San Pablo de Tarso | San Pedro y San Pablo Apóstol, Biografía, Vida, Día

Saulo de Tarso

Nació hacia el año 10

Murió en Roma entre los años 64 y 67

Pablo de Tarso es considerado uno de los mayores protagonistas en la expansión del cristianismo durante el siglo I. Su obra, recogida en las denominadas "cartas paulinas", constituye la más antigua reflexión teológica acerca de los designios de Yahveh en relación con el Cristo, a quien Pablo afirmó haber visto resucitado.

Vida y Biografía de San Pablo de Tarso

San Pablo, que originalmente llevaba el nombre hebreo de Saulo, pertenecía a la tribu de Benjamín. Él nació en Tarso, capital de Cilicia (Asia Menor), que se destacaba, en aquel tiempo, por su academia griega y la cultura de sus habitantes. Siendo nativo de esta ciudad y descendiente de judíos liberados de la esclavitud romana, Pablo tenía los derechos del ciudadano romano.

Su instrucción final la recibió en Jerusalén, en la famosa academia rabínica del renombrado maestro Gamaliel (Hch. 22:3) que era considerado un gran conocedor de la Ley a pesar de pertenecer a la fracción farisea.

Aquí mismo, según la costumbre hebrea, el joven Saulo aprendió a construir carpas, lo que le ayudó más adelante, a ganarse el sustento con su propio trabajo (Hch. 18:3; 2 Cor. 11:8; 2 Tes. 3:8). Ya que inmediatamente después de terminar su educación, se mostró celoso de las tradiciones fariseas y perseguidor de la fe cristiana. Él fue testigo de la muerte del primer mártir Esteban (Hch. 7:57 -8:1) y luego recibió el poder oficial para perseguir a los cristianos hasta fuera de los límites de la Palestina y Damasco (Hch. 9:1-2).

El Señor, viendo en él al “cáliz para Sí mismo elegido,” en el camino a Damasco, y de una manera milagrosa, lo llamó al servicio apostólico. Durante ese viaje una luz intensa iluminó a Saulo y él cayó ciego a la tierra.

De la luz se escuchó una voz: “¿Saulo, Saulo, porque me persigues?” A la cual Saulo pregunta: “¿Quién eres?” El Señor respondió: “Yo soy Jesús, a quién tu persigues.”

El Señor le indicó ir a Damasco, dónde se le indicaría que hacer. Los acompañantes de Saulo escucharon la voz de Cristo, pero no vieron la luz. Llevándole de la mano a Damasco, el ciego Saulo fue instruido en la fe y al tercer día bautizado por Ananías. Saulo volvió a ver. Desde ese tiempo él se hizo un esforzado predicador de la enseñanza, que anteriormente perseguía. Durante un tiempo fue a Arabia y luego volvió a Damasco para predicar acerca de Cristo.

Poco después de su vuelta a Jerusalén, por mandato del Espíritu Santo, Saulo junto con Bernabé, comenzó su primer viaje apostólico, que duró desde el año 45 al 51 d.C., atravesando toda la Isla de Chipre. Al mismo tiempo convierte a la fe al procónsul Sergio Pablo y, desde ese tiempo, comienza a llamarse Pablo.

Durante el viaje misionero de Pablo y Bernabé fueron fundadas las comunidades cristianas en las ciudades de Asia menor: Pisidia; Antioquía; Iconio; Listra y Derbe. En el año 51 d.C., san Pablo participó del Concilio en Jerusalén, donde se había rebelado fogosamente contra la obligatoriedad de los cristianos convertidos de los paganos de conservar las costumbres mosaicas.

Después de una breve estadía en Antioquía san Pablo comenzó su tercer viaje apostólico (56-58 d.C.), visitando primero como era su costumbre, a las iglesias fundadas previamente, luego se quedó en Efeso, donde durante dos años predicó cada día en la escuela de Tyranno.

De allí escribió su epístola a los Gálatas (a causa de la exacerbación de la fracción judaica) y su primera epístola a los Corintios (a causa de los desordenes surgidos allí y en respuesta a la carta de los Corintios a él). Una insurrección popular contra el apóstol Pablo, dirigida por el orfebre Demetrio, obligó al apóstol a dejar Efeso e irse a Macedonia (Hch. 19). En el camino él recibió la carta de Tito sobre el estado de la iglesia de Corinto y la influencia benéfica de su epístola. Por esta razón mandó a los Corintios la segunda epístola desde Macedonia por intermedio de Tito. En poco tiempo, él llegó personalmente a Corinto y escribió desde allí su epístola a los Romanos, haciendo planes de ir a Jerusalén, pasando por Roma.

