Santa Rosa de Lima Biografía, Milagros, Historia, Vida, Imagen, Virtudes

Se llamaba Isabel Flores de Oliva, pero a los 25 años quiso ser conocida como Rosa de Santa María. Hija de Gaspar y de María, fue bautizada en la Iglesia de San Sebastián, en Lima. Cuentan los biógrafos que a los tres meses de nacida, su cuna apareció rodeada de rosas. El día de su confirmación, el Arzobispo Toribio de Mogrovejo, (igualmente un Santo) la llamó Rosa.

Se han escrito cerca de 400 biografías sobre su persona. Mas de mil rostros en lienzos, estampas y esculturas, hechos entre otros, por renombrados artistas como Zurbarán, Angelino Medoro, Daniel Hernández, Teófilo Castillo, Francisco González y Sérvulo Gutiérrez.

Santa Rosa de Lima Biografía

Su nombre original es Isabel Flores de Oliva, hija del arcabucero español Gaspar Flores y la indígena huanuqueña María de Oliva. Nació en Lima el 30 de abril de 1586. Según su madre, a los tres meses de nacida, su rostro se iluminó como una rosa, por lo que la empezó a llamar Rosa. Tuvo 12 hermanos.

Creció en su casa natal del barrio de Monserrate. Desde su niñez se sintió atraída por la vida religiosa. Oraba, ayunaba y hacía sacrificios identificándose con la pasión de Cristo. Creía que así ayudaba a reparar los pecados de la humanidad.

Cuando tenía 10 años de edad su padre la llevó a Quives, en la sierra de Lima. Aquí don Gaspar trabajó cinco años como administrador de un obraje de indígenas. En ese pueblo Rosa fue testigo del sufrimiento de los indígenas. A los 11 años recibió el sacramento de la Confirmación por parte de Santo Toribio de Mogrovejo.

De regreso en Lima, su hermano Hernando le ayudó a construir una ermita de adobe en el patio de su casa. Aquí oraba, meditaba y cantaba alabanzas a Dios, Jesús y la Virgen María. A los 20 años ingresó como Terciaria a la Orden de los Dominicos y pasó a llamarse Rosa de Santa María. Vistió hábitos blanquinegros, pero no hizo vida conventual.

En su casa incrementó sus penitencias. Se alimentaba poco, bebía agua con hiel de carnero, dormía en cama de troncos y su almohada era de adobe. Usaba una corona con púas que disimulaba con el hábito. También trabajaba haciendo hermosos bordados y acudía a los hospitales para cuidar a los enfermos.

En 1617, Santa Rosa cayó gravemente enferma, al parecer por una tuberculosis. Fue acogida en la casa del contador Gonzalo de la Maza, cuya esposa María de Uzátegui le tenía mucho aprecio a la santa limeña. A pesar de los cuidados que recibió en este hogar, Santa Rosa de Lima falleció el 24 de agosto de 1617, a la edad de 31 años.

Milagros de Santa Rosa de Lima

A los tres meses de nacida, una india fue a velar el sueño de la niña y pudo comprobar que su rostro se había convertido en una rosa. Éste es considerado su primer milagro. En su jardín brotó espontáneamente un rosal, siendo éstas las primeras rosas que se produjeron en Lima.

A Santa Rosa se le atribuyen infinidad de milagros, por ejemplo entre los más importantes, el haber protegido a Lima contra el ataque del Corsario Spilberg muy temido por su crueldad; gracias a sus oraciones logró que se retirase sin atacar el Callao ni la capital virreinal, pese a que se hallaban prácticamente indefensos. Ante la amenaza de los corsarios, los castellanos comenzaron las previsiones defensivas, y a la par de los preparativos militares, los frailes domínicos ordenaron a toda la población que elevara sus preces a Dios para alejar el peligro. Rosa se entregó a la plegaria con gran fervor, y cuando las velas holandesas se aprestaban a realizar el desembarco, una gran tormenta dispersó su orden de batalla y la invasión se frustró. Lo más particular es que en esa época del año nunca llueve en esa zona.

Se le atribuye el haber logrado domesticar ciertos mosquitos que revoloteaban al rededor de ella mientras rezaba sus oraciones.

Asimismo, se dice que logró estar simultáneamente en varias partes del mundo.

Se cuenta también que el Papa Clemente IX guardaba dudas sobre su canonización, por lo que exclamó: "Santa y Limeña…? Solo un milagro podría convencerme" y en ese momento empezaron a llover pétalos de rosas.

Historia de Santa Rosa de Lima

Santa Rosa de Lima (Isabel Flores de Oliva) fue hija del arcabucero Gaspar de Flores y la costurera María de Oliva. Nació en Lima el 20 de mayo de 1586. Fue bautizada en la parroquia de San Sebastián.

Creció en su casa natal hasta que a los 10 años fue a vivir con su familia a Quives, hoy Santa Rosa de Quives (Canta). Allí recibió la confirmación de Toribio de Mogrovejo, arzobispo de Lima que se encontraba de visita pastoral.

En 1601 regresó a su casa natal donde con la ayuda de su hermano Hernando construyó una ermita que hasta hoy existe. Allí oraba y cantaba en honor a Dios. A los 20 años vistió el hábito de la Orden Terciaria de Santo Domingo y se consagró a la vida religiosa. Se incrementaron sus ayunos y penitencias, con lo cuales acompañaba la pasión de Cristo para redimir a los hombres del pecado. Esto no le impidió trabajar ayudando a su madre y cuidar a enfermos pobres en un ambiente de su casa.

