Baloto y Resultados Baloto


Baloto es la loto en línea de Colombia. Es un juego que consiste en acertar 6, 5, 4 o 3 números dobles en cualquier orden en una matriz del 1 al 45. Se juega a través de un tarjetón donde el apostador señala los 6 números que escoge. Cada tarjetón tiene 5 paneles, es decir, puede apostar hasta en 5 juegos por tarjetón. Baloto ofrece un premio acumulado inicial de 2000 millones de pesos colombianos (más de 1 millón de dólares), el cual se va incrementando en cada sorteo si no hay ganador. Hasta el día de hoy (20 de septiembre de 2012) se juega por un premio acumulado de 117 000 millones de pesos, que equivalen aproximadamente a 60 millones de dólares.


Los días miércoles y sábados por la noche, entre las 10:45 p.m. y 11:15 p.m., después del cierre de ventas, en presencia de todas las autoridades y a través del Canal RCN, Gtech procede a realizar el sorteo donde se escogen al azar los 6 números ganadores.


Una perspectiva bíblica sobre jugar con apuestas


El juego, legal o ilegalmente, es un fenómeno que está ganando aprobación sin precedentes. Porque se ha extendido tanto, los cristianos tienen que examinar esta actividad para determinar las implicaciones éticas y morales.


Definición del juego


Los defensores de jugar con apuestas frecuentemente tratan de poner esta actividad en la misma categoría que otros negocios arriesgados. Describen la agricultura, los negocios, el seguro, y aun las inversiones como algo equivalente a las apuestas porque el resultado es impredecible y pérdidas pueden ocurrir. De esta manera, esperan transferir la respetabilidad de los negocios legítimos al juego.


L. M. Starkey, Jr., ha hecho la siguiente observación útil:


"La vida tiene sus riesgos normales que uno tiene que aceptar con fe y valentía. Estos riesgos normales no son en ningún sentido equivalentes a los riesgos de un juego de azar. Jugar con apuestas concibe riesgos artificiales con la esperanza de una ganancia excesiva mucho más allá de lo que la inversión de tiempo, dinero, o habilidad justificaría. En el juego, el riesgo no está relacionado con ningún esfuerzo creativo como en el caso del agricultor o bolsista que responsablemente invierte sus recursos mentales, monetarios, y físicos."[1]


Para poder distinguir el juego de los riesgos implícitos en negocios legítimos sería útil reconocer tres factores integrantes del juego: (1) Se ofrece un incentivo que consiste en dinero o bienes. (2) El premio se adquiere principalmente al azar. (3) Un pago de dinero u otra consideración es necesario para involucrarse en el riesgo.[2]


Entonces el juego con apuestas es reconocido como una actividad en la que las riquezas cambian de dueño, principalmente al azar y al riesgo del jugador. El esfuerzo creativo, habilidades útiles, e inversiones responsables no son factores integrantes.


El juego con apuestas existe en muchas formas y hay cada vez más personas que están expuestas a sus tentaciones, y por esta razón el cristiano responsable tiene que formar una opinión en cuanto a su decencia. La legalización del juego por el gobierno o la aprobación por algunas organizaciones "religiosas" no pueden ser el criterio de evaluación. La actitud cristiana tiene que ser determinada por los principios en las Escrituras y por la autoridad de la Iglesia.


La Iglesia Católica

El canon LXXIX (Concilio de Elvira) prohíbe el juego de los dados, prohibidos en el tratado titulado Adversus Aleatores, atribuido, con dudas, al obispo de Roma, Víctor (189-199).


El santos sobre el juegos de azar


Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, Parte II-II, Cuestión 150, Artículo 2: "Contra esto: está lo que dicen los Cánones de los Apóstoles: 'El obispo o presbítero que se dé al juego o a la borrachera, o abandone su cargo o sea depuesto. En cuanto al subdiácono, lector o cantor que haga eso, abandone su cargo o sea privado de la comunión. Hágase lo mismo con el laico.' Ahora bien tales penas sólo se aplican en caso de pecado mortal. Luego la embriaguez es pecado mortal."