Después de despedirse en Melita de los presbíteros de Efeso, san Pablo llegó a Jerusalén, donde, a causa de un levantamiento popular contra él, fue arrestado por los romanos y puesto en prisión, primero por el procónsul Félix y luego por su sucesor Festo. Esto aconteció en el año 59 d.C.

En el año 61 d.C., san Pablo, como ciudadano romano y por su pedido, fue enviado a Roma para que lo juzgue el César. Tuvo un naufragio cerca de la Isla de Malta y llegó a Roma recién en el verano del 62 d.C. Los gobernantes romanos le tenían una gran consideración y pudo predicar libremente. Con esto termina el relato de su vida en el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch. Cap. 27 y 28). Desde Roma san Pablo escribió sus epístolas a los Filipenses (con el agradecimiento por la ayuda monetaria enviada a él por Epafrodito), a los Colosenses, a los Efesios y a Filemón, habitante de Colosas (a causa de un esclavo fugitivo Onésimo). Estas cuatro epístolas fueron escritas en el año 63 d.C. y enviadas con Tichíco. También desde Roma en el año 64 ha sido escrita la epístola a los hebreos de Palestina.

Permaneció en Roma, y que por orden de Nerón, fue muerto como mártir en el año 64 d.C.

Día de San Pedro y San Pablo Apóstol

Junio 29: Santos Pedro y Pablo Apóstoles.

La fiesta es antiquísima. Fue incorporada al santoral romano mucho antes que la de Navidad. En el siglo cuarto se celebraban ya tres misas: una en San Pedro en el Vaticano, otra en San Pablo Extramuros, la tercera en las catacumbas de San Sebastián, donde probablemente estuvieron ocultos por un tiempo los cuerpos de los dos santos Apóstoles.

Simón era un pescador de Betsaida, que más tarde se había establecido en Cafarnaum. Su hermano Andrés lo introduce al seguimiento de Jesús: pero Simón quizás había sido preparado para este encuentro por Juan el Bautista. Cristo le cambia el nombre y lo llama PEDRO, de “piedra”, para realizar en su persona el tema de la piedra fundamental. Pedro es uno de los primeros testigos que ve la tumba vacía y tiene una especial aparición de Jesús resucitado. “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. He rogado por ti, para que nunca desfallezca tu fe. Y tú, una vez confirmado en la fe, confirma a tus hermanos”.

Después de la Ascensión Pedro asume la dirección de la comunidad cristiana, enuncia el esquema de la buena nueva y por primera vez toma conciencia de abrir la Iglesia a los paganos. Pablo no duda en contradecirlo en la famosa discusión de Antioquía. Cobertizos posteriores su sangre sobre la colina Vaticana en el martirio de la crucifixión.

PABLO, después de su conversión en el camino de Damasco, recorre en cuatro o cinco viajes los países del Mediterráneo. Hace el primer viaje con Bernabé. Parten de Antioquía, se detienen en la isla de Chipre y luego recorren la actual Turquía. Después de la reunión de los apóstoles en Jerusalén, Pablo inicia el segundo viaje, expresamente “como enviado de los Doce”. Vuelve a atravesar a Turquía, evangeliza a Frigia y Galacia. Pasa luego a Europa junto con Lucas y funda la comunidad de Filipos. Después de un período de prisión, evangeliza a Grecia. En Corinto funda una comunidad que le crea dificultades. Luego vuelve a Antioquía. Un tercer viaje lo lleva a Turquía, a Efeso y a otras iglesias por él fundadas en Grecia y en Corinto.

Después de su regreso a Jerusalén, es arrestado por los hebreos y metido en prisión. Siendo ciudadano romano, Pablo apela al César. Emprende así el cuarto viaje y llega a Roma hacia el año 60. Dura en prisión hasta el año 63 aproximadamente, entra en frecuente contacto con los cristianos de esta ciudad. Escribe cartas a las diversas iglesias por él fundadas, en total 14, escritas durante sus itinerarios apostólicos. En el 63 realiza probablemente su quinto viaje, a España. Pablo sufre el martirio al ser decapitado, en Roma, en las cercanías de la actual basílica de San Pablo Extramuros, hacia el año 67.

