Cuentos de Terror y Cuentos de Terror Cortos

Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos. . .” Lucas 16:23

LOS TERRORES DEL INFIERNO

"Así será el fin del mundo; los ángeles saldrán y sacarán a los malos de entre los justos, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el crujir de dientes".

La doctrina del infierno es una de las más olvidadas de toda la Escritura. Cuando hoy se menciona el infierno, generalmente es ridiculizado, como si toda la idea del infierno estuviera tan pasada de moda que sólo los ingenuos e ignorantes pudieran creer que un lugar así realmente exista. Esto no es difícil de entender. El hombre natural aborrece la idea de tener que dar cuenta de su vida delante de un Dios santo, él (el hombre natural), ama el pecado y no quiere vivir sin él. La mente no regenerada presenta una objeción tras otra con tal de no encarar la realidad del infierno.

El ser humano vive su vida pensando que si ignora una dificultad por un determinado tiempo puede que ésta desaparezca. Hasta los líderes religiosos tenidos por "conservadores" comienzan ahora a atacar la idea del infierno. Dejemos que los hombres hagan lo que les plazca, seguros de que las frívolas objeciones de los necios no conseguirán destruir la realidad del infierno. En medio del clamor que busca aniquilar el infierno están aquellos que creen que la Biblia es verdad, estos deben pararse y hablar. Meditar en los terrores del infierno puede ser uno de los ejercicios mas importantes que puedas hacer en esta vida. Si "el que oye el sonido de la trompeta no se da por advertido, y viene una espada y se lo lleva, su sangre recaerá sobre su cabeza" (Ezequiel 33:4). Pido el favor de que el lector se tome el tiempo de leer este librito hasta el final.

¿Por qué debería uno preocuparse por el infierno? ¿Por qué gastar tiempo leyendo sobre el infierno? Son varias las razones que nos muestran el beneficio de hacerlo: Oír de los terrores del infierno puede chocar a la consciencia y despertarle de su falsa seguridad. Saber del infierno contribuye a detener al hombre de su camino de pecado. Tanto el piadoso como el malvado son persuadidos de no pecar cuando recuerdan regularmente los terrores del infierno.

Conocer los terrores del infierno puede ayudar a despertar a aquellos que piensan que son salvos sin estado de gracia o de la verdadera fe sólo porque creen en Cristo o en los hechos del Evangelio, pero que no son realmente salvos sino que están camino del infierno, sin saberlo. Predicar la doctrina del infierno es beneficioso tanto para creyentes e incrédulos por igual, como será demostrado. ¿Por qué las personas no tienen miedo del infierno?

Parece que hoy hay una real carencia de miedo a la realidad del infierno. Esto afecta tanto a aquellos que asisten a la llamada iglesia como a los que viven en el mundo. La gente no teme el infierno, ¿por qué? Una persona no tendrá miedo de un león cuando es un cuadro en la pared. ¿Cómo es esto?

Bueno, se trata sólo de una pintura. Sabe que no es real. Pero si esa persona fuera dejada sola en la jungla y se topara cara a cara con una león real, rugiendo ferozmente, entonces se llevaría un susto de muerte.

La consciencia del ser humano tocante al infierno es semejante a la del hombre que sólo ve un león pintado en un cuadro. Sin embargo, oímos del infierno en la Biblia. Sabemos que el Señor Jesús habló del infierno. De hecho, Cristo habló más del infierno que de ninguna otra cosa en las Escrituras. ¿Cómo es que los hombres no creen que el infierno es real? Porque no han escuchado lo suficiente sobre él. No han estudiado todo lo que la Biblia enseña sobre el tema.

No es lo que oímos solamente lo que contribuye a forjar nuestra creencia, lo que no oímos también contribuye a formar nuestro sistema de creencias. Únicamente el Espíritu Santo puede presentar a nuestros corazones los terrores del infierno de tal modo que los sintamos tan reales como nunca antes.

Coinciden los Teólogos en que la más horrenda de las penas del Infierno es la pérdida definitiva y para siempre del fin para el cual hemos sido creados los seres humanos: la posesión y el gozo de Dios, viéndolo "cara a cara". Ya que sólo Dios puede satisfacer el ilimitado deseo de felicidad que El mismo ha puesto en nuestra alma para ser satisfecho sólo por El, puede comprenderse cuán grande puede ser la pena de no poder disfrutar de lo que se denomina la Visión Beatífica. Para resumir esta pena en palabras de San Agustín, "es tan grande como grande es Dios".

Jesucristo también nos da algunas descripciones del Infierno, en el que otro de los tormentos es el sentido de eternidad. Es un sitio de fuego, pero es un fuego que no se extingue, sino que es eterno, sin descanso, sin tregua, sin fin ... para siempre ...

"Los malvados ... los arrojará en el horno ardiente. Allí será el llanto y el rechinar de dientes" (Mt. 13, 42). "Y a ese servidor inútil échenlo en la oscuridad de allá afuera: allí habrá llanto y desesperación" (Mt.25,30). "Malditos: aléjense de Mí, al fuego eterno" (Mt. 25, 41).