Falleció en Lima el 24 de agosto de 1617. Su muerte a los 31 años de edad causó mucho pesar en la Ciudad Capital. Más tarde fue proclamada santa y Patrona de América por el papa Clemente X (12 de abril de 1671).

Vida de Santa Rosa de Lima

Desde pequeña, Rosa mostró su inmensa piedad y devoción por el Señor y su vocación permanente por ayudar a los demás, a tal extremo que sus padres pretendieron apartarla de este santo camino para buscarle un matrimonio conveniente. Más ella, sin renunciar a la obediencia que siempre profesó a sus padres, nunca cedió a esas pretensiones.

Su ferviente amor a Dios lo expresaba en diversas prácticas de penitencia que asumió desde pequeña. A los diez años de edad ayunaba a pan y agua. Comía muy poco. En su dormir también fue muy exigente consigo misma, ya que colocaba maderos en su lecho y virutas y cañas en su almohada. Utilizaba silicios para mortificar su frágil cuerpo. Pero todo esto sólo se puede entender al conocer el gran amor que llenaba el interior de la Santa. Todo esto era la expresión de un corazón que desbordaba de piedad por Cristo. Amor que le llevó a rezar durante la penosa y larga enfermedad que precedió a su muerte: "Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor".

Hacia el año de 1606 recibió el hábito de la tercera Orden de Santo Domingo. Pero Rosa nunca llegó a pisar los claustros. Quiso Dios que Rosa permaneciera en el mundo embelleciéndolo con su presencia. Santa Rosa buscó el silencio en una pequeña cabaña que ella misma construyó en el huerto de su casa y desde allí se dedicó a una intensa vida de oración, lo que le permitió disfrutar de innumerables experiencias místicas.

Dios le otorgó gracias extraordinarias pero también permitió que sufriese persecuciones por parte de sus amigos y conocidos, poniendo a prueba su carácter de santidad. Las tentaciones del maligno también estuvieron presentes, pero ella supo responder con mucha oración y penitencia.

Dios llamó a su lado a Santa Rosa el 24 de agosto de 1617, cuando la joven apenas tenía treinta y un años de edad. Al funeral asistieron representantes del Cabildo y la Audiencia de Lima, quienes junto a miles de pobladores la acompañaron en su último recorrido, quizás sospechando que esa frágil y bella Rosa había logrado que la gracia divina cayera sobre la ciudad de Lima, y que su dulce nombre ya no podría desligarse nunca más de la capital peruana.

Virtudes de Santa Rosa de Lima

Hay una jerarquía, una graduación de poder y de perfección en los elementos que componen nuestro ser. Somos carne y espíritu, organismo y alma, sensación e inteligencia. El espíritu, el amor, la inteligencia es el principio soberano. La carne es cosa mudable, accidental y transitoria; su función es servir, recibir la impulsión, ser dominada por la unidad moral, por la luz interna que llevamos.

Estos dos principios a veces y generalmente engendran movimientos contrarios. Uno lleva a la sensualidad y tiende en su desarrollo a la bestialidad; y otro lleva a la percepción y tiende en su desarrollo a la espiritualidad. ¿Cuál debe dominar? El espíritu. De aquí nace la necesidad del combate, la lucha y el triunfo de la bestialidad o del espíritu.

Los que han columbrado el fin supremo no pueden abandonar esa atracción celeste que los arrebata del mundo de la sensualidad, y de aquí nace para ellos la necesidad del ascetismo, la práctica, el combate continuo por dominar a la carne.

Todo el mundo que emprende una gran obra, todo guerrero de principios, tiene momentos, días, años de ascetismo, impuestos por la necesidad de servir a la idea de la patria.

En el combate de la vida, el cuerpo y las necesidades, debe contar como cosa secundaria.

En esta disciplina se han formado los grandes hombres, los santos anacoretas que edifican con su ejemplo al mundo corrompido, y también los pueblos heroicos.

Gozamos y sufrimos, física, moral e intelectualmente. Todas nuestras facultades son susceptibles de dirección, todas necesitan esfuerzo, todas exigen sacrificios.

Físicamente, Rosa se privaba de todos los goces del cuerpo. Ayunaba perpetuamente y empezó a hacerlo desde los cinco años de edad.

Se dice que pasó cincuenta días a pan y agua. Y no sólo era la limitación del alimento necesario a las funciones orgánicas, sino que buscaba el modo de hacerlos más desagradables, componiendo ella misma bebidas amargas.

Hizo voto de no comer carne a no ser que sus padres o médicos se lo impusiesen Determinó no comer sino una vez al día, tarde la noche y sólo con pan y agua.

Los viernes sólo comía cinco semillas de naranja, para que su amargura y su número le recordasen la hiel y el número de llagas del Señor.

Oraba doce horas, diez trabajaba para alimentar a sus padres y sólo dos consagraba al descanso.

Para vencer el sueño, se colocaba sobre una cruz, se suspendía de los cabellos a un clavo, o con las manos atadas sin tocar la tierra y continuando en su oración.

Se atormentaba con azotes, cilicios o cadenas. A los cuatro años cargaba gruesas piedras, leños pesados y todo esto orando, pues la oración la sostenía.

Se levantaba de su lecho durante la noche; paseaba por el jardín, llevando la cruz a cuestas.

Se disciplinaba tres veces al día, disciplina de sangre, con cadenas de fierro que era también el ceñidor de su talle.

Cubría su cuerpo con ortigas y espinas y, pareciéndole eso poco aun, se puso un cilicio desde el cuello hasta las orillas.

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