Pedro y Pablo: dos nombres que a lo largo de los siglos han personificado la Iglesia entera en su ininterrumpida tradición. El Papa, el Vicario de Cristo, sucesor de San Pedro, con el espíritu de los apóstoles, guía a través de los siglos infaliblemente a la Iglesia de Cristo.

Cartas o Epístolas de San Pablo

San Pablo ha sido uno de los principales evangelizadores e impulsores de la fundación de numerosas comunidades en los primeros pasos de la Iglesia. Su celo pastoral lo llevó al primer anuncio de la Buena Noticia y también a atender las distintas necesidades y responder a las inquietudes que iban surgiendo a través de sus cartas.

En ellas, Pablo enfatiza que todos hemos sido llamados a ser una sola familia en Cristo. Son numerosas sus exhortaciones a vivir en la unidad como hermanos en Jesús. En sus palabras, podemos encontrar un verdadero programa de consejos evangélicos que se puede aplicar en cualquier comunidad cristiana. Los problemas de ayer son los problemas de hoy. Los consejos que Pablo da a las distintas comunidades que visitó nos pueden servir también a nosotros para avanzar en el camino de la vida.

Los escritos paulinos son exclusivamente cartas, pero de tanto valor doctrinal y tanta profundidad sobrenatural como un Evangelio. Las enseñanzas de las Epístolas a los Romanos, a los Corintios, a los Efesios, y otras, constituyen, como dice San Juan Crisóstomo, una mina inagotable de oro, a la cual hemos de acudir en todas las circunstancias de la vida, debiendo frecuentarlas mucho hasta familiarizarnos con su lenguaje.

San Pablo nos da a través de sus cartas un inmenso conocimiento de Cristo. No un conocimiento sistemático, sino un conocimiento espiritual. Él es ante todo el Doctor de la Gracia, el que trata los temas siempre actuales del pecado y la justificación, del Cuerpo Místico, de la Ley y de la libertad, de la fe y de las obras, de la carne y del espíritu, de la predestinación y de la reprobación, del Reino de Cristo y su segunda Venida.

San Pablo fue elegido por Dios para Apóstol de los gentiles es decir, de nosotros y que entramos en la salvación a causa de la incredulidad de Israel, siendo llamados al nuevo y gran misterio del Cuerpo Místico. De ahí que Pablo resulte también para nosotros, el grande e infalible intérprete de las Escrituras antiguas, principalmente de los Salmos y de los Profetas, citados por él a cada paso.

San Pablo ha sido, es y será el gran apóstol de Cristo. Toda la teología le debe a él sus reflexiones y sus principales puntos doctrinales. Pablo de Tarso es un monumento a la gracia de Dios. Pablo nos demuestra cómo Dios no destruye nuestra naturaleza humana, sino que la eleva, la transforma. Dios se sirvió de Pablo para sistematizar la doctrina de Cristo. Cristo no dejó nada escrito, simplemente habló y obró. Pero dejó a sus apóstoles la tarea de anunciar, de palabra o por escrito, su mensaje de salvación.

A través de sus cartas podemos conocer el colosal esfuerzo misionero realizado por Pablo: sus fatigas y peligros; el estado de tensión interior que devoraba su vida; su amor apasionado a Cristo y a la Iglesia; las extraordinarias experiencias místicas con que fue agraciado... Y su magnífica, excepcional personalidad en el esplendor de los contrastes: a la vez teólogo y misionero, fundador y organizador, contemplativo y caminante infatigable; lírico y polemista. Y en cuanto a su carácter: humilde, audaz, sereno, afectuoso, cortés, generoso y prudente.

Frases de San Pablo de Tarso

I Corintios 12, 4-7

4Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; 5diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; 6diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra en todos. 7A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común».

I Corintios 12, 13

«13Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu».

I Corintios 15, 26

«26El último enemigo en ser destruido será la Muerte».

II Corintios 4, 11

«11Pues, aunque vivimos, nos vemos continuamente entregados a la muerte por causa de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal».

II Corintios 5, 20

«20Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!».

II Corintios 9, 6

«6Mirad: el que siembra con mezquindad, cosechará también con mezquindad; el que siembra en abundancia, cosechará también en abundancia».

II Corintios 11, 30

«30Si hay que gloriarse, en mi flaqueza me gloriaré».

II Corintios 12, 10

«10Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte».

Colosenses 1, 18

«18El es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia: El es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea él el primero en todo».

Colosenses 2, 12

«12Sepultados con él en el bautismo, con él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que resucitó de entre los muertos».