Quienes se obstinan en no abrirse al Evangelio, se predisponen a una "ruina eterna, alejados de la presencia del Señor y de la gloria de su poder" (2 Ts. 1, 9). Así resume los datos de la fe sobre este tema: Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de El para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra Infierno. La condenación consiste precisamente en que el hombre se aleja definitivamente de Dios, por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción. La sentencia de Dios ratifica ese estado.

La Voluntad de Dios es que todos los hombres lleguen a disfrutar de la Visión Beatífica. Dios no predestina a nadie al Infierno. Para que alguien se condene es necesario que tenga una aversión voluntaria a Dios, un enfrentamiento o una rebeldía contra El y, además, que persista en esa actitud hasta el momento de la muerte.

Hemos nacido y vivimos en esta tierra para pasar de esta vida a la eternidad. Y allí habrá o "Vida Eterna" en el Cielo, al que podemos llegar directamente o pasando antes por un tiempo de purificación en el Purgatorio ... o habrá "muerte eterna" en el Infierno.

La doctrina del infierno ha sido usada por Dios en la conversión de pecadores más que ninguna otra de las Escrituras. Ora para que, mientras lees este tratado, el Espíritu Santo pueda mostrarte el infierno tan auténticamente real como es.

Serie de Relatos o Cuentos de Terror Sobre el Infierno

Visión del infierno de Sor Faustina Kowalska, según lo escribió en su diario

"Hoy, fui llevada por un ángel a las profundidades del infierno. Es un lugar de gran tortura; ¡qué imponentemente grande y extenso es! Los tipos de torturas que vi: la primera que constituye el infierno es la pérdida de Dios; la segunda es el eterno remordimiento de conciencia; la tercera es que la condición de uno nunca cambiará; la cuarta es el fuego que penetra el alma sin destruirla; es un sufrimiento terrible, ya que es un fuego completamente espiritual, encendido por el enojo de Dios; la quinta tortura es la continua oscuridad y un terrible olor sofocante y, a pesar de la oscuridad, los demonios y las almas de los condenados se ven unos a otros y ven todo el mal, el propio y el del resto; la sexta tortura es la compañía constante de Satanás; la séptima es la horrible desesperación, el odio de Dios, las palabras viles, maldiciones y blasfemias. Éstas son las torturas sufridas por todos los condenados juntos, pero ése no es el extremo de los sufrimientos. Hay torturas especiales destinadas para las almas particulares. Éstos son los tormentos de los sentidos. Cada alma padece sufrimientos terribles e indescriptibles, relacionados con la forma en que ha pecado. Hay cavernas y hoyos de tortura donde una forma de agonía difiere de otra. Yo me habría muerto ante la visión de estas torturas si la omnipotencia de Dios no me hubiera sostenido.

Debe el pecador saber que será torturado por toda la eternidad, en esos sentidos que suele usar para pecar. Estoy escribiendo esto por orden de Dios, para que ninguna alma pueda encontrar una excusa diciendo que no hay ningún infierno, o que nadie ha estado allí, y que por lo tanto nadie puede decir cómo es. Yo, Sor Faustina, por orden de Dios, he visitado los abismos del infierno para que pudiera hablar a las almas sobre él y para testificar sobre su existencia. No puedo hablar ahora sobre él; pero he recibido una orden de Dios de dejarlo por escrito. Los demonios estaban llenos de odio hacia mí, pero tuvieron que obedecerme por orden de Dios. Lo que he escrito es una sombra pálida de las cosas que vi. Pero noté una cosa: que la mayoría de las almas que están allí son de aquéllos que descreyeron que hay un infierno. Cuando regresé, apenas podía recuperarme del miedo. ¡Cuán terriblemente sufren las almas allí! Por consiguiente, oro aun más fervorosamente por la conversión de los pecadores. Suplico continuamente por la misericordia de Dios sobre ellos. Oh mi Jesús, preferiría estar en agonía hasta el fin del mundo, entre los mayores sufrimientos, antes que ofenderte con el menor de los pecados".

(Lucía, Francisco y Jacinta.)

Los Pastorcitos de Fátima

a) Meditación sobre el Infierno y la eternidad:

“Un día llegamos con nuestras ovejas al lugar escogido para pastar, Jacinta se sentó pensativa en una piedra.

- Jacinta ven a jugar

- Hoy no quiero jugar

- ¿Por qué no quieres jugar?

- Porque estoy pensando así: aquella Señora nos dijo que rezásemos el Rosario e hiciésemos sacrificios por la conversión de los pecadores. Ahora cuando recemos el Rosario tenemos que rezar las Avemarías completas y el Padrenuestro entero. ¿Y que sacrificios podemos hacer?

Francisco pensó enseguida en un buen sacrificio:

- Vamos a darle nuestra comida a las ovejas y así haremos el sacrifico de no comer.

