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Aurelius Augustinus, San Agustín

13 de noviembre de 354

28 de agosto de 430

Uno de los Padres de la Iglesia

Nació en Tagaste, pequeña ciudad de Numidia en África. Su padre, llamado Patricio, era aún pagano cuando nació su hijo. Su madre, Santa Mónica, es ejemplo de mujer cristiana y madre abnegada y preocupada siempre por el bienestar de su familia. Su piedad y bondad probados aún bajo las circunstancias más adversas son modelos de vida cristiana. Mónica le enseñó a su hijo los principios básicos de la religión cristiana y al ver como el joven Agustín se separaba de los caminos de Dios se entregó a una oración constante en medio de un dolor inconsolable. Años más tarde Agustín se llamará a sí mismo el "hijo de las lágrimas de su madre".

Vida y Biografía de San Agustín de Hipona

La vida de San Agustín de Hipona es la historia de un recorrido intelectual en busca de la verdad que le llevó de la retórica a la filosofía, del maniqueísmo al neoplatonismo, y de éste al cristianismo.

El propio San Agustín proporciona en sus escritos numerosa información sobre sí mismo. De hecho, una de las principales fuentes documentales para el conocimiento de su vida son sus famosas Confesiones, escrito autobiográfico que aporta datos desde su nacimiento hasta la muerte de su madre Mónica, ocurrida en Roma en el año 387. Junto a ellas, la Vita Sancti Augustini, compuesta entre los años 431 y 439, es decir, inmediatamente después de la muerte de San Agustín, por su amigo y compañero, el obispo de Calama, San Posidio, proporciona numerosa información de su etapa como obispo de Hipona.

Del nacimiento a la conversión: el maniqueo y el escéptico.

Aurelio Agustín nació el día 13 de noviembre del año 354 d.C. en la ciudad de Tagaste (hoy la ciudad argelina de Souk Ahras), situada en la provincia romana de Numidia. De padre pagano y madre cristiana, tuvo dos hermanos, Navigio, contertulio suyo en algunos diálogos, y Perpetua. Su padre, Patricio, al que Agustín dedica escasa atención en las Confesiones, era un funcionario municipal de carácter violento y aficionado a la bebida. Poco antes de morir se convirtió al cristianismo por influencia de su mujer, Mónica, una devota cristiana que ejerció un gran influjo sobre su hijo y hubo de soportar las preocupaciones provocadas por el comportamiento de éste en sus años de juventud.

En Tagaste pasó su infancia y cursó sus primeros estudios. Se conoce bastante mejor su juventud gracias a los datos que da en sus Confesiones. Antes de morir, Patricio reunió dinero suficiente para que Agustín, dotado de una gran inteligencia, prosiguiera su educación en Madaura y en Cartago, ciudad a la que llegó con 16 o 17 años. Allí estudió con éxito gramática y retórica, llegando a ser el mejor alumno de la escuela. Además, conoció a una mujer, cuyo nombre no menciona, con quien mantuvo una larga relación amorosa de la cual nació, en el 372, su hijo Adeodato, quien permaneció con Agustín hasta su temprana muerte acaecida en el 389. Pero el estilo de vida licencioso y disoluto que llevó en esta época- en las Confesiones afirma que llegó a ser "el más vil esclavo de las bajas pasiones"- le deja insatisfecho e inicia una búsqueda intelectual para descubrir la verdad acerca de sí mismo. Comenzaba, así, a los 19 años, su larga evolución interior que le llevaría a recibir el bautismo cristiano.

Descubrió la filosofía gracias a la lectura de un libro hoy perdido de Cicerón, el Hortensius. Se trataba de una exhortación a la filosofía y Agustín se sintió, en seguida, atraído por ella. Sin embargo, Cicerón no ofrecía soluciones ni explicaciones a sus problemas morales.

Agustín se acercó entonces al maniqueísmo y entró en un grupo de Cartago. Abrazó durante nueve años esta secta dualista, muy extendida, por entonces, en el norte de África.

De la conversión al cristianismo a la consagración episcopal.