Colosenses 3, 2

«2Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra».

Colosenses 3, 9-10

«9No os mintáis unos a otros. Despojaos del hombre viejo con sus obras, 10y revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador».

Colosenses 3, 14

«14Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección».

Efesios 2, 19

«19Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios».

Efesios 5, 8

«8Porque en otro tiempo fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz».

Filipenses 2, 5

«5Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo».

Gálatas 2, 19

«19En efecto, yo por la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios: con Cristo estoy crucificado».

Gálatas 2, 20

«20Y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí».

Gálatas 4, 6

«6La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!».

Gálatas 5, 1

«1Para ser libres nos libertó Cristo. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud».

Gálatas 6, 14

«14En cuanto a mí ¡Dios me libre gloriarme si nos es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo!».

Romanos 5, 3-5

«3Más aún; nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia; 4la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza, 5y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado».

Romanos 8, 12

«12Así que, hermanos míos, no somos deudores de la carne para vivir según la carne, 13 pues, si vivís según la carne, moriréis. Pero si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis».

I Tesalonicenses 4, 7

«7Pues no nos llamó Dios a la impureza, sino a la santidad».

II Timoteo 1, 8

«8No te avergüences, pues, ni del testimonio que has de dar de nuestro Señor, ni de mí, su prisionero; sino, al contrario, soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios».

II Timoteo 2, 11

«11Es cierta esta afirmación: Si hemos muerto con él, también viveremos con él».

II Timoteo 4, 2

«2Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina».

Pablo, el apóstol de la caridad de palabra

San Pablo fue el apóstol de la caridad de palabra; aquél que aconsejó: “No salga de vuestra boca palabra dañosa sino sólo la que sirva para edificar y para hacer el bien a quienes os escuchan”

A nadie le gusta experimentar la amargura de la mentira y del embuste, ni siquiera el sinsabor de una simple mofa o un insulto. Son ratos decepcionantes. Qué desagrado saber que se es víctima de una mala referencia. Se piensa inmediatamente, y no siempre de buena forma, sobre el autor de tal desatino.

Por el contrario, ¡qué delicioso sabor deja una conversación sana o un comentario constructivo donde nadie sale mal parado!

San Pablo fue el apóstol de la caridad de palabra; aquél que aconsejó: “No salga de vuestra boca palabra dañosa sino sólo la que sirva para edificar y para hacer el bien a quienes os escuchan” (Ef 4,29). Y se refería a una costumbre que Él mismo procuraba practicar porque la llevaba a flor de piel: “Hermanos, tened en mucha estima todo lo que hay de verdadero, de justo, de santo, de amable, de elogiable; toda virtud y todo lo que merece alabanza. Practicad todo lo que aprendisteis de mí, lo que recibisteis de mí, lo que oísteis de mí, lo que visteis en mí” (Flp 4,8-9).

A veces es difícil cerrar la boca y morderse la lengua en casos particulares, como cuando se recibe una ofensa, o cuando se antoja alguna ironía. A este respecto, san Pablo recomienda una actitud que rompe todo esquema mundano para sobreponerse en un plano más honroso y caballeroso: la caridad. “La caridad es paciente, es benigna; no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha, no es descortés, no busca el propio interés, no se irrita, no piensa mal, no se alegra de la injusticia; se complace en la verdad” (1Co 13,4-6). ¿Por qué, en lugar de un reclamo, un enojo, una cara fea o un insulto, mejor no se devuelve una sonrisa, una mirada compresiva, una palabra de ánimo, o si es el caso, de perdón? ¿Por qué no, antes de soltar el comentario frívolo, se deja en el bolsillo y se habla de temas edificantes?

Por eso, “Toda acritud, ira, cólera, gritos, maledicencia y cualquier clase de maldad desaparezca de entre vosotros. Sed buenos entre vosotros, perdonándoos mutuamente” (Ef 4,32).

Cuando el Apóstol escribía estas fogosas recomendaciones simplemente hablaba de lo que llevaba en su interior, en su corazón: la caridad. El deseo de comunicarla le consumía por dentro. De hecho, después de su conversión, dedicó toda su vida a transmitir la buena noticia del Evangelio. Sus palabras, aunque firmes, siempre comunicaron noticias positiva de sus muchos viajes, y fueron, además, un bálsamo de consuelo para las diversas comunidades cristianas. No cabe duda de que estuvo bien inspirado en las palabras del Maestro: “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá” (Lc 6, 37).

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