En poco tiempo, habíamos repartido nuestro fiambre entre el rebaño. Y así pasamos un día de ayuno más riguroso que el de los austeros cartujos. Jacinta seguía pensativa, sentada en su piedra y preguntó:

- Aquella Señora también dijo que iban muchas almas al infierno. ¿Pero que es el infierno?

- Es una cueva de bichos y una hoguera muy grande (así me lo explicaba mi madre) y allá van los que cometen pecados y no se confiesan y permanecen allí siempre ardiendo.

- Y ¿nunca más salen de allí?

- No

- ¿Ni después de muchos años?

- No, el infierno nunca se termina.

- Y ¿el Cielo tampoco acaba?

- Quien va al Cielo nunca mas sale de ahí.

- Y ¿Y el que va al infierno tampoco?

- ¿No ves que son eternos, que nunca se acaban?

Hicimos por primera vez en aquella ocasión, la meditación del infierno y de la eternidad. Tanto impresionó a Jacinta la eternidad que a veces jugando preguntaba:

- Pero, oye ¿después de muchos, muchos años, el infierno no se acaba?

Y otras veces:

- ¿Y los que allí están, en el infierno ardiendo, nunca se mueren? ¿Y no se convierten en ceniza? ¿Y si la gente reza mucho por los pecadores, el Señor los libra de ir allí? ¿Y con los sacrificios también? ¡Pobrecitos! Tenemos que rezar y hacer muchos sacrificios por ellos.

[El infierno no tiene fin...]

Después añadía

- ¡Que buena es aquella señora. Ya nos prometió llevarnos al Cielo!

b) Visión del Infierno:

Las siguientes son palabras de Lucía, una de las tres pastorcitas que vió a la Virgen en Fátima:

“El Secreto recibido el 13 de julio de 1917 en Fátima consta de tres cosas distintas, de las cuales voy a revelar dos. La tercera ha sido enviada al Papa y reposa en los archivos del Vaticano.

La primera fue, pues, la vista del Infierno.

Nuestra Señora nos mostró un grande mar de fuego que parecía estar debajo de la tierra.

Sumergido en el fuego, los demonios y las almas, como si fuesen brasas que fluctuaban transparentes y negras y bronceadas, con forma humana que fluctuaban en el incendio, llevadas por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo que caían hacia todos lados, parecidas al caer de las pavesas, en los grandes incendios, sin equilibrio ni peso, entre gritos de dolor y gemidos de desesperación que horrorizaba y hacía estremecer de pavor.

Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes negros.

Esta visión fue durante un momento, y ¡gracias a nuestra Buena Madre del Cielo, que antes nos había prevenido con la promesa de llevarnos al Cielo. ¡De no haber sido así, creo que hubiésemos de muerto de susto y de pavor!

Inmediatamente, levantamos los ojos a Nuestra Señora que nos dijo con bondad y tristeza:

- Visteis el infierno a donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo, la devoción a mi Inmaculado Corazón.”

La Desgraciada Viuda

Dos casos más con mujeres que nos harán conocer la terrible realidad del infierno, mucho más en profundidad. En 1859 refería yo, dice Monseñor de Segur, el hecho anterior a un distinguido sacerdote, este del Conde Orloff, superior de una importante comunidad este distinguido sacerdote. Me decía, es espantoso, pero no me sorprende extraordinariamente los hechos de esta clase son menos raros de lo que se piensa, solo que hay siempre más o menos interés en que queden secretos, ya por el honor del aparecido ya por de su familia. Por mi parte ver que lo que de origen seguro he sabido hace dos o tres años, por un pariente muy cercano de la persona a la que le aconteció.

1) Pidamos a Nuestro Señor Jesucristo, la gracia del arrepentimiento y de la perseverancia. 2) Veamos con los ojos de la imaginación, un lugar ardiendo, donde el olor es sofocante. Ya nada se puede hacer, una vez que se entro a ese lugar no se sale jamás.

Valoremos la gran misericordia que tuvo Jesús, que nos habla el mismo acerca de este lugar, porque él quiere que el pecador se salve.

HECHOS:

En este momento que yo os hablo, era la navidad de 1859 vive aun esa señora que tiene no más de cuarenta años de edad. Hallábase en Londres en el invierno de 1847 a 1848, era viuda de casi veintinueve años, mundana, rica y hermosa. Entre los elegantes que frecuentaban sus salones distinguiase un joven lord, cuyas galanterías la comprometían singularmente y cuya conducta por otra parte no era para nada edificante, una tarde o más bien una noche, estaba nuestra viuda leyendo en su cama no se qué novela, esperando el sueño. Suena a la una en su reloj y apaga su bujía. Iba a dormirse cuando, con gran asombro noto que una luz pálida que parecía salir de la puerta del salón se esparcía poco a poco por su aposento y aumentaba por instantes. Pasmada abrió cuanto pudo los ojos ignorando lo que significaba aquello. Empezaba a asustarse, cuando ve abrirse lentamente la puerta del salón y entrar en su cuarto al joven lord, cómplice de sus desordenes.

