algunos pensamientos graves para la semana que empieza con este día, haré algunas observaciones que sugiere el texto acerca de aquel acontecimiento tan terrible y a la vez tan gozoso, como lo es la pasión y muerte de Nuestro Señor.

Y en primer lugar, no debería hacer falta decirlo, aunque a lo mejor sí lo es de tan obvio que resulta (pues a veces se dan por sobreentendidas ciertas nociones que así nunca llegan a ser conocidas por quiénes las ignoran), como digo, en primer lugar, siempre deberá recordarse que la muerte de Cristo no constituyó un mero martirio. Mártir es uno que muere por la Iglesia, que es muerto por predicar y sostener la verdad. En verdad, Cristo fue muerto por predicar el Evangelio; y con todo no fue un mero mártir, sino mucho más que eso. Si hubiese sido un hombre solamente, bien podríamos llamarlo mártir, pero no era un hombre solamente, de modo que no es un mero mártir El hombre muere como un mártir, pero el Hijo de Dios muere como sacrificio reparador.

Aquí entonces, como ven, se nos introduce inmediatamente en un tema harto misterioso, por mucho que nos toca de muy cerca. Había una virtud en su muerte que no podría haber en ninguna otra, pues Él era Dios. Por cierto que nosotros no podríamos haber anticipado lo que se seguiría de un acontecimiento tan magno como este, de Dios encarnándose y muriendo en la cruz; pero que algo extraordinario y de gran valor se seguiría de semejante cosa, bien podríamos haberlo adivinado aunque nada se nos dijera sobre el particular. No se habría humillado de tal modo para nada; no podría haberse humillado así (discúlpenme la expresión) sin consecuencias importantísimas. No estaría mal que reflexionáramos un poco sobre lo que se significa con la doctrina del Hijo de Dios muriendo en la cruz por nosotros. No diré que alguna vez terminaremos de agotar el misterio que hay en esto, pero sí podemos entender en qué consiste el misterio; y en esta materia mucha gente se muestra deficiente. No tienen idea acerca de la verdad en este asunto; si la tuvieran, se mostrarían más serios de lo que son. Que se comprenda, entonces, que el Hijo de Dios Todopoderoso, que había estado en el seno del Padre desde toda la eternidad, se hizo hombre; se hizo hombre tanto como que siempre fue Dios. Era Dios de Dios, como dice el Credo; esto es, en tanto Hijo del Padre, contaba con todas aquellas infinitas perfecciones que tenía el Padre. Era de una sustancia con el Padre, y era Dios, porque el Padre era Dios. Era verdaderamente Dios, pero se convirtió en verdadero hombre. Se convirtió en hombre y sin embargo sin cesar de ser, en todos los respectos, lo que había sido antes. Se agregó a Sí mismo una nueva naturaleza, y con todo no tan íntimamente que fuera como si de hecho dejara de ser lo que había sido antes, cosa que no hizo. “El Verbo se hizo carne”: incluso esto parecería misterio y maravilla bastantes, pero ni siquiera eso es todo; no sólo fue “hecho hombre” sino que, tal como continúa diciendo el Credo, también “fue crucificado por nosotros en tiempos de Poncio Pilato, padeció y fue sepultado”.

Ahora bien, aquí, digo, hay un nuevo misterio en la historia de su humillación, y si pensamos en eso veremos que contamos con una nueva y solemne iluminación al leer los capítulos que tocan esta semana. He dicho que después de su Encarnación la naturaleza del hombre era tan verdaderamente de Cristo como lo eran sus atributos divinos; San Pedro incluso llega a hablar de Dios “comprándonos con su propia sangre” (I Pet. I:18,19) y San Pablo de que “crucificaron al Señor de la Gloria” (I Cor. II:8), expresiones que, más que otras, muestran cómo absoluta y sencillamente Él se puso sobre Sí la naturaleza del hombre. Así como el alma actúa a través del cuerpo como su instrumento―de un modo más perfecto, pero con igual grado de intimidad, el Verbo Eterno de Dios actuó a través de la humanidad que había adquirido. Cuando hablaba era literalmente Dios hablando; cuando sufrió, era Dios sufriendo. No que la misma Naturaleza Divina pudiera sufrir, así como nuestra alma no puede ver ni oír; pero, así como el alma ve y oye a través de los órganos del cuerpo, así Dios Hijo sufrió en aquella naturaleza humana que había adquirido para Sí y hecha propia. Y en aquella naturaleza en verdad sufrió Él; tan verdaderamente como decimos que creó los mundos mediante su poder Todopoderoso, así también, mediante su naturaleza humana, Él sufrió; pues cuando vino sobre la tierra, su humanidad se convirtió tan verdadera y personalmente en cosa suya, como que su poder Todopoderoso había durado por los siglos de los siglos... (SERMÓN DEL CARDENAL JOHN HENRY NEWMAN)

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