Esta búsqueda intelectual y espiritual llevó a Agustín al borde de una crisis nerviosa. En agosto del año 386 d.C., cuando estaba en su jardín inmerso en un estado de angustia, oyó la voz de un niño invitándole a leer: Tolle, lege (Toma y lee), lo cual interpretó como un mandato divino para que se acercara a las Escrituras. Agustín se había convertido al cristianismo.

Al finalizar el verano de ese mismo año, poco después de su conversión religiosa, Agustín se retiró a la quinta de Casiciaco, renunciando a la enseñanza y al matrimonio. En este lugar, cercano a Milán y propiedad de su amigo Verecundo, profesor como él, adoptó una forma de vida ascética, acompañado por su madre, su hijo y sus parientes y discípulos Alipio, Trigedio y Licencio. El retiro le permite dedicarse al estudio y a la conversación. Fruto de estas conversaciones son sus primeras obras filosóficas, conocidas por el nombre genérico de Diálogos de Casiciaco: Contra los académicos, Sobre la vida feliz, Sobre el orden y los Soliloquios, en las que nos muestra cuáles eran sus preocupaciones en esta época (la verdad, la felicidad en la filosofía, el orden de la Providencia en el mundo y el problema del mal).

Desde su consagración episcopal hasta su muerte: el doctor de la Iglesia.

En el año 391 se traslada a Hipona (hoy llamada Annaba, en la costa nororiental de Argelia), ciudad portuaria en la que había arraigado con fuerza la herejía donatista. Allí, tras ordenarse sacerdote, el obispo Valerio le donó un huerto donde fundó un monasterio. Empezó entonces a predicar, llegando incluso a exponer un sermón ante los obispos de África, reunidos en Hipona, en el año 393. Continuó también con su labor de apologética y de controversia contra maniqueos y donatistas, fruto de la cual fueron diversas obras entre las que cabe destacar De utilitate credendi.

La reputación de Agustín iba en aumento y el anciano Valerio acudió al primado de Cartago para que lo nombrara obispo auxiliar de Hipona, cargo para el que fue consagrado en el año 396. Cuando Valerio murió poco después, Agustín fue nombrado obispo de Hipona, dignidad que ocupará hasta su muerte. Tenía cuarenta y dos años de edad y ponía fin a una vida de estudio y oración en retiro y en comunidad.

Frases de San Agustín de Hipona

“Las lágrimas son la sangre del alma.

“Sin la justicia, ¿qué son los reinos sino una partida de salteadores?”

“La vanidad de la gloria humana no trae sino viento y vacuidad.”

“La fe consiste en creer lo que no vemos, y la recompensa es ver lo que creemos.”

“Con caridad el pobre es rico; sin caridad, cualquier rico es pobre.”

“Guardaos de las sospechas, que son el veneno de la amistad.”

“Amad a ésta Iglesia, permaneced en esta Iglesia, sed vosotros esta Iglesia”

“En el jardín de la Iglesia se cultivan las rosas de los mártires, los lirios de las vírgenes, las yedras de los casados y las violetas de las viudas”

“En el Cielo dicen Aleluya, porque en la Tierra han dicho Amén”

“Quien no ha tenido tribulaciones que soportar es que no ha comenzado a ser cristiano de verdad”

“Dios no manda cosas imposibles, sino que al mandar lo que manda, te invita a hacer lo que puedas y pedir lo que no puedas y te ayuda para que puedas”

“La oración es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre”

“Aprueba a los buenos, tolera a los malos y ámalos a todos.”

“Reza como si todo dependiera de Dios. Trabaja como si todo dependiera de ti.”

“Cuanto mejor es el bueno, tanto más molesto es para el malo.”

“La ociosidad camina con lentitud, por eso todos los vicios la alcanzan.”

“Equivocarse es humano, perseverar voluntariamente en el error es diabólico.

“La soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano.”

“El hombre no reza para dar a Dios una orientación, sino para orientarse debidamente a sí mismo.”

“No te aflijas, sino alégrate de preferir ser, aún siendo miserable.”