Antes que pudiera decirle una sola palabra, estaba ya cerca de ella, la tomaba del brazo izquierdo y con ronca voz, le decía en ingles: “Hay un infierno” El dolor que sintió esta señora en su brazo fue tan grande que se desmayo. Cuando volvió en sí, media hora después llamo a su camarera, la cual cuando entro percibió un fuerte olor a carne quemada y acercándose a su señora que apenas podía hablar viole en la muñeca una quemadura tan profunda que se le veía el hueso y la carne casi consumida. Quemadura que tenia de largo una mano de hombre. Además advirtió que desde la puerta del salón hasta la cama y de esta a la referida puerta, la alfombra tenia impresa las pisadas de un hombre, que habían quemado la tela de parte a parte. Por orden de la dama, abrió la puerta del salón y había también huellas en las alfombras. Al día siguiente la desgraciada señora supo horrorizada que aquella misma noche, hacia la una de la madrugada el lord había sido encontrado embriagado en la mesa, que sus criados lo habían trasladado a su gabinete y que había muerto en sus brazos. “Ignoro”. Me añadió el superior si esta terrible lección a convertido de versas, a la desgraciada. Pero lo que se es que vive todavía y que para ocultar a las miradas la huella de su siniestra quemadura, lleva en el brazo izquierdo a manera de brazalete una larga cinta de oro que no se quita ni de día ni de noche. Repito que me suministro estos detalles un pariente cercano de ella formal cristiano, a cuya palabra doy el más completo crédito.

Conclusión y suplicas:

A pesar del velo con que se ha cubierto y ha debido cubrirse esta aparición, me parece imposible que se ponga en duda su indisputable autenticidad. Ciertamente no será la dama del brazalete, quien necesite que se le pruebe que hay realmente un infierno. Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra, mereceremos entrar con El en la boda y ser contados entre los santos y no nos mandarán ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde "habrá llanto y rechinar de dientes”.

Dios no predestina a nadie a ir al infierno; para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final. En la liturgia eucarística y en las plegarias diarias de los fieles, la Iglesia implora la misericordia de Dios, que "quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión".

Catalina

También cuenta la historia que San Francisco de Girolamo, célebre misionero de la compañía de Jesús, a principios del siglo XVIII, había estado a cargo de dirigir las misiones en el reino de Nápoles. Un día en el que predicaba en la plaza de dicha ciudad, algunas mujeres de mala vida que había reunido una de ellas llamada Catalina, se esforzaba por interrumpir el sermón de San Francisco de Girolamo, con sus cantos y sus ruidosas exclamaciones para obligar al cura a retirarse. Pero este continúo su discurso sin dar a conocer que advirtiese sus insolencias, algún tiempo después volvió a predicar en la misma plaza, viendo cerrada la puerta de la habitación de Catalina y un profundo silencio, toda la casa, casa de mala vida, que ordinariamente estaba muy alborotada. El santo dijo, “¿Qué le ha sucedido a esa mujer?”. “No lo sabe usted, la desdichada murió ayer, sin poder pronunciar palabra”. “¿Cómo?” replica el santo. “Catalina ha muerto, a fallecido repentinamente, entremos y veamos”. Abrece la puerta sube la escalera, seguido por una multitud, en la sala que estaba tendido en tierra, el cadáver encima de un paño con cuatro cirios según la costumbre del pueblo Napolitano. Mírale un tiempo con espanto y después le dice con voz solemne. “Catalina donde estas ahora” El cadáver permanecía mudo. Entonces el santo repitió. “Catalina donde estas ahora, te mando me digas donde estas” Entonces con gran pasmo de todo el mundo, abrieronse los ojos del cadáver, sus labios se agitaron convulsivamente, y con voz cavernosa y profunda responde. “En el infierno, estoy en el infierno”. A estas palabras los asistentes huyen aterrorizados, y baja con ellos el santo repitiendo. “En el infierno, ¡oh Dios! En el infierno lo habéis oído, en el infierno” La impresión de este prodigio fue tan viva, que un buen número de los que la presenciaron, no se atrevieron haber vuelto a sus casas sin haberse confesado antes.

Conclusión y suplicas: Recordemos en aquel hermoso pasaje del libro de la Sabiduría, en que tan admirablemente pinta la desesperación de los condenados añade, he aquí lo que dicen en el infierno, aquellos que han pecado pues la esperanza del impío se desvanece como el humo que el viento se lleva. En otro de los libros llamado Eclesiástico Salomón dice también, la multitud de los pecadores es como un manojo de estopas y su último fin es la llama de fuego, tales son los infiernos, las tinieblas y las penas. Jesús, Verdad Eterna, Te suplico e imploro Tu misericordia para los pobres pecadores. Oh Sacratísimo Corazón, Fuente de Misericordia de donde brotan rayos de gracias inconcebibles sobre toda la raza humana. Te pido luz para los pobres pecadores. Cuando agonizabas en la cruz, no pensaste en Tí, sino en los pobres pecadores y rogabas al Padre por ellos. Quiero que también mis últimos momentos sean completamente semejantes a los Tuyos en la cruz. Hay un solo precio con el cual se compran las almas, y éste es el sufrimiento unido a Tu sufrimiento en la cruz.