San Francisco de Sales, Introducción a la Vida Devota, Capítulo XXXII, De los Juegos Prohibidos: "Los juegos de los dados, de los naipes y otros semejantes, en los cuales la ganancia depende únicamente del azar, no sólo son recreaciones peligrosas, como los bailes, sino también sencillamente y naturalmente malas y vituperables; por esto están prohibidos por las leyes, así civiles como eclesiásticas. Pero dirás: «¿Qué mal hay en ellos?» En estos juegos la ganancia no es fruto de la inteligencia, sino de la suerte, que muchas veces favorece al que no lo merece ni por su habilidad ni por su ingenio: en esto, pues, la razón sale ofendida. «Pero nosotros ya hemos convenido en ello», replicarás. Esto sirve para demostrar que el que gana no hace injuria a los demás, pero de aquí no se sigue que el pacto no esté fuera de razón, y también el juego; porque el lucro, que ha de ser el precio de la habilidad, se convierte en el precio de la suerte, la cual no vale nada, pues, de ninguna manera, depende de nosotros.


"Además, estos juegos llevan el nombre de recreación, y para esto se han inventado; sin embargo, no lo son, sino más bien ocupaciones violentas. Porque, ¿no es, acaso, ocupación, tener el espíritu oprimido y tenso por una continua atención, y agitado por constantes inquietudes, aprensiones y zozobras? ¿Existe una atención más triste, más sombría y más melancólica que la de los jugadores? Por esto, durante el juego, no se puede hablar, ni reír, ni toser, pues enseguida se encolerizan.


"Finalmente, en el juego, no hay más goce que el del lucro, y ¿no es inicuo un goce que no se puede lograr de otra manera, sino a costa de la pérdida y del disgusto del compañero? Esta alegría es, en verdad, infame. Por estos tres motivos están prohibidos estos juegos. El gran rey San Luis, al enterarse de que su hermano el conde de Anjou y Don Gautier de Nemours estaban jugando, se levantó de la cama a pesar de que estaba enfermo, y, con paso vacilante, se dirigió a su estancia, y cogió las mesas, los dados y parte del dinero, y lo arrojó al mar por la ventana mostrándose muy enojado. La santa y casta doncella Sara, hablando a Dios de su inocencia, le dijo: «Tú sabes, ¡oh Señor!, que nunca he tenido trato con jugadores»."


La actitud de Dios hacia el juego


Según parece, el pueblo de Dios en los tiempos bíblicos no fue tentado grandemente con el juego. El vicio parece haber aparecido solamente cuando Israel era dominado por naciones

paganas. Cuando había apuestas, Dios claramente indicaba su actitud hacia la situación.


Durante el cautiverio babilónico los israelitas se encontraron bajo la influencia de personas que jugaban con apuestas. Como resultado, algunos de los cautivos también se involucraron. A estas personas Dios dijo por medio de Isaías: "Pero vosotros los que dejáis a Jehová, que olvidáis mi santo monte, que ponéis mesa para la Fortuna, y suministráis libaciones para el Destino" (Isaías

65:11). Como está indicado en algunas versiones modernas de la Biblia, las palabras hebreas

traducidas como "Fortuna" y "Destino" eran los nombres de los dioses paganos "Gad" y "Meni". Para el pagano, Gad era el dios de la buena fortuna. Meni era el dios del mal destino.


La traducción de Isaías 65:11 por James Moffat es: "Pero ustedes los que han dejado al Eterno, que se olvidaron de su santo monte, que pusieron mesas a la Buena Fortuna, y vertieron libaciones para el Destino, yo también los destinaré a la espada".


E. H. Plumptre, el decano anterior de Wells, señaló que Gad era adorado como la fortuna mayor, el dador de buena suerte. Meni era adorado como la menor fortuna. George Rawlinson, profesor de Historia Antigua en Oxford, ha indicado que el nombre Meni "designaba a una deidad que repartía las fortunas del hombre".


El pecado por el cual algunos israelitas fueron condenados era su confianza en la suerte en vez de confiar en Dios. Isaías mostró claramente que la confianza en Dios y la confianza en la

suerte no podían coexistir. Si las personas confían en la suerte es evidente que no confían en Dios. Isaías describió a los que confiaban en el juego de apuestas como "los que dejáis a Jehová" (Isaías

65:11).


Principios bíblicos


Un estudio cuidadoso de las Escrituras muestra claramente que hay numerosos principios

bíblicos que indican que el juego es un mal que se debe evitar. Cuando las personas reconozcan la autoridad de Dios, honrarán los principios que indican que el juego es malo.