Confesiones de San Agustín de Hipona

El gran protagonista de las Confesiones es Dios. La obra está escrita como continua oración de San Agustín a Dios, en la cual el santo reconoce su pecados y la gran obra que Dios realizó en su vida convirtiéndolo a la fe católica. La finalidad principal no es "confesarse", sino confesar a Dios, es decir, reconocerlo y alabarlo por su bondad infinita.

"Recibid, Señor, el sacrificio de mis Confesiones que os ofrece mi lengua, que Vos mismo habéis formado y movido para que confiese y bendiga vuestro santo nombre" (Conf. 5, 1).

Desde su situación actual de cristiano fervoroso, sacerdote y Obispo, el santo interpreta toda su vida pasada como un camino providencial, por el cual Dios lo fue conduciendo hacia la verdad.

"Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en Ti" (Conf. 1,1,1).

Esta frase sintetiza la trayectoria espiritual de San Agustín tal como se expresa en las Confesiones. Nativo del norte de Africa, ciudadano del Imperio Romano, hijo de padre pagano y madre cristiana, estudiante y luego profesor de Retórica, las pasiones de la adolescencia lo ponen en conflicto con la moral cristiana. Pero la lectura del "Hortensio", diálogo hoy perdido en el que Cicerón exhorta a los jóvenes a buscar la sabiduría, marca el comienzo de la vocación filosófica de San Agustín, que sin embargo no buscará en el catolicismo la deseada verdad, sino en la secta de los Maniqueos, luego de que la Escritura bíblica le parece burda y grosera comparada con el elegante estilo de Cicerón.

Aquellos eran seguidores de Mani, un "profeta" persa que había intentado sintetizar en una sola religión el cristianismo, el zoroastrismo, y el budismo. De la religión de Zoroastro, Mani había tomado la idea de los dos principios o dos dioses, el espiritual, principio del bien, y el material, principio del mal . Todo lo material era intrínsecamente malo, hasta el matrimonio y la familia, y la procreación era mayor pecado que el adulterio. Los maniqueos identificaban al "dios malo" con el Jehová del Antiguo Testamento, Creador del mundo material, y lo distinguían del Dios Padre de Jesucristo, el Salvador. Sobre esta base atacaban a la Iglesia Católica, pues además no podían admitir el dogma central de la Encarnación del Verbo de Dios, dada su concepción de la maldad radical de la materia.

En su crítica a la Iglesia, hacían hincapié en todos los aspectos menos comprensibles del A.T. Atrajeron además a Agustín con una promesa de corte racionalista: si se iba con ellos, no iba a tener que creer nada, sino que todo le sería claramente demostrado.

Por aquel tiempo, Agustín vivía en concubinato con una mujer que le había dado un hijo, y a la cual fue fiel por muchos años.

Convertido al maniqueísmo, participó de la acción proselitista de la secta apartando, con su elocuencia y su saber, a muchos de sus amigos de la Iglesia Católica.

Mientras, su madre Mónica no cesaba de orar y llorar día y noche por su conversión.

Una vez dentro del maniqueísmo, Agustín se entregó con ardor al estudio de las doctrinas de la secta. Sobre todo le inquietaba el problema del mal: ¿de dónde viene?

Sin embargo, San Agustín reconoce que entre tantas cosas buenas que encontró en "los libros de los platónicos", faltaba algo que hizo que no pudiera adherirse a ellos sin reserva, y es que no nombraban a Jesucristo, ni sabían o reconocían que ese Verbo (Logos) cuya eternidad y estabilidad pintaban tan bien, se había hecho hombre para salvarnos.

Vuelve entonces a leer la Escritura, y descubre un sentido muy diferente de aquel que tanto le había chocado en su inexperta mocedad. Con el tiempo llegará a ser uno de los más grandes comentaristas bíblicos de todas las épocas.

San Agustín está al borde la conversión definitiva, pero aún lo retiene la cadena más pesada: no la dificultad teórica, sino la práctica, de orden moral. Acostumbrado a vivir en forma ilícita con su mujer, no se siente con fuerzas para abrazar la moral cristiana. Por intervención de su madre, es separado de aquella con la que había compartido tantos años, y con la que aparentemente no podía casarse por impedimentos jurídicos nacidos de su diferente posición social. Ella se retira a un monasterio en alguna parte de Africa.

Su madre alimenta planes de casarlo con una joven de su conocimiento, pero Agustín, sin poder esperar, se consigue una segunda concubina.

En estas situaciones va fluctuando entre el deseo de conversión y el apego a su actual forma de vida, hasta que un día oye a algunos amigos cristianos narrar la historia de los Padres del desierto, es decir, los primeros monjes, cristianos que precisamente por aquellos tiempos han dejado todo para irse a las soledades de Egipto o Siria, y entregarse allí a la oración y la penitencia, en una vida de auténtica santidad . El relato termina con la noticia de algunos miembros de la corte imperial que han adoptado, en las afueras de la ciudad, ese mismo estilo de vida, renunciando a los honores mundanos.

Este relato provoca la crisis definitiva en Agustín.

"...turbado así en el espíritu como en el rostro, dirigiéndome a Alipio exclamé: "¿Qué es lo que nos pasa? ¿Qué es esto que has oído? Se levantan los ignorantes y arrebatan el cielo, y nosotros, con todo nuestro saber, faltos de corazón, he aquí que nos revolcamos en la carne y en la sangre. ¿Acaso nos da vergüenza seguirles por habernos precedido, y no nos la da siquiera el no seguirles?". (Conf. 8, 8, 19).

Tras la experiencia de la conversión, y ante la luz que la fe cristiana ha arrojado sobre los mismos problemas que antes le parecían insolubles, formula el método correcto: "Creer para entender" (Credo ut intelligam). El hombre no puede salvarse a sí mismo, tampoco a nivel intelectual: ha de comenzar por la fe en la autoridad de la Palabra de Dios, para que, sanada su inteligencia de los errores y su corazón del orgullo y la soberbia, pueda luego ejercitar su razón en la búsqueda de la verdad con la guía constante de la verdad revelada. Más aún, la conversión al Dios de Jesucristo libera al hombre de las ataduras del pecado y lo deja libre para encaminarse sin temor al encuentro de la verdad sobre Dios y sobre él mismo: San Agustín sabe por experiencia propia que los mayores obstáculos en el camino hacia la verdad no son de orden teórico, sino práctico, es decir, de orden moral.

Pero esa fe no es un salto en el vacío, un comienzo totalmente irracional, sino que para ser digna del hombre ha de ser razonable, es decir, ha de estar apoyada en motivos sólidos de credibilidad, que San Agustín desarrolla largamente en muchas de sus obras posteriores a su conversión: las profecías del Antiguo Testamento que se realizan en Jesucristo, sus milagros, su doctrina, su incomparable personalidad, su Resurrección de entre los muertos, y la maravillosa expansión de la fe cristiana por todo el mundo conocido entonces (San Agustín escribe tras la reciente conversión del Imperio Romano a esa religión cristiana que había perseguido por más de dos siglos), tal como estaba también profetizado en el Antiguo Testamento.

Así San Agustín termina por redondear su principio metodológico: "Entiende para creer, cree para entender".

En este ejercicio infatigable de la razón a la luz de la fe, San Agustín ha sido por siglos, hasta Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII, el más grande de los pensadores cristianos, y es uno de los más grandes de toda la historia de la Humanidad. Nadie como él ha pintado la inquietud humana en pos de lo verdadero, dotado como estaba a la vez de una inteligencia muy grande, y de un corazón más grande todavía.

"Pero, ¿qué es lo que yo amo cuando os amo? No es hermosura corpórea, ni bondad transitoria, ni luz material agradable a estos ojos; no suaves melodías de cualesquiera canciones; no la gustosa fragancia de las flores, ungüentos o aromas; no la dulzura del maná, o la miel, ni finalmente deleite alguno que pertenezca al tacto o a otros sentidos del cuerpo.


Nada de eso es lo que amo, cuando amo a mi Dios; y no obstante eso, amo una cierta luz, una cierta armonía, una cierta fragancia, un cierto manjar y un cierto deleite cuando amo a mi Dios, que es luz, melodía, fragancia, alimento y deleite de mi alma. Resplandece entonces en mi alma una luz que no ocupa lugar; se percibe un sonido que no lo arrebata el tiempo; se siente una fragancia que no la esparce el aire, se recibe gusto de un manjar que no se consume comiéndose; y se posee tan estrechamente un bien tan delicioso, que por más que se goce y se sacie el deseo, nunca puede dejarse por fastidio. Pues todo esto es lo que amo, cuando amo a mi Dios.