SAN BRUNO

En la vida de San Bruno, fundador de los cartujos, se encuentra un hecho estudiado muy a fondo, por los doctísimos bolandistas, y que presenta ala critica más formal, todos los caracteres históricos, de la autenticidad. Un hecho acontecido en Paris, en pleno día, en presencia de muchos miles de testigos, cuyos detalles han sido recogidos por sus contemporáneos y que ha dado origen a una gran orden religiosa. Acababa de fallecer un célebre doctor de la universidad de Paris, llamado Reimond Diocre, dejando universal admiración entre todos sus alumnos, corría el año 1082, uno de los más sabios doctores de esos tiempos conocido por todo Europa por su ciencia, su talento y sus virtudes, llamado Bruno, hallábase en Paris con cuatro compañeros, y se hizo un deber asistir a las exequias del ilustre difunto. El cuerpo se había depositado en la gran sala de la cancillería cerca de la Iglesia de Nuestra Señora y una inmensa multitud rodeaba respetuosamente la cama, en la que costumbre de aquella época estaba cubierto el difunto con un simple velo. En el momento en que se leía una de las lecciones del oficio de difuntos, que dice así, “respóndeme cuan grandes y numerosas son tus iniquidades” la cuarta lectura de maitines de la misa de difuntos. Sale de debajo del fúnebre velo, una voz sepulcral y todos los concurrentes, escuchan claramente estas palabras. -“Por justo juicio de Dios he sido acusado”. Acuden inmediatamente, levantan el paño mortuorio, y el pobre difunto estaba allí inmóvil, helado, completamente muerto. Continuose la ceremonia por un momento interrumpida, hallándose aterrorizados y llenos de temor todos los concurrentes, se vuelve a comenzar el oficio, y se llega de nuevo a la referida lección, “respóndeme” y a plena vista de todos, el muerto se levanta y con robusta y acentuada voz dice: -“Por justo juicio de Dios he sido juzgado”. Y vuelve a caer. El terror del auditorio llega hacia su colmo, dos médicos justifican nuevamente su muerte. El cadáver sigue rígido, frio, no se tuvo ya valor para continuar y se aplazo el oficio, hasta el día siguiente. Las autoridades eclesiásticas no sabían que resolver, unos decían, “es un condenado es indigno de las oraciones de la Iglesia”, otros decían “no, todo esto en duda es espantoso, pero en fin, no seremos todos acusados, primero y después juzgados por justo juicio de Dios como dijo el muerto”. El obispo fue de este parecer. Y al día siguiente, a la misma hora volvía a comenzar la fúnebre ceremonia hallándose presente como en la víspera Bruno y sus compañeros. Toda la universidad, todo Paris, había acudido a la Iglesia de nuestra Señor, vuelve pues a comenzar el oficio, a la misma lección respóndeme. El cuerpo del doctor Raimond se levanta de su asiento y con un acento indescriptible que hiela de espanto a todos los concurrentes exclama: “por justo juicio de Dios, he sido condenado” y volvió a caer inmóvil. Esta vez no quedaba duda alguna, el terrible prodigio justificado hasta la evidencia no admitía replica, por orden obispo y previa sesión, se despojo al cadáver de las insignias de sus dignidades y fue llevado al sitio donde se vacían el estiércol o la basura. Al salir de la gran sala de la cancillería, Bruno, San Bruno, que contaría entonces con cuarenta y cinco años de edad, se decidió irrevocablemente a dejar el mundo. Y se fue con sus compañeros a buscar en las soledades de la gran cartuja, un retiro donde pudiese asegurar su salvación, y preparase así despacio para los justos juicios de Dios.

Conclusión y suplicas: Verdaderamente he aquí un condenado que volvió del infierno, no para salir de él, sino para dar de él un irrecusable testimonio. ¡Oh Dios mío! Si yo hubiera muerto en aquella ocasión, ¿dónde estaría ahora? Te doy gracias por haberme esperado y por todo ese tiempo en que debiera haberme hallado en el infierno, desde aquel instante en que te ofendí. Dame luz y conocimiento del gran mal que hice al perder voluntariamente tu gracia... Perdóname, Jesús mío, que yo me arrepiento de todo corazón y sobre todos los males de haber menospreciado tu bondad infinita. Espero que me hayas perdonado... Ayúdame, Salvador mío, para que no vuelva a perderte jamás... ¡Ah Señor! Si volviese a ofenderte después de haber recibido de Vos tantas luces y gracias, ¿no sería digno de un infierno sólo creado para mí?... ¡No lo permitas, por los merecimientos de la Sangre que por mí derramaste! Dame la santa perseverancia; dame tu amor... Te amo, y no quiero dejar de amarte jamás. Ten, Dios mío, misericordia de mí, por el amor de Jesucristo tu amado hijo.