1. El juego es malo porque desatiende la mayordomía responsable.


La Biblia claramente enseña que todas las cosas son de Dios. "De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan" (Salmos 24:1). Como todas las cosas son de Dios, las personas están en una posición de mayordomía que tendrán que rendir cuenta de todas las cosas

que les fueron confiadas.


El primer paso en la fiel administración de esta mayordomía es entregarse a Dios. Los creyentes tienen que reconocer que no son dueños de sí mismos (1 Corintios 6:19). Han sido redimidos por un precio, no de plata ni oro, sino con la sangre preciosa de Jesús (1 Pedro 1:18,19). Las iglesias de Macedonia eran un ejemplo digno de dedicación personal cuando "a sí mismos se dieron primeramente al Señor" (2 Corintios 8:5). La vida, y todo lo que implica, es una

mayordomía que debe ser administrada para la gloria de Dios.


Las personas que honradamente se dedican a Dios también reconocerán que todo lo que tienen debe ser administrado como una mayordomía. La parábola de los talentos (Mateo 25:14-30) indica que los siervos buenos y fieles administraban los talentos que les fueron encomendados de tal manera que su amo fue complacido. El siervo malo y perezoso fracasó en su administración y sufrió las debidas consecuencias.


Cuando las personas reconozcan sus responsabilidades de mayordomía no considerarán el juego en ninguna forma como una administración apropiada de los recursos, el tiempo, o las habilidades que les fueron divinamente encomendados. Ni siquiera la ética del mundo tolerará a los que apuestan los recursos puestos a su cargo. La responsabilidad del cristiano sobrepasa cualquier otra responsabilidad, y para el cristiano, jugar con apuestas es malo. Es una indiferencia total a los principios de la mayordomía. Es una prostitución de los bienes dados por Dios que deben ser usados para glorificarlo y ensanchar su Reino.


2. Jugar con apuestas es malo porque involucra la oportunidad de ganar a costa de los sufrimientos de otros.


La naturaleza del juego con apuestas es tal que una persona tiene la oportunidad de ganar sólo porque otros han sufrido pérdidas. Los beneficios económicos llegan sólo a unas cuantas

personas. Normalmente la pérdida económica la experimentan los que menos recursos tienen. El hecho de que los patrocinadores comúnmente se refieren a las personas involucradas en el juego con términos desdeñosos indica la posición a la cual son reducidos. Sea excesiva o no la pérdida económica, los jugadores son básicamente los perdedores mientras que los patrocinadores de las casas de juego son los ganadores.


El sufrimiento causado por el juego es totalmente inconsecuente con las enseñanzas de las

Escrituras respeto al amor. Los cristianos no sólo deben amar a los que son fácil de amar, sino también a sus enemigos. El pueblo de Dios debe amar a su prójimo como a sí mismo. El principio del amor impedirá que los cristianos jueguen a causa del daño que infligen a otros. El principio del amor hará que los cristianos se opongan a cualquier esfuerzo por el Estado o cualquier otra organización a legalizar una actividad basada en la debilidad de las personas que degrada a la sociedad.


William Temple, difunto "arzobispo" de Canterbury, expresó bien la posición cristiana cuando escribió:


"Jugar con apuestas pone en duda la visión de la vida que la iglesia cristiana existe para defender y extender. Su glorificación de la mera suerte es un rechazo del orden divino de la naturaleza. Arriesgar el dinero a la ventura es desatender la insistencia de la Iglesia en cada era de la fe de que las posesiones son un encargo, y que el hombre tendrá que rendir cuenta a Dios por su uso. El persistente encanto a la codicia es fundamentalmente contrario a la generosidad que fue enseñada por Jesucristo y por el Nuevo Testamento entero. El intento (inseparable del juego con apuestas) de obtener ganancias de una pérdida inevitable y posibles sufrimientos de otros es la antítesis de ese amor al prójimo en el cual insistía nuestro Señor."[3]


3. Jugar con apuestas es malo porque es inconsecuente con la ética del trabajo en las Escrituras.


A través de las Escrituras se enfatiza la importancia del trabajo. En varios lugares hay una correlación entre trabajar y comer. El Antiguo Testamento nos recuerda: "El que labra su tierra se saciará de pan" (Proverbios 12:11).


En el Nuevo Testamento el mismo principio se declara con gran fuerza. A los tesalonicenses Pablo escribió: "Porque también cuando estábamos con vosotros, os ordenábamos esto: Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma" (2 Tesalonicenses 3:10).