Pero, ¿qué viene a ser esto? Yo pregunté a la tierra, y respondió: No soy eso; y cuantas cosas se contienen en la tierra me respondieron lo mismo. Pregunté al mar y a los abismos, y a todos los animales que viven en las aguas, y respondieron: No somos tu Dios, búscale más arriba de nosotros. Pregunté al aire que respiramos y respondió todo él con los que le habitan: Anaxímenes se engaña porque no soy tu Dios. Pregunté al cielo, al sol, la luna y las estrellas, y me dijeron: Tampoco somos nosotros ese Dios que buscas. Entonces dije a todas las cosas que por todas partes rodean mis sentidos: Ya que todas vosotras me habéis dicho que no sois mi Dios, decidme por lo menos algo de Él. Y con una gran voz clamaron todas: Él es el que nos ha hecho.


Estas preguntas que digo haber hecho a todas las criaturas, era sólo mirarlas yo atentamente y contemplarlas, y las respuestas que digo me daban ellas, era sólo presentárseme todas con la hermosura y orden que tienen en sí mismas." (Conf. 10, 6).

Y de esta filosofía y teología del amor San Agustín hace el eje de su filosofía y teología de la historia, cuando en la "Ciudad de Dios", una de sus obras más geniales, presenta toda la historia de la humanidad como la historia de la lucha entre dos ciudades, la Ciudad de Dios y la ciudad del mundo, y a esas dos ciudades como constituídas fundamentalmente por dos amores:

"Dos amores hicieron dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, hizo la ciudad del mundo; el amor de Dios, hasta el desprecio de sí mismo, hizo la Ciudad de Dios". (Ciudad de Dios, libro XIV, cap. XXVIII).

Sin la gracia de Dios, el amor humano necesariamente termina curvándose ilícitamente sobre las criaturas, bajo el peso de la herencia de Adán. Para San Agustín, es la muerte de Jesucristo, Hijo de Dios, en la cruz, la que, abriendo para los hombres las compuertas de la gracia celestial, potencia el amor humano por encima de sus mismos límites creaturales, haciéndolo participar, en la fe y en la esperanza, de la Caridad divina. Porque "Dios es Amor" (1 Jn. 4, 8).

Pensamiento de San Agustín de Hipona

Subí al cielo..., pero aún permanezco en la tierra...

Allí estoy sentado a la derecha del Padre; aquí aún tengo hambre y sed, soy peregrino...,

son pisados mis miembros por toda la tierra...

No busques qué dar...

Date a ti mismo...

Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva...

¡Tarde te amé!

Tú estabas dentro de mí y yo fuera..., y por fuera te buscaba...

El no tiene..., tu si..., es tu hermano...

Si aún no eres capaz de dar la vida por el, por lo menos..., comparte con el tus bienes...

Si no..., ¿cómo puedes llamarte cristiano?

La medida del amor es el amor sin medida...

Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón estará insatisfecho hasta que descanse en tí...

Cuando un hombre descubra sus faltas, dios las cubre. Cuando un hombre las esconde, dios las descubre, cuando las reconoce, dios las olvida.

La gente suele ser curiosa por conocer las vidas ajenas y desidiosa para corregir la suya propia.

Cuando rezamos hablamos con Dios, pero cuando leemos es Dios quien habla con nosotros.

El que es bueno, es libre aún cuando sea esclavo; el que es malo, es esclavo aunque sea rey.

En las cosas necesarias, la unidad; en las dudosas, la libertad; y en todas, la caridad.

Existirá la verdad aunque el mundo perezca.

Oraciones de San Agustín de Hipona

Señor Jesús, que me conozca a mi y que te conozca a Ti,

Que no desee otra cosa sino a Ti.

Que me odie a mí y te ame a Ti.

Y que todo lo haga siempre por Ti.

Que me humille y que te exalte a Ti.

Que no piense nada más que en Ti.

Que me mortifique, para vivir en Ti.

Y que acepte todo como venido de Ti.

Que renuncie a lo mío y te siga sólo a Ti.

Que siempre escoja seguirte a Ti.

Que huya de mí y me refugie en Ti.

Y que merezca ser protegido por Ti.

Que me tema a mí y tema ofenderte a Ti.

Que sea contado entre los elegidos por Ti.

Que desconfíe de mí y ponga toda mi confianza en Ti.

Y que obedezca a otros por amor a Ti.

Que a nada dé importancia sino tan sólo a Ti.

Que quiera ser pobre por amor a Ti.

Mírame, para que sólo te ame a Ti.

Llámame, para que sólo te busque a Ti.

Y concédeme la gracia de gozar para siempre de Ti. Amén.


Oración al Espíritu Santo

Ven a mí, Espíritu Santo, Espíritu de sabiduría: dame mirada y oído interior para que no me apegue a las cosas materiales, sino que busque siempre las realidades del Espíritu. Ven a mí, Espíritu Santo, Espíritu de amor: haz que mi corazón siempre sea capaz de más caridad. Ven a mí, Espíritu Santo, Espíritu de verdad: concédeme llegar al conocimiento de la verdad en toda su plenitud. Ven a mí, Espíritu Santo, agua viva que lanza a la vida eterna: concédeme la gracia de llegar a contemplar el rostro del Padre en la vida y en la alegría sin fin. Amén


Jesús es dulzura y amor

¡Oh Salvador mío, fuente inagotable de dulzura y de bondad! No piense yo más que en Vos. Cuando al mismo tiempo que a Vos se ama cualquiera otra cosa, ya no se os ama, ¡oh Dios mío!, con verdadero amor. Oh amor lleno de dulzura, dulzura llena de amor, amor exento de penas y seguido de infinidad de placeres; amor tan puro y tan sincero que subsiste en todos los siglos; amor cuyo ardor no hay cosa que pueda apagar ni entibiar! Jesús, mi adorable Salvador, cuyas bondades, cuyas dulzuras son incomparables, caridad tan perfecta como que sois nada menos que mi Dios Véame yo abrasado en vuestras divinas llamas, de suerte que no sienta ya más que aquellos torrentes de dulzuras, de placeres, de delicias y de alegría, pero de una alegría enteramente justa, enteramente casta, pura, santa y seguida de aquella perfecta paz que solamente en Vos se encuentra. Sea yo abrasado en las llamas de aquel amor, ¡oh Dios mío!, con todo el afecto de mi corazón y de mi alma. No quiero, bien mío, no quiero en lo sucesivo más amor que el vuestro. Amén. En bondad tuya. Amén.


Señor y Dios mío

Señor y Dios mío, mi única esperanza, óyeme para que no sucumba al desaliento y deje de buscarte. Dame la gracia de que yo ansíe siempre ver tu rostro dame fuerzas para la búsqueda, tú que hiciste que te encontrara y que me has dado esperanzas de un conocimiento más perfecto. Ante ti está mi firmeza y mi debilidad sana esta, conserva aquella, ante ti está mi ciencia y mi ignorancia si me abres, recibe al que entra, si me cierras el postigo, recibe al que llama. Haz que me acuerde de ti, que te comprenda y te ame. Acrecienta en mí estos dones, hasta mi cambio completo, cuando arribemos a tu presencia, cesarán estas muchas cosas que ahora hablamos sin comprenderlas, y tú permanecerás todo en todos, y entonces, viviremos siempre, alabándote unánimemente, Y hechos en ti también nosotros una sola cosa.... Amén.

Grande eres, Señor, y laudable sobre manera; grande es tu poder, y tu sabiduría no tiene numero. ¿Y pretende alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación, y precisamente el hombre, que, revestido de su mortalidad, lleva consigo el testimonio de su pecado y el testimonio de que resistes a los soberbios? Con todo, quiere alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación. Tú mismo le excitas a ello, haciendo que se deleite en alabarte, porque nos has hecho para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti. Amén.

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