JOVEN CONDENADO POR CALLAR UN PECADO MORTAL EN LA CONFESIÓN

Este joven, se avergonzaba del pecado que había cometido y no lo confeso, había diferido de semana en semana, de mes en mes la confesión de sus sacrilegios continuando sus confesiones y comuniones, por un mísero respeto humano. Atormentado por los remordimientos procuraba acallarlos, haciendo grandes penitencias. De suerte que era tenido por todos por un gran santo, no pudiendo sufrir as entro a un monasterio, “aquí al menos” decíase para sí mismo “lo diré todo y expiare seriamente mis vergonzosos pecados”. Para su desgracia fue acogido como un santo, por los superiores, que conocían su reputación y aumentóse aun más son esto su vergüenza. Aplazo para más adelante sus confesiones, redoblo sus penitencias y pasáronse en este deplorable estado uno, dos y tres años. No se animo nunca a revelar, el horrible y vergonzoso peso que lo agobiaba. Al fin parecía que una mortal enfermedad le facilitaba el medio para hacerlo, decía para sus adentros, “ahora voy hacer antes de morir una confesión general”. Pero sobreponiéndose siempre el amor propio a su arrepentimiento, enredo de tal modo la confesión de su culpa que el confesor no pudo comprender nada. Tenía el vago deseo de abordar de nuevo el asunto al día siguiente pero, le sobrevino un exceso de delirio y este hombre murió.

En la comunidad se ignoraba la horrible realidad, diciendo “si este no está en el cielo, quien de nosotros podrá ir” Le conocían sus penitencias, tan terribles y austeras y se hacían tocar con sus manos, cruces, rosarios y medallas. El cuerpo fue trasladado con una especie de veneración a la isla del monasterio y quedo expuesto en el coro de la Iglesia hasta el día siguiente en que habría que celebrarse los funerales.

Algunos mementos fijados antes de la ceremonia, uno de los hermanos enviado a tocar la campana, vio de repente delante de sí y cerca del altar al difunto, rodeado de cadenas que parecían enrojecidas en el fuego, y apareciendo en toda su persona algo como incandescente. Espantado el pobre hermano, había caído de rodillas y fijos los ojos en esta terrible aparición. El condenado díjole entonces: “No roguéis por mí, pues estoy en el infierno para toda la eternidad” Entonces el condenado conto, la lamentable verdad de su funesta vergüenza y de sus sacrilegios posteriores. Después de lo cual desapareció, dejando en la Iglesia un olor hediondo que se esparció por todo el monasterio, como para atestiguar la verdad, de lo que el hermano acababa de ver y oír. Advertidos luego los superiores, hicieron quitar el cadáver considerándolo indigno de darle sepultura eclesiástica.

Conclusión y suplicas:

¡Cuánto te agradezco, Señor, las luces que me comunicaste!... Ahora siento grandísimo dolor de haberte ofendido, vivo deseo de estar en tu gracia, y profundo aborrecimiento de aquellos malditos placeres que me hicieron perder tu amistad. Y tú, Señor, a pesar de mis muchos pecados, no me abandonaste y deseas mi salvación, me entrego totalmente a Vos, me duelen de todo corazón mis muchos pecados, y propongo querer perder la vida que tu gracia... Y recuerda querido lector, que para cada uno de nosotros Dios ha dispuesto un año en ese año, un mes, en ese mes, un día y ene se día una hora y un minuto donde nos llamara a través de la hermana muerte para juzgarnos, sin misericordia. Que será de tu alma en aquella hora, habrá para ti una eternidad de dichas, inconmensurable cielo para toda la eternidad o la amargura de las llamas que eternamente te abrazaran en el infierno. Recuerda que solo depende de ti.

Visión del infierno de Santa Teresa de Avila, según lo escribió en su autobiografía

Presentación:

Teresa de Jesús (1515-1582), fue escritora influyente y fundadora de la orden religiosa de las carmelitas descalzas. También llamada Teresa de Ávila. En 1555, después de muchos años de sufrir grave enfermedad y someterse a ejercicios religiosos cada vez más rigurosos, experimentó un profundo despertar en el que vio a Jesús, el infierno, los ángeles y los demonios. En ocasiones sintió agudos dolores que, según sus palabras, estaban provocados por la punta de la lanza que un ángel le clavaba en el corazón. Disgustada a causa de la indisciplina de las carmelitas decidió emprender la reforma de la orden y se convirtió, con el apoyo del Papa, en una dura oponente para sus inmediatos superiores religiosos.

Además de una mística de extraordinaria profundidad espiritual, santa Teresa fue una organizadora muy capaz, dotada de sentido común, tacto, inteligencia, coraje y humor.