La Biblia no solamente requiere que todos trabajen por las necesidades de la vida, sino también advierte contra las actitudes de querer ganar algo por nada o hacerse una rápida fortuna. "Mas el que se apresura a enriquecerse no será sin culpa" (Proverbios 28:20). "Se apresura a ser rico el avaro, y no sabe que le ha de venir pobreza" (Proverbios 28:22). "Las riquezas de vanidad disminuirán; pero el que recoge con mano laboriosa las aumenta" (Proverbios 13:11).


Según la sabiduría de Dios, el trabajo fue asignado en el huerto del Edén aun antes de la

caída (Génesis 2:15ff; cf. 1:28). Aunque el pecado resultó en un cambio de la naturaleza del trabajo (Génesis 3:17,19), la responsabilidad de trabajar nunca fue anulada. Cualquier esfuerzo de evitar la ética del trabajo en las Escrituras sólo puede resultar en fracaso. Jugar con apuestas, sea para ganar riquezas rápidamente o para proveer el pan de cada día, es inconsecuente con lo que la Biblia enseña respecto al trabajo.


4. Jugar con apuestas es malo porque tiende a formar hábitos.


El juego, como otros vicios, tiene la tendencia de llegar a ser una adicción. Como en el caso de los alcohólicos y adictos a drogas, los jugadores compulsivos son dominados hasta el punto que arriesgan no sólo su dinero, sino también todo lo que tiene valor en su vida. Han perdido el gobierno o la rienda de sí mismos.


Esta condición es contraria a las enseñanzas de las Escrituras. La Palabra de Dios señala que un cristiano evitará ser dominado aun por las cosas legales (1 Corintios 6:12). La persona

llena del Espíritu Santo será caracterizada por la templanza, o dominio propio (Gálatas 5:23).


Los que han estudiado la adicción al juego están de acuerdo con seis síntomas que son característicos de jugar compulsivamente: (1) La actividad llega a ser una repetición crónica. (2) Llega a ser una manía que excluye todos los intereses, incluido el hogar. (3) Un optimismo patológico reemplaza la habilidad de aprender de las previas experiencias perdedoras. (4) La habilidad de parar con una victoria ya no existe. (5) A pesar de las decisiones iniciales de jugar sólo hasta cierto punto, el adicto siempre arriesga demasiado. (6) La actividad parece producir una tensión agradable que consiste tanto de dolor como de placer.


Es obvio que los jugadores habituales están bajo el dominio de la compulsión de jugar. En vez de ser siervos de Dios, son siervos de un deseo que no pueden controlar. Pablo describió la condición claramente cuando escribió: "¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis?" (Romanos 6:16). Por la posibilidad

degradante de una adicción, el juego con apuestas debe ser considerado un mal.


La responsabilidad cristiana respeto al juego


Cuando se considera las muchas verdades de la Palabra de Dios, los cristianos no pueden tomar una posición neutral hacia el juego. Hay responsabilidades que no pueden desdeñar.


Cuando la Biblia dice a los creyentes que deben hacer "todo para la gloria de Dios" (1

Corintios 10:31), ciertamente incluye el abstenerse del juego con apuestas. Dios no es glorificado cuando las personas ponen su confianza en la suerte en vez de ponerla en Él.


Cuando la Palabra de Dios enseña que debemos "absteneos de toda especie de mal" (1

Tesalonicenses 5:22), incluye el juego con apuestas. No es posible que una práctica no sea considerada mala cuando viola los principios de la Palabra de Dios respecto a la mayordomía, a la consideración por los demás, y a la dignidad del trabajo honrado.


Los que quieren vivir en obediencia a las Escrituras se abstendrán de la participación en el juego en cualquier forma. Como la sal de la tierra (Mateo 5:13), también harán todo lo posible para disuadir la legalización del juego con apuestas, aun cuando sea con el fin de recaudar fondos para la caridad, los llamados iglesias, o el estado.


Notas


1 L. M. Starkey, Jr., Money, Mania and Morals (Abingdon Press, 1964).

2 Virgil W. Paterson, "Obstacles to Enforcement of Gambling Laws," The Annals of the American

Academy of Political and Social Science (May 1950).

3 William Temple, "Gambling and Ethics," distribuido por The Churches' Committee on

Gambling, 215 Abbey House, London.

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