Relato:

Después de mucho tiempo que el Señor me había hecho ya muchas de las mercedes que he dicho y otras muy grandes, estando un día en oración me hallé en un punto toda, sin saber cómo, que me parecía estar metida en el infierno. Entendí que quería el Señor que viese el lugar que los demonios allá me tenían aparejado, y yo merecido por mis pecados. Ello fue en brevísimo espacio, mas aunque yo viviese muchos años, me parece imposible olvidárseme.

Parecíame la entrada a manera de un callejón muy largo y estrecho, a manera de horno muy bajo y oscuro y angosto. El suelo me pareció de un agua como lodo muy sucio y de pestilencial olor, y muchas sabandijas malas en él. Al cabo estaba una concavidad metida en una pared, a manera de una alacena, adonde me vi meter en mucho estrecho.

Todo esto era deleitoso a la vista en comparación de lo que allí sentí. Esto que he dicho va mal encarecido.

Estotro me parece que aun principio de encarecerse como es no le puede haber, ni se puede entender; mas sentí un fuego en el alma, que yo no puedo entender cómo poder decir de la manera que es. Los dolores corporales tan incomportables, que, con haberlos pasado en esta vida gravísimos y, según dicen los médicos, los mayores que se pueden acá pasar (porque fue encogérseme todos los nervios cuando me tullí, sin otros muchos de muchas maneras que he tenido, y aun algunos, como he dicho, causados del demonio), no es todo nada en comparación de lo que allí sentí, y ver que habían de ser sin fin y sin jamás cesar.

Esto no es, pues, nada en comparación del agonizar del alma: un apretamiento, un ahogamiento, una aflicción tan sentible y con tan desesperado y afligido descontento, que yo no sé cómo lo encarecer. Porque decir que es un estarse siempre arrancando el alma, es poco, porque aun parece que otro os acaba la vida; mas aquí el alma misma es la que se despedaza.

El caso es que yo no sé cómo encarezca aquel fuego interior y aquel desesperamiento, sobre tan gravísimos tormentos y dolores. No veía yo quién me los daba, mas sentíame quemar y desmenuzar, a lo que me parece. Y digo que aquel fuego y desesperación interior es lo peor.

Estando en tan pestilencial lugar, tan sin poder esperar consuelo, no hay sentarse ni echarse, ni hay lugar, aunque me pusieron en éste como agujero hecho en la pared. Porque estas paredes, que son espantosas a la vista, aprietan ellas mismas, y todo ahoga. No hay luz, sino todas tiniebla oscurísimas. Yo no entiendo cómo puede ser esto, que con no haber luz, lo que a la vista ha de dar pena todo se ve.

No quiso el Señor entonces viese más de todo el infierno. Después he visto otra visión de cosas espantosas, de algunos vicios el castigo. Cuanto a la vista, muy más espantosos me parecieron, mas como no sentía la pena, no me hicieron tanto temor; que en esta visión quiso el Señor que verdaderamente yo sintiese aquellos tormentos y aflicción en el espíritu, como si el cuerpo lo estuviera padeciendo.

Yo no sé cómo ello fue, más bien entendí ser gran merced y que quiso el Señor yo viese por vista de ojos de dónde me había librado su misericordia. Porque no es nada oírlo decir, ni haber yo otras veces pensado en diferentes tormentos (aunque pocas, que por temor no se llevaba bien mi alma), ni que los demonios atenazan, ni otros diferentes tormentos que he leído, no es nada con esta pena, porque es otra cosa. En fin como de dibujo a la verdad, y el quemarse acá es muy poco en comparación de este fuego de allá.

Yo quedé tan espantada, y aún lo estoy ahora escribiéndolo, con que ha casi seis años, y es así que me parece el calor natural me falta de temor aquí adonde estoy. Y así no me acuerdo vez que tengo trabajo ni dolores, que no me parece nonada todo lo que acá se puede pasar, y así me parece en parte que nos quejamos sin propósito. Y así torno a decir que fue una de las mayores mercedes que el Señor me ha hecho, porque me ha aprovechado muy mucho, así para perder el miedo a las tribulaciones y contradicciones de esta vida, como para esforzarme a padecerlas y dar gracias al Señor que me libró, a lo que ahora me parece, de males tan perpetuos y terribles.

Después acá, como digo, todo me parece fácil en comparación de un momento que se haya de sufrir lo que yo en él allí padecí. Espántame cómo habiendo leído muchas veces libros adonde se da algo a entender las penas del infierno, cómo no las temía ni tenía en lo que son. ¿Adónde estaba? ¿Cómo me podía dar cosa descanso de lo que me acarreaba ir a tan mal lugar? ¡Seáis bendito, Dios mío, por siempre! Y ¡cómo se ha parecido que me queríais Vos mucho más a mí que yo me quiero! ¡Qué de veces, Señor, me librasteis de cárcel tan tenebrosa, y cómo me tornaba yo a meter en ella contra vuestra voluntad!

De aquí también gané la grandísima pena que me da las muchas almas que se condenan (de estos luteranos en especial, porque eran ya por el bautismo miembros de la Iglesia), y los ímpetus grandes de aprovechar almas, que me parece, cierto, a mí que, por librar una sola de tan gravísimos tormentos, pasaría yo muchas muertes muy de buena gana. Miro que, si vemos acá una persona que bien queremos, en especial con un gran trabajo o dolor, parece que nuestro mismo natural nos convida a compasión y, si es grande, nos aprieta a nosotros. Pues ver a un alma para sin fin en el sumo trabajo de los trabajos, ¿quién lo ha de poder sufrir? No hay corazón que lo lleve sin gran pena. Pues acá con saber que, en fin, se acabará con la vida y que ya tiene término, aun nos mueve a tanta compasión, estotro que no le tiene no sé cómo podemos sosegar viendo tantas almas como lleva cada día el demonio consigo.

Esto también me hace desear que, en cosa que tanto importa, no nos contentemos con menos de hacer todo lo que pudiéremos de nuestra parte. No dejemos nada, y plega al Señor sea servido de darnos gracia para ello.

Cuando yo considero que, aunque era tan malísima, traía algún cuidado de servir a Dios y no hacía algunas cosas que veo que, como quien no hace nada, se las tragan en el mundo y, en fin, pasaba grandes enfermedades y con mucha paciencia, que me la daba el Señor; no era inclinada a murmurar, ni a decir mal de nadie, ni me parece podía querer mal a nadie, ni era codiciosa, ni envidia jamás me acuerdo tener de manera que fuese ofensa grave del Señor, y otras algunas cosas, que, aunque era tan ruin, traía temor de Dios lo más continuo; y veo adonde me tenían ya los demonios aposentada, y es verdad que, según mis culpas, aun me parece merecía más castigo. Mas, con todo, digo que era terrible tormento, y que es peligrosa cosa contentarnos, ni traer sosiego ni contento el alma que anda cayendo a cada paso en pecado mortal; sino que por amor de Dios nos quitemos de las ocasiones, que el Señor nos ayudará como ha hecho a mí. Plega a Su Majestad que no me deje de su mano para que yo torne a caer, que ya tengo visto adónde he de ir a parar. No lo permita el Señor, por quien Su Majestad es, amén.

Andando yo, después de haber visto esto y otras grandes cosas y secretos que el Señor, por quien es, me quiso mostrar de la gloria que se dará a los buenos y pena a los malos, deseando modo y manera en que pudiese hacer penitencia de tanto mal y merecer algo para ganar tanto bien, deseaba huir de gentes y acabar ya de en todo en todo apartarme del mundo.

No sosegaba mi espíritu, mas no desasosiego inquieto, sino sabroso. Bien se veía que era de Dios, y que le había dado Su Majestad al alma calor para digerir otros manjares más gruesos de los que comía. Pensaba qué podría hacer por Dios

Resumen acerca del Infierno de Santa Teresa de Avila

Estando un día en oración, me hallé en un punto toda, sin saber cómo, que me parecía estar metida en el infierno. Entendí que quería el Señor que viese el lugar que los demonios allá me tenían aparejado, y yo merecido por mis pecados. Ello fue en brevísimo espacio; mas, aunque yo viviese muchos años, me parece imposible olvidárseme [...], sentí un fuego en el alma, que yo no puedo entender cómo poder decir de la manera que es. Los dolores corporales tan insoportables, que, con haberlos pasado en esta vida gravísimos, y según dicen los médicos, los mayores que se pueden acá pasar (porque fue encogérseme todos los nervios cuando me tullí, sin otros muchos de muchas maneras que he tenido, y aun algunos, como he dicho, causados del demonio), no es todo nada en comparación con lo que allí sentí, y ver que habían de ser sin fin y sin jamás cesar. Esto no es nada, pues, nada en comparación del agonizar del alma, un apretamiento, un ahogamiento, una aflicción tan sensible y con tan desesperado y afligido descontento, que yo no sé cómo encarecerlo. Porque decir que es un estarse siempre arrancando el alma, es poco; porque aun parece que otro os acaba la vida, mas aquí el alma misma es la que se despedaza. El caso es que yo no sé cómo encarezca aquel fuego interior, y aquel desesperamiento sobre tan gravísimos tormentos y dolores. No veía yo quién me los daba, mas sentiame quemar y desmenuzar a lo que me parece, y digo que aquel fuego y desesperación interior es lo peor [...]; fue una de las mayores mercedes que el Señor me ha hecho, porque me ha aprovechado muy mucho, así para perder el miedo a las tribulaciones y contradicciones de esta vida, como para esforzarme a padecerlas y a dar gracias al Señor, que me libró, a lo que ahora me parece, de males tan perpetuos y terribles (SANTA TERESA, Vida, 32, 1